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Patricia
He pasado tres días, y sus noches, con la lámpara encendida en mi ventana, como si fuera un faro de emergencia que me niego a apagar.
Tres noches sin dormir, o durmiendo tan poco que no sé si estoy despierta o sigo soñando todavía.
Tres mañanas levantándome con los ojos hinchados y la sensación de que este mundo empieza a comerse al mío poco a poco.
Regreso al Patio del Loto agotada, después de un día eterno de baile en el que la maestra de danzas no me ha quitado el ojo de encima ni un solo instante.
Las tardes se han convertido en mi momento favorito del día.
Desde que me instalaron en esta parte del palacio, Taia y yo nos sentamos juntas en el borde del estanque y compartimos confidencias.
Es la única amiga que he encontrado aquí.
Algo en su carácter hace que, en tan poco tiempo, parezca que nos conocemos desde siempre.
Su vida ha sido durísima, más de lo que debería soportar cualquier persona.
La última vez que hablamos, mientras las dos sumergíamos los pies en el agua, me confesó que el antiguo faraón no solo destruyó la vida de mi amiga, también la suya.
Ella era la madre del pequeño al que también enterró junto a él.
El niño del que he oído hablar a Lola alguna que otra vez, cuando cuenta su historia como Nebet.
Yo alucino con la forma en la que Taia ve la muerte.
Está convencida de que su hijo está en el Más Allá, y que al haber acompañado al faraón, un dios para ellos, se ha convertido en una especie de espíritu luminoso, casi divino.
Intenta explicarlo con una sonrisa, pero sus ojos la delatan, y las lágrimas también.
Yo, por mi parte, le he hablado de Valencia, de mis amigas, y de que deseo con todas mis fuerzas regresar. Sin embargo, no me atrevo a confesarle que ese lugar del que vengo está a siglos de distancia. Tengo miedo de que me tome por loca.
Parece que hoy he llegado antes que ella. Me siento en el borde del estanque y estudio mis pies con resignación. La piel de la planta está dura, y ya no me duelen tanto como los primeros días. Los meto en el agua y el frío me recorre entera.
—Te estás volviendo una verdadera hija del desierto —me dijo Taia ayer, riéndose.
Sí, claro, una hija del desierto con insomnio crónico y miedo a que un faraón enorme entre en su habitación en mitad de la noche para encerrarla en una tumba oscura.
El patio está extrañamente vacío esta tarde. Normalmente, a esta hora siempre hay alguna mujer descansando cerca del frescor del agua, pero hoy estoy sola. El sonido del estanque y el canto de algún pájaro es lo único que rompe el silencio, y lo agradezco.
Recojo el vestido y dejo que el agua fría se deslice por mis piernas. Me inclino hacia atrás y apoyo las manos en la piedra templada, cerrando los ojos un instante .
El sonido de pasos rompe mi burbuja de inmediato, y abro los ojos.
Es él, el faraón.
Hoy no viste como un guerrero. No lleva adornos dorados en los brazos, ni el gran collar que siempre cubre su torso, tampoco la corona. Solo un faldellín claro, anudado a la altura de las caderas, y el pecho completamente desnudo. Y me resulta todavía más impresionante.
Su piel dorada relumbra bajo la luz del atardecer, untada con ese aceite que siempre usa. Sus músculos se marcan con una nitidez que hace que se me seque la boca, como si el sol quisiera resaltar cada línea de su cuerpo solo para torturarme.
Camina descalzo. Al verlo avanzar hacia mí, una descarga eléctrica me recorre desde la nuca hasta la punta de los pies. Saco las piernas del agua y me pongo en pie de un salto. El corazón me golpea tan fuerte en el pecho que me cuesta respirar, pero él se detiene a una distancia prudencial.
Su mirada baja un instante a mis pies mojados y luego asciende despacio por mi cuerpo hasta encontrar mis ojos.
—No voy a hacerte daño —dice—. Sé que crees que soy como mi hermano, pero yo soy distinto. Solo quiero hablar contigo. Necesito saber por qué estás aquí.
Los nervios me impiden pensar con claridad.
—Ojalá lo supiera. —Trago saliva—. No sé qué hago aquí, ni cómo regresar a mi hogar.
—¿Tu hogar? —repite—. No eres como el resto de las mujeres, ni de este reino ni de los reinos cercanos. ¿De dónde vienes?
El pulso me va a mil. Durante un segundo sopeso contárselo todo, pero tengo miedo a que me encierren por loca o me quemen por bruja, si es eso lo que hacen en esta época.
—De una tierra muy lejana —respondo al fin—. Tan lejana que no puedo regresar.
Da un paso atrás y niega con la cabeza.
—Eso es imposible.
—Yo también lo creía.
Poso mi mano sobre el brazalete instintivamente.
Él cambia el gesto y vuelve a dar un paso hacia mí. Su mirada desciende hasta el brazalete. El nudo de mi garganta termina por vencerme y las lágrimas asoman sin que pueda frenarlas.
La mirada de Khenra permanece fija en mi mano sobre el metal.
Cuando vuelve a levantarla, sus iris como el ébano se encuentran con los míos y siento una conexión como nunca había sentido.
Eleva su mano y, con una ternura infinita, levanta mi barbilla un poco más.
Inclina ligeramente la cabeza, para que sus ojos queden a la altura de los míos, y me mira con una intensidad que hace bajar mis defensas.
Con la yema del dedo, limpia la lágrima antes de que caiga. Apenas es un roce, pero resulta tan íntimo que me deja sin aire.
—Aún no sé cómo debo llamarte —me pregunta en voz baja, tan cerca de mí que siento su respiración en mi piel.
—Patricia. —No aparto mi mirada de la suya, hipnotizada con sus ojos oscuros, en los que brillan cientos de puntitos de un marrón más claro.
—Patricia —repite en susurros.
Y al escucharlo así, en ese tono, el pecho me arde.
Sus labios se curvan en una sonrisa.
—Es un hermoso nombre —admite—. Pero en esta tierra los nombres importan, dicen quién eres.
Hace una pausa, pensativo.
—El tuyo podría ser Pat-Ra. No es un nombre que haya sido utilizado antes. Pero así me gustaría llamarte, si a ti te agrada.
—¿Patra? ¿Como Cleo-patra? —pregunto, abriendo los ojos.
Él suelta una carcajada y niega con suavidad.
—¿Cleopatra? ¿Quién es esa? —pregunta divertido—. Pat-Ra —repite despacio—. Es un nombre que nunca ha sido pronunciado, pero para mí significa algo así como «la elegida de Ra».
Al oírselo decir de esa manera, algo en ese nombre me gusta aún más de lo que debería.
—Entonces tendré que buscarte un nombre yo también —murmuro, intentando recomponerme.
Él alza una ceja.
—¿Y cómo me llamarías?
Dudo un segundo, y no puedo evitar sonreír como una tonta.
—Ken. Como la pareja de Barbie, pero moreno y en versión guerrero.
En cuanto lo digo, me dan ganas de meterme bajo el agua del estanque y no salir nunca.
Su expresión se debate entre el desconcierto y la curiosidad.
—No sé quién es ese tal Ken —comenta con una sonrisa—, pero si a ti te gusta, puedes llamarme de ese modo si lo deseas.
No puedo dejar de sonreír, y él tampoco.
De repente, oímos como una vasija se rompe muy cerca de nosotros. Ambos giramos la cabeza a tiempo de ver una figura femenina correr entre las columnas en dirección hacia el palacio.
Khenra reacciona al instante: su postura se envara y su gesto se tensa. Da un paso más hacia mí, situándose delante, como si quisiera cubrirme con su cuerpo.
—Ahora mismo tengo muchos enemigos en palacio —me susurra.
Lo sé. Pienso en la reina y la conversación que escuché la otra noche en este mismo lugar. Durante un instante me planteo contárselo, pero el miedo a crearme una enemiga con tanto poder me frena.
Tras escrutar con la mirada cada rincón del patio, se gira hacia mí. Está tan cerca que casi nos rozamos. Sus ojos descienden hasta mis labios. Ninguno de los dos nos movemos, respirando el mismo aire.
Su aroma a aceite dulce, intensificado por la piel caliente, me nubla por completo los sentidos y me hace olvidar dónde estoy. Ni el perfume más caro del siglo xxi puede compararse a este olor.
Tengo que frenar el impulso de apoyar las manos en su torso desnudo. Está tan cerca que podría besarlo con solo inclinarme un poco. Creo que él lo nota, y parece como si estuviera haciendo también un esfuerzo desmedido por no tocarme.
—Puedes quitar la candela de la ventana —dice. Da unos pasos atrás y vuelve a mirar hacia las sombras del patio—. No acudiré a tu alcoba; creo que es lo mejor.
Debería sentir alivio por saberme a salvo y por recuperar la oscuridad que necesito para dormir, pero no es así. Lo que siento es un vacío enorme. Uno que no esperaba.
—Debo irme —continúa—. Tengo que estar presente en la última ceremonia del día. No quiero que los sacerdotes me odien más de lo que ya lo hacen.
Lo veo distinto. La luz del atardecer le acaricia el rostro, y pese a tener ese cuerpo de dios, ese porte de guerrero, ese aire de autoridad que hace que todos bajen la cabeza a su paso, ahora lo veo humano.
Como si debajo de esos músculos y esa seguridad hubiera un hombre cansado de cargar con el peso de su destino.
—Quiero ayudarte, Pat-Ra. Si los dioses te han traído hasta mí, yo velaré por ti.