La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 36
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Lola

Sotis sigue abrazada a mí cuando levanto un poco la cabeza. Su cuerpo, tan pequeño, mucho más de lo que recordaba, tiembla entre mis brazos.

Carmen y Asenet, a nuestro lado, nos observan en silencio, conmovidas.

—No pensé que volvería a sentir esto —susurra Sotis—. La vida entrando por la puerta justo cuando las aguas se acercan para inundarlo todo de esperanza.

Me aparto lo justo para mirarla. Tiene las mejillas húmedas, pero sonríe.

—Estoy aquí —le repito, más segura esta vez.

Sotis me acaricia la mejilla con la yema de los dedos.

—Si has regresado es porque los dioses aún no han terminado contigo, ni conmigo —me dice con infinita ternura.

Carmen se ajusta bien la peluca, y eso capta la atención de Sotis.

—Eeeh… Hola. Encantada; soy Carmen —dice mi amiga en castellano.

Sotis parpadea, sorprendida.

—Habla la misma lengua que la mujer de pelo dorado que vino hace tan solo unas lunas a esta cabaña —dice.

El corazón me da un vuelco.

—¿Una mujer de pelo claro y ojos azules? —le pregunto.

Sotis asiente.

—¿Qué ha dicho? —pregunta Carmen sin apartar la mirada de la anciana.

—Que Patri estuvo aquí hace unas noches.

Carmen se queda rígida un segundo y después abre mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Cómo que aquí? ¿Estás segura? —me pregunta, mirando alrededor, como si Patricia pudiera salir de cualquier esquina.

Sotis extiende sus manos hacia Carmen.

—Tu alma aún no habla el idioma de este tiempo, pero puedo ayudarte, como ayudé a la mujer con el cabello de sol.

—Lola, ¿qué me está diciendo esta mujer?

—Tranquila, quiere ayudarte a entendernos.

—¿Y cómo lo va a hacer? —Con miedo, le tiende sus manos.

Sotis se las toma y tira de ella para mirarla muy cerca, a los ojos. Carmen traga saliva.

—Debes dejar hablar a tu corazón —murmura la anciana.

De repente, un hilo dorado se cuela por un ventanuco en la pared e incide sobre las manos unidas de las dos. Se desliza en torno a sus dedos como si el sol las estuviera enlazando.

Carmen pestañea varias veces, mirando la luz con los ojos muy abiertos.

—Ayyy, me está dando miedo esto, mira lo que nos pasó la última vez que…

Pero las palabras ya no salen de su boca en español, sino en egipcio antiguo. Me llevo una mano a los labios, sorprendida y emocionada a la vez. Ella sigue hablando, sin darse cuenta. Hasta que se detiene de golpe. Abre todavía más los ojos y observa sus propias manos como si no fueran suyas.

—¿Perdona? ¿Estoy hablando como vosotras? ¡Ayyy!

La peluca torcida, sus ojos como platos y la luz dorada aún vibrando débilmente entre sus dedos hacen que parezca una visión mágica y absurda al mismo tiempo.

Sotis suelta sus manos y cabecea.

—Ahora comprendes nuestra lengua —afirma.

Carmen mueve los dedos arriba y abajo.

—Madre mía… —susurra, intentando asimilarlo.

—Ahora podrás entender todo lo que hablemos —le dice Sotis con una sonrisa.

Doy un paso hacia la anciana.

—Querida Sotis, necesito que me hables de la mujer de cabello claro que nombraste antes.

Ella respira hondo, como si buscara las palabras adecuadas.

—Vuestras almas vienen enlazadas a esta tierra desde más lejos de lo que creéis. Su luz llegó hasta mí hace poco tiempo.

Mi corazón se encoge al escucharla.

—¿Está bien? —pregunta Carmen—. Vimos cómo se la llevaban unos hombres enormes vestidos de negro.

Sotis respira hondo y clava su mirada en el vano de la puerta, como si aún pudiera verla delante de ella.

—Llegó hasta mí confundida y asustada. No comprendía por qué había sido arrancada de su mundo.

Se me parte el alma al imaginarla sola, perdida, sin nosotras.

—¿Sabrías decirme dónde la podemos encontrar?

Sotis asiente.

—Sé dónde está y también la razón por la que los dioses la han traído hasta esta tierra, aunque ella todavía no lo comprenda. Su imagen llegó a mí enviada por los dioses, pero jamás me mostraron quién caminaba a su lado.

Guarda silencio un momento, mirándonos con intensidad.

—Pero ahora necesito saber algo —prosigue—: ¿la mujer elegida por Ra llegó con vosotras?

Un sudor frío me empapa al comprender lo que implican esas palabras. Yo también sé lo que significa que los dioses decidan tu destino.

Carmen, a mi lado, espera a que diga algo, pero no puedo. Al ver que no respondo, se gira hacia Sotis.

—¿Eso qué significa? —le pregunta. Se quita la peluca y la retuerce nerviosa.

—Significa que el dios la ha señalado —le explica para tranquilizarla—. Su destino está aquí en Kemet. La vi en mis sueños.

—Creo que tus dioses no conocen a Patricia. Ella odia Egipto —dice Carmen.

—¿Egipto?

—En nuestro tiempo, al país de las dos tierras se lo conoce como Egipto —le explico—. Tengo tantas cosas que contarte, Sotis. Pero antes necesitamos encontrar a nuestra amiga.

Sotis nos observa unos instantes.

—Pronto caerá la noche, y no sería prudente buscarla ahora. Sin embargo, cuando Ra renazca por el horizonte, os acompañaré a palacio.

—¿Patricia está en un palacio? —Carmen vuelve a abrir los ojos de par en par.

—Sí. —Sotis no dice nada más.

Intercambio una mirada inquieta con mi amiga mientras la anciana se sienta sobre la estera de juncos cerca del fuego y nos hace una señal para que la imitemos .

Alza una mano hacia el lino negro que le cubre la cabeza.

Duda un segundo, pero finalmente tira de la tela hacia atrás.

El lino cae sobre sus hombros y después, al suelo.

La luz del fuego le ilumina el rostro, delgado, con profundas ojeras bajo los ojos.

Su pelo blanco ahora es tan largo que le llega casi a la cintura. Antes siempre lo llevaba muy corto.

Respira hondo, como si ese simple gesto la hubiera liberado de un gran peso.

Escucho un tenue sollozo junto a mí.

—Gracias a los dioses —murmura Asenet—. Llevo años pidiendo que no se cubra más con esas telas negras para ocultar su luz.

Sotis levanta la mirada hacia mí.

—Cuando tú partiste con el faraón —dice en voz baja—, cuando fuiste arrancada de este mundo, y tras la muerte del sumo sacerdote Hem Necher, el templo cambió.

Se volvió un lugar oscuro, poblado de sombras ávidas de poder.

Ya no se servía a los dioses, se los utilizaba.

Yo me rebelé. No podía seguir formando parte de aquello.

»Me marché, y desde entonces he servido a los dioses en esta humilde morada.

Hace una pausa y extiende una mano para acariciar mi rostro.

—Lo que deseo saber ahora —dice, mirándome con atención— es si los dioses os ayudaron en vuestro camino. ¿Te encontró el joven medjay ?

Sonrío, pero niego despacio con la cabeza. Ella baja la mirada, decepcionada, hasta que continúo:

—Fui yo quien lo encontró a él bajo el cielo de Isis.

Ella alza la cabeza, sorprendida.

—Sí, Sotis, encontré a Amani en la otra vida gracias a tu magia.

Su rostro se ilumina, pero la expresión se le ensombrece cuando sigo hablando:

—Aunque parece que los dioses nos lo ponen difícil y nuevamente nos han separado para traerme a este tiempo.

En su mirada hay infinita comprensión.

—Entiendo que no vienes para quedarte, pero saber que has sido feliz en otra vida, junto a tu amado, llena de alegría mi Ba. No temas, hallaremos la forma de que volváis a reuniros.

Nos tomamos de las manos y nuestros gestos hablan por nosotras.

Miro a las mujeres sentadas a mi lado; sabiendo que Patricia se encuentra cerca, siento que el destino empieza a trazar un camino bajo nuestros pies. No sé qué es lo que nos espera, pero, juntas, somos capaces de superarlo todo.