La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 39
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En el templo se respira el eco festivo que llega del exterior, pero las miradas de los clérigos son distintas: en ellas no hay la alegría de otras ocasiones.

El sumo sacerdote de Osiris preside el rito de la mañana.

Avanza con paso solemne, con el cuenco ritual entre las manos, hasta el borde de las escalinatas, mientras los cánticos se elevan acompañados del murmullo del agua.

Juntos observamos cómo, poco a poco, los peldaños que descienden hacia la parte baja del río van desapareciendo.

Este será un buen año. La crecida es abundante y cubrirá todos los campos cultivables.

Las voces rituales aumentan su ritmo al mismo tiempo que sube el nivel de las aguas. Todo parece seguir el curso establecido, el orden ancestral que sostiene Kemet. Siento el peso de la tradición sobre mis hombros.

El sacerdote alza las manos y entona las fórmulas antiguas. Los dioses son invocados, y Osiris es llamado desde las profundidades.

Yo realizo cada paso aprendido desde niño. Cada gesto que repito hoy fue realizado por otros antes que yo, durante siglos. Pero entonces los templos no estaban tan llenos de oro como ahora.

El cuenco pasa a mis manos y vierto el agua sagrada en el río. Cuando esta toca la superficie, un clamor se alza entre la muchedumbre. El pueblo celebra la vida, la promesa de alimento y la certeza de que los dioses no los han abandonado.

A mi lado, el sumo sacerdote no se une a la celebración. Se acerca apenas un paso y me susurra para que solo pueda oírlo yo.

—Los dioses son conservadores, faraón —dice—. No miran con agrado a quienes alteran el orden que ellos mismos establecieron.

No desvío la vista del agua, que sigue subiendo.

—Las antiguas tradiciones no hablan de un pueblo que pasa hambre mientras los templos rebosan de riquezas —digo, señalando mi entorno.

Me giro hacia él y bajo mi mirada hasta su abultada barriga.

—Hablan de equilibrio —añado—. Y el equilibrio se perdió hace tiempo.

La celebración continúa a nuestro alrededor, pero yo necesito salir de aquí.

Doy un paso atrás, dispuesto a abandonar el lugar.

Al girarme, veo a Satiah de pie justo detrás de mí.

No había reparado en su presencia hasta ahora.

Permanece inmóvil, sonriéndome. Y no es una sonrisa amable: está teñida de una suficiencia que conozco bien.

Va vestida para la ocasión; su busto está cubierto solo por un gran collar de lapislázuli, pero es su brazo lo que capta mi atención.

El oro atrapa la luz del sol recién alzado y la devuelve en múltiples destellos.

Mi pecho se tensa. Reconozco esa joya, la he visto antes, y sé a quién debería estar unida .

Satiah sigue mi mirada y hace girar el brazo para que lo vea bien. La sonrisa permanece en su rostro, consciente de que yo no esperaba esto.

—Las aguas son sabias —masculla entre dientes—. Cuando suben, se llevan las plagas y ahogan a las ratas.

Sus ojos no parpadean.

Entonces no pienso, ni mido mis actos. Mi mano se mueve antes que la razón: la agarro de la muñeca y de un tirón le arranco el metal del brazo.

Satiah ahoga un grito, sorprendida. No esperaba que la tocara así delante de todos los sacerdotes.

El cántico se acalla de súbito y poco a poco el templo queda en silencio. Todas las miradas se posan sobre nosotros. Yo clavo mis ojos en Satiah.

—¿Qué has hecho con ella? —rujo, sin importarme que todos me escuchen.

Ella no responde y yo no aguardo más. Abandono el templo con pasos largos; a mi espalda, el murmullo regresa. No saben cómo continuar con el ritual sin mi presencia.

En el exterior, las bailarinas, ajenas a lo ocurrido, danzan para celebrar la nueva estación.

Sus cuerpos se mueven al ritmo de los sistros, los velos flotan en el aire, las pulseras tintinean en muñecas y tobillos.

Mi mirada las atraviesa sin verlas, buscándola a ella.

En cambio, lo que veo es a mi pueblo, sus túnicas raídas, sus rostros delgados, niños desnudos que juegan ajenos a todo.

Pero ella no está, y el vacío crece en mi pecho con una violencia desconocida.

Ushem se inclina a mi lado.

—Mi señor —traga saliva antes de continuar—, hemos encontrado a los hombres que custodiaban a la extranjera amordazados. Los dejaron inconscientes.

— ¿Dónde está ella?

Mi medjay niega con la cabeza.

—No la hallamos por ninguna parte.

La música no se detiene. Las bailarinas continúan girando bajo el sol mientras el pueblo celebra la vida.

Yo aprieto el brazalete en mi mano hasta sentir dolor.

—Continuad buscándola —ordeno—. Tiene que estar en alguna parte.

Salgo del patio exterior del templo por uno de los laterales, temiendo lo peor.

—Oh, Ra, si es tu elegida, si la has traído hasta aquí para mí, ayúdame a encontrarla. Muéstrame dónde buscarla.

El brazalete se calienta hasta casi quemarme. Abro mi mano y, en ese preciso instante, un rayo de sol le incide de lleno. La luz rebota con un ímpetu cegador y se proyecta sobre el suelo de piedra, dibujando una línea clara que se aleja del patio y conduce a la zona de los depósitos de agua.

Me quedo estático, consciente de que acabo de recibir una respuesta, pero también de que junto a ella se ha avivado algo más. Un miedo que no reconozco me invade: es la incertidumbre insoportable de llegar demasiado tarde.

Las palabras de Satiah resuenan en mi mente:

«Ahogan a las ratas», dijo.

Cierro la mano alrededor del brazalete y echo a correr sin esperar a los guardias que me siguen.

Una bandada de ibis reales vuela muy cerca de mí, tan bajo que puedo sentir en mi rostro el aire que levantan con el batir de sus alas, como si me impelieran a correr más rápido.

Un graznido seco me ensordece, pero no me detengo.

El sol guía mis pasos y yo le obedezco con el temor nuevo y feroz de perder a la única mujer que ha despertado algo que jamás había sentido.