La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 38
55%

38

Patricia

Me despiertan las trompetas y tardo unos segundos en procesar dónde estoy. La habitación está a oscuras, pero puedo vislumbrar algo gracias a la luz de las antorchas del patio, que se cuela por la ventana.

Escucho voces en el exterior. Primero, tan solo unos murmullos, pero el ruido crece poco a poco.

Busco la lámpara de aceite sobre la mesa. Junto a ella, el pequeño cacharro de algo que llaman sílex, que aquí usan para hacer fuego. Se me escurre entre los dedos y maldigo en silencio. Lo que daría por tener un mechero, o unas simples cerillas.

Respiro hondo y lo utilizo como me ha enseñado Taia. Un golpe; nada. Otro; la chispa se resiste.

Aprieto los dientes. Lo intento de nuevo con más cuidado y al final la mecha prende. La llama es débil, pero suficiente para iluminar la habitación.

Abro la puerta: el patio se va llenando de risas y cánticos. La gente corre hacia el río, celebrando que la crecida ha llegado.

Su felicidad se me contagia. En el tiempo que llevo aquí, he aprendido lo que significa para ellos la inundación del río. La llegada de las aguas marca el principio de un festejo muy esperado.

Estoy en medio del patio, observándolo todo con la lámpara de aceite en la mano y una sonrisa en los labios, cuando un guardia enorme se detiene ante mí. Le falta media oreja y de su pecho cuelga el sello real.

—El faraón ordena que me acompañes —dice y su tono no admite réplica.

El estómago se me encoge.

—¿Ahora? —Bajo la vista hacia la fina tela con la que voy vestida.

Él asiente sin decir nada más y se da la vuelta.

Me quedo quieta unos segundos, pero lo sigo.

Nos alejamos de la zona iluminada. El ruido queda atrás.

El suelo cambia bajo mis pies: ahora está húmedo y resbaladizo.

El olor propio del río es cada vez más fuerte.

Varias antorchas clavadas entre las piedras iluminan una zona baja y abierta.

Aquí no hay muros, ni ninguna edificación próxima.

Solo varios agujeros en el suelo que parecen no tener fondo, algunos cubiertos por losas de piedra.

Me detengo en seco. No reconozco este lugar.

—¿Qué es esto? —digo sin moverme—. ¿Qué hacemos aquí?

El guardia no responde. De pronto me agarra del brazo con una fuerza que yo no esperaba. Grito, pero el sonido se pierde en la noche.

Sus dedos se cierran sobre mi brazo y noto un tirón brusco. Trato de zafarme, pero resulta inútil. Él aprieta más y tira sin miramientos. El metal se clava en mi piel antes de ceder.

El brazalete. Ese es su objetivo.

—¡No! —grito desesperada .

Él me empuja con violencia y pierdo el equilibrio. El suelo desaparece bajo mis pies y caigo de golpe hacia la oscuridad. El aire abandona mis pulmones mientras mi cuerpo se estrella contra el fondo de piedra. El impacto es brutal.

Un dolor seco me punza en la espalda y, durante unos segundos, no puedo respirar. Todo da vueltas a mi alrededor. En lo alto del pozo escucho el sonido de la losa desplazándose, hasta cerrarse con un golpe seco.

Tardo unos segundos en darme cuenta de que estoy empapada. La ropa helada se me pega al cuerpo. El suelo está cubierto por una capa de agua y barro que se me resbala entre los dedos cuando apoyo las manos para incorporarme. Me levanto despacio, obligándome a no entrar en pánico.

Alzo la mirada y localizo unos agujeros por donde puedo atisbar que el cielo empieza a clarear.

—¡Eh! —grito todo lo que puedo—. ¡Ayuda!

El sonido reverbera en las paredes. Aunque no obtengo respuesta, vuelvo a intentarlo. La garganta me arde, pero no escucho nada.

Entonces me doy cuenta de que el agua me cubre los tobillos.

Busco la forma de subir y descubro unos pequeños salientes de piedra en la pared, lo justo para apoyar la punta del pie. Me agarro como puedo y me elevo un poco; el nivel del agua sigue ascendiendo lentamente.

Vuelvo a gritar pidiendo auxilio, pero solo oigo el eco de mi voz y mi respiración acelerada.

El frío me cala los huesos y ya no siento los pies. El corazón me late tan fuerte que me cuesta pensar.

Sigo subiendo con cuidado, buscando sujetarme en las resbaladizas piedras, pegando el cuerpo a la pared para no caer. Cuando llego arriba, intento desplazar la piedra que tapa la salida. Empujo con las manos, pero es inútil. Me resbalo, y tengo que apoyarme de nuevo en la pared para no caer.

Vuelvo a intentarlo, esta vez encajando el hombro y la frente contra la piedra, usando todo el cuerpo para empujar.

—Por favor, muévete —le ruego a la losa mientras mis manos resbalan por el musgo que la cubre.

Todos mis músculos tiemblan a causa del esfuerzo. Cuando vuelvo a mirar hacia abajo, el agua me llega a las rodillas.

Levanto la cabeza hacia los resquicios por los que se filtra la luz. Ahora es mucho más blanca, más brillante.

Pienso en Lola y en su final como Nebet.

—¡Malditos egipcios y vuestra manía de enterrar viva a la gente! —grito, llena de rabia, pero la voz se me quiebra al final—. Socorro… —suplico, ya sollozando—. Quiero irme a mi tiempo, donde estas cosas no pasan.

El agua está congelada, y me castañetean los dientes de tal forma que creo que se me van a romper.

Una pregunta pasa por mi mente. ¿Sabrá Khenra que estoy aquí? Sin saber por qué, la respuesta se muestra nítida ante mí. No. No puede saberlo. Su mirada me viene a la memoria por unos segundos y solo confirma lo que sé: él nunca me haría daño.

El agua sigue subiendo, lenta e imparable. El pánico se apodera de mí cuando me doy cuenta de que ya me cubre la cintura.

Vuelvo a empujar la losa, aunque sé que no servirá de nada.

—¡Que alguien me ayude! —grito con una mezcla de rabia y miedo—. Dioses de este tiempo, si de verdad existís, no permitáis que muera ahogada en un agujero.

Pero esos dioses en los que tanto confían en esta tierra parecen no escucharme .

El agua me deja cada vez menos espacio para respirar.

Busco a tientas algún saliente en la piedra, cualquier hueco al que agarrarme para poder mantener la cabeza un poco más alta.

Siento el frío rozándome los labios.

El corazón me late descontrolado, tan rápido que lo siento retumbar dentro de la cabeza, como si me golpeara los oídos desde dentro.

Pienso en Khenra. Al principio me inspiró miedo porque es el faraón, el hermano del hombre que condenó a Nebet.

Pero nunca nadie me había tratado de la forma en que lo hace él: con respeto, sin exigencia, con una paciencia que no casa con la idea que yo tenía acerca de un rey de Egipto.

Podría haber hecho conmigo lo que hubiese querido; sin embargo, me ha respetado en todo momento.

Y pensar que, justo cuando empiezo a comprender que quizás no todos los hombres son sapos, y que alguno sabe contenerse, mirar y esperar, voy a morir aquí, lejos de mi hogar, en este pozo mohoso donde nadie me encontrará nunca…

No llegaré a ser ni siquiera una momia de esas que terminan exhibidas en los museos.

Me pongo de puntillas, estirándome todo lo que puedo, levantando la barbilla en busca de los últimos centímetros cúbicos que quedan de aire.

—Vale, Patricia, ya está —me digo.

Cierro los ojos y me preparo para respirar por última vez.