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Khenr a
El sol comienza a descender por el oeste cuando descargo otro golpe contra el bastón de Ushem.
Llevo tres días enteros entrenando sin descanso. Los mismos que lleva encendida la lámpara en la ventana de la extranjera.
Mi amigo no se ha quejado, pero sé que empieza a preguntarse si me he vuelto loco. Tal vez tenga razón.
Hoy el calor cae pesado sobre el patio de entrenamiento, pero ni siquiera eso me detiene. Cada golpe que lanzo contra Ushem es una forma de acallar mi frustración y eludir mis pensamientos.
Las extremidades me arden y los músculos casi no me responden, como si mi propio cuerpo me instara a parar y mirar de frente aquello que me niego a ver.
Ushem retrocede un paso, evaluando mi postura con la mirada de quien conoce mis movimientos mejor que nadie. Ha sido mi capitán y mi amigo durante demasiados años como para que yo pueda ocultarle algo.
—Mi señor, ya es suficiente por hoy —dice, bajando el bastón .
Ignoro el comentario y avanzo de nuevo, sin darle tiempo a respirar, pero él bloquea mi golpe con facilidad.
El cansancio empieza a hacer mella en mí. Aun así, continúo. Necesito llegar a la noche sin fuerzas, para no pasar otra más mirando hacia el mismo lugar, esperando a que la mujer que me roba el sueño quite la dichosa luz que ilumina su ventana.
—Llevamos horas, Khenra —continúa Ushem, abandonando por completo el protocolo—. Si sigues así, vas a desplomarte antes de admitir qué te ocurre realmente.
Dejo caer el bastón a un lado y respiro hondo.
—Ushem… —no sé por dónde empezar—, no puedo quitármela de la cabeza. Sé que ella está ligada a mi destino y no sé cómo acercarme para que no salga huyendo.
—¿Quieres decir que estos tres días de duro entrenamiento debo agradecérselos a una mujer? ¿La extranjera, supongo?
Me paso una mano por el pelo, para despegarlo de mi cara, y asiento.
—Soy el faraón; siempre obtengo lo que quiero, nunca se me ha negado nada. Cualquier mujer se sentiría honrada de que posara los ojos en ella. Pero la extranjera es distinta.
Ushem recoge mi bastón del suelo y lo coloca junto al suyo. Se aproxima a mí y me toma por los hombros.
—Entonces haz lo que nunca has hecho con ninguna mujer. Acércate a ella como un hombre, solo eso.
—Te envidio por ser libre de elegir a quien amar —le digo, y mi voz suena más desnuda de lo que pretendía.
Ushem abre la boca para responder, pero no lo hace. Sus ojos quedan fijos en los míos un instante de más, como si hubiera algo que quisiera decir .
Entonces escuchamos pasos apresurados entrando en el patio. Ambos nos giramos al ver al visir, quien se detiene a poca distancia e inclina levemente la cabeza.
—Mi señor, acaba de llegar un mensajero del templo —dice, tenso—. Los sacerdotes han observado que el agua ha subido en los marcadores del pozo sagrado. La inundación ha comenzado.
Respiro hondo. El río marca el inicio del cambio, y yo debo tomar las primeras decisiones, que sé que no gustarán.
—Que se preparen los canales —ordeno—. Esta inundación no será como las anteriores. El pueblo será el primero en recibir lo que le corresponde. En lugar de llenar los graneros del palacio y los templos, todos trabajaremos para devolver a Kemet su luz.
El visir abre los labios con nerviosismo, como si midiera cada palabra.
—Mi señor, eso es como intentar cambiar la corriente del propio Nilo. Si alteramos el orden sagrado, los dioses podrían enfurecerse.
Doy un paso hacia él, y el gesto hace que enderece la espalda.
—Te equivocas, suegro. Los dioses aman a su pueblo y no temen los cambios; quienes sí lo hacen son los que viven a expensas de ellos: los sacerdotes, los nobles ambiciosos, los administradores que se enriquecen en la sombra y todos aquellos, incluido tú, que no quieren perder los privilegios de los que han disfrutado durante demasiado tiempo.
Sus ojos parpadean, incapaces de mantener los míos.
Lo observo con una rabia que hace tiempo intento contener, y que hoy no me molesto en ocultar. El visir traga saliva, inclina la cabeza con rigidez y se retira sin esperar más instrucciones.
Ushem lo sigue con la mirada y resopla.
—Amigo, no te envidio.
—No pueden verme vacilar. Sé que me estoy ganando muchos enemigos, pero no puedo soportar ver los templos y los palacios rebosando de riquezas mientras mi pueblo pasa hambre.
Aunque siento que estoy solo en esta lucha.
El Consejo insiste en que debo engendrar un heredero, pero algo en mi interior me dice que Kemet no debe tener un faraón nacido de un pacto frío, sino del amor.
Ushem me posa la mano en el hombro, en un gesto de apoyo silencioso.
—Con respecto a lo que hablábamos antes… —dice con una sonrisa ladeada—, creo que todavía puede mejorar el día.
—Le di mi palabra. No iré a su alcoba hasta que ella quite la lámpara de la ventana.
—¿Una lámpara? Por los dioses, Khenra. —Niega con la cabeza—. Hermano, no se trata de entrar en su alcoba ni de quebrantar tu palabra, sino de acercarte a ella como hombre. Cumplirás tu palabra, no irás a su alcoba. Debes buscarla donde ella se sienta segura.
Entrecierro los ojos, sin comprender del todo.
—¿Dónde se siente segura?
—Sé que pasa las tardes junto a Taia en el Patio del Loto. Si lo deseas, puedo organizarlo todo para que no haya nadie. Ni las chicas, ni los guardias. Solo la extranjera.
Un nudo me estruja el pecho, y aun así percibo un brillo nuevo en medio de estos días oscuros. Camino en círculos para ordenar mis pensamientos, aunque el miedo que leí en sus ojos azules vuelve a mi memoria una y otra vez.
—¿Y si huye al verme?
Ushem arquea una ceja. La sonrisa que le nace es tan descarada que casi me arrepiento de haber hablado.
—Vaya, vaya… —De pronto suelta una ruidosa carcajada— . El gran dios de las dos tierras temiendo que una mujer salga corriendo. Esto sí que no lo vi venir.
Quiero replicarle como se merece, pero solo logro apartar la mirada.
—Entonces, amigo, déjala ir —apunta—. Pero al menos inténtalo. No sirve de nada contemplar una luz desde lejos, Khenra. Si quieres sentir su calor, tendrás que correr el riesgo de quemarte.