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Khenr a
Estación de Akhet (la inundación)
La noche avanza despacio, demasiado despacio, como si Ra hubiese perdido su batalla nocturna y nunca más fuese a renacer.
El palacio duerme. Mi cuerpo, en cambio, es una tormenta en pleno desierto.
Llevo horas sobre esta cama, con la piel ardiendo, entregado a la imagen de esa mujer que se ha incrustado en mi mente como un sello divino. Intento apartarla, pero me es imposible. La extranjera vuelve una y otra vez con la misma fuerza con que el río arrasa sus orillas cuando crece con furia.
Cada vez que cierro los ojos, la veo como si estuviera ante mí: su cuello inclinado hacia atrás, su cabello dorado cayendo como arena fina sobre sus hombros, la línea precisa de sus labios llenos, y ese brillo cálido en su mirada.
Todo eso, junto con el agua resbalando por sus piernas firmes, perfectas, como si el estanque mismo las hubiese poseído antes que yo, me asesta un latigazo feroz en la base de mi abdomen .
Jamás había sentido un deseo tan violento, tan descarnado, tan incontrolable. Durante años, mi cuerpo ha sido un arma, pero esta noche es una hoguera que no logro sofocar.
No debería pensar en ella de este modo tan salvaje. No tendría que imaginar su boca sobre mi piel, la presión de sus manos en mis caderas. Pero lo hago, y cada imagen me consume un poco más.
Mi mano envuelve una vez más mi propio deseo, que no me da tregua, y la idea de su boca cerrándose sobre él me golpea con una fuerza desmedida.
Imagino la humedad de su lengua deslizándose por toda mi longitud, y un gemido bronco escapa de mi garganta mientras vierto mi semilla sobre mi abdomen, incapaz de contenerme.
Me quedo jadeante, empapado en mi propio sudor y con el corazón latiendo desbocado. Hago un esfuerzo para tranquilizarme mirando al techo, sin verlo. Arrastro el lino que cubre la cama para limpiarme y me incorporo torpemente.
La tinaja está llena de agua fresca, así que cojo un cuenco y me enjuago la piel. Sin embargo, ni el frío del agua consigue sofocar el incendio que ella ha prendido en mí. Respiro hondo para recuperar el control de mi mente y de mi cuerpo.
Al girarme, mis ojos recalan en la ventana de Patricia, donde esta noche ya no brilla la lámpara. Pienso nuevamente en ella, tumbada en la cama, desnuda…
Dioses, tengo que salir de aquí o me consumiré entre las brasas de mis pensamientos. Necesito aire.
Cojo un faldellín y lo anudo a mi cintura antes de abrir la puerta. Los guardas apostados a ambos lados se enderezan al verme, pero con un gesto les ordeno que permanezcan donde están. No quiero escolta; necesito estar solo, y sé a dónde ir .
Subo los escalones de la torre de palacio hasta llegar a la azotea, donde el aire es más fresco y la noche parece más profunda.
Desde esta altura puedo divisarlo todo: las techumbres planas de las casas, las columnas de los templos y, más allá, el río, que centellea como una serpiente oscura bajo la luz de la luna.
Todo cuanto alcanzo a ver me pertenece. Me rodea un reino entero, y aun así, me siento solo.
Me acerco al borde de la terraza y la brisa me azota el rostro.
Observo los patios interiores, alumbrados por antorchas; de repente, una figura sale de las dependencias de Satiah, una zona de palacio donde no debería haber ningún hombre.
Se esmera en camuflarse entre las sombras, pero incluso desde esta altura puedo reconocerlo: es uno de mis hombres, el que perdió media oreja en la última batalla.
Antes quizás me habría importado. Satiah es una mujer muy bella, siempre lo ha sido, pero no he vuelto a tocarla desde la primera noche. Para mí, no fue más que deber. Mi cuerpo nunca ha sentido ante ella nada que no sea frío.
Pero ahora hay una mujer que me roba el sueño y me abrasa el cuerpo, y está tan solo a unos metros de mí, en su alcoba, con la luz apagada. No sé qué debo hacer para que no desee regresar a esa tierra lejana llamada Va-lencia y quiera quedarse conmigo.
Justo cuando el dios Sol empieza a renacer por el Este, un sonido quiebra el silencio, procedente del templo. Un bramido metálico, largo, profundo recorre la ciudad imperial.
Inmediatamente sé lo que significa: las aguas han llegado.
Desde aquí arriba puedo ver como las primeras antorchas se encienden, una tras otra, igual que estrellas naciendo sobre la tierra.
El pueblo despierta poco a poco para preparar los cinco días de fiestas y ritos que celebran que la crecida vuelve a fertilizar un año más sus campos, otorgándoles vida.
No obstante, este año será distinto. Cuando terminen las celebraciones, comenzará el cambio de Kemet.
Ya no habrá templos ni palacios llenos de riquezas mientras el pueblo pasa hambre.
No habrá favores para los nobles cuyas manos no conocen el trabajo.
Ni tampoco obligaciones ocultas para los campesinos, disfrazadas de tributos y ofrendas a los dioses.
Este año, el renacer del Nilo será también el renacer de mi reino.
Escucho pasos firmes acercándose por la escalera de la torre. No necesito girarme para reconocer a quién pertenecen. Ushem aparece en la azotea y apoya el puño en su pecho en cuanto me ve.
—Mi señor, los sacerdotes aguardan en el templo. Usted debe ser el primero en tocar las aguas que comienzan a inundar las orillas.
Asiento en silencio. El deber viene a reclamarme, como siempre. Pero antes de mover un pie hacia las escaleras, algo me obliga a mirar de nuevo hacia el Patio del Loto.
Hay luz en la alcoba, como si ella acabara de encenderla.
Un calor me recorre el pecho mientras una sonrisa se dibuja en mis labios. Hoy volveré a verla, y quizás ella pueda ver al hombre que soy, y no al que teme.
Cojo aire, atesoro para mí la visión de su ventana iluminada y me giro hacia Ushem.
—Vamos —le digo con firmeza—. La celebración debe comenzar.