40
Lola
El tiempo ha pasado sin que nos diéramos cuenta y ya es noche cerrada.
Las cuatro hablamos sin parar. Le cuento a Sotis todo lo ocurrido, desde el principio: cómo durante toda mi vida soñé con Nebet, cómo encontré a Amani, y de qué manera ese encuentro lo cambió todo.
Después, son Asenet y ella quienes toman la palabra y me ponen al día de lo ocurrido estos veinte años.
Escucho en silencio. Cada detalle pesa, y cada ausencia también, como la de Sejemká.
Por su parte, Carmen, ahora que puede comunicarse sin dificultad, salta de un tema a otro sin apenas tomar aire.
Les habla de Luz, de Javier, de lo mucho que los echa de menos, de cómo su hija crece demasiado deprisa y de las pequeñas cosas que antes no valoraba.
Incluso acaba dándoles su receta de tortilla de patata, explicando, con toda seriedad, que el secreto reside en la paciencia.
Sotis y Asenet la escuchan con atención, intercambiando miradas de vez en cuando.
Muchas de las cosas que les contamos suponen para ellas un imposible: palabras, costumbres, objetos que no existen en su mundo.
Nos miran como si estuviéramos chifladas.
Por un momento, la choza deja de enmarcarse en un solo tiempo.
Sotis se acerca al fuego y comienza a servir unos cuencos humeantes.
El aroma evoca una mezcla de hierbas, intenso y reconfortante.
Asenet se acerca para ayudarla, pero entonces la anciana se queda inmóvil mirando el interior del caldero.
Su espalda se tensa, y la mano que sostiene el cuenco tiembla un instante antes de soltarlo.
El recipiente cae al suelo y se rompe en mil pedazos, con un estrépito que nos hace callar.
Asenet le apoya una mano en el hombro.
—¿Todo bien, Sotis? —pregunto, poniéndome en pie de inmediato.
Ella me mira a los ojos, y en los suyos veo miedo.
—¿Qué ocurre? —pregunta Carmen a nuestro lado.
—Debemos ir al templo —dice Sotis en voz baja—. Unas sombras oscuras intentan ocultar el sol.
—Será porque es de noche —susurra Carmen, mirando hacia el exterior.
Sotis recorre la estancia con la mirada, inquieta, como si buscara algo.
—¿Qué has visto? —le pregunta Asenet.
—He visto la luz apagarse en el agua y temo que no podamos evitarlo.
Los dioses luchan por el poder al igual que los hombres, es una batalla que comenzó al principio de los tiempos.
Osiris reina ahora en el país de las dos tierras; en Egipto, como lo llamáis vosotras.
Está por librarse una batalla entre la luz y las sombras, y yo… yo debo regresar al templo.
Vuelve a cubrirse la cabeza con la tela negra y sale de la choza sin mirar atrás.
— ¿Eso qué significa? —me pregunta Carmen con estupor.
—Que regresamos a Abidos.
Al salir de la choza, la noche nos envuelve. El aire es fresco y huele a tierra húmeda.
Caminamos detrás de Sotis, que avanza delante con una lámpara de aceite. Su luz dibuja sombras a nuestro paso.
De repente, unas trompetas resuenan a lo lejos.
—Debemos darnos prisa. Las aguas ya llegan, y con ellas, la oscuridad si los dioses no lo remedian —dice Sotis sin detenerse.
A medida que avanzamos, la gente empieza a despertar.
Primero son puntos aislados de luz; después, una tras otra, las antorchas se van encendiendo en calles y patios.
El sonido se intensifica, y a las trompetas se les suma la música que surge desde distintos lugares, como si toda la ciudad respondiera a una misma llamada.
Poco a poco el cielo se torna más claro a medida que nos acercamos a la ciudad.
Como salido de la nada, un batir de alas cruza el cielo sobre nosotras. Levanto la cabeza: una bandada de ibis surca el firmamento muy cerca de nuestras cabezas. Sotis se detiene y los sigue con la mirada. La tela que cubre su cabeza resbala, dejando al descubierto su blanca melena.
—Debemos ir tras ellos —dice a mi lado, en voz baja pero firme—. Es la señal de los dioses que estaba esperando.