La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 33
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Lola

Me despierto antes que Carmen. Asenet ya está en pie, trajinando en silencio, igual que hacía en aquella vida que, ahora mismo, no sé muy bien dónde empieza ni dónde acaba.

Se acerca con una sonrisa al verme abrir los ojos.

—¿Ha descansado bien, mi señora? —dice en voz baja, para no despertar al pequeño que duerme cerca de mí.

Carmen parpadea a mi lado, todavía adormilada. Yo asiento, aunque las palabras «mi señora» me rechinan. En mi otra vida no me molestaba que me llamara de ese modo, pero ahora sí.

Tras asearnos, nos da ropa limpia. Para Carmen, un lino sencillo pero suave, y con suficiente tela para que mi amiga se sienta cómoda.

Para mí es distinto. Cuando extiendo la tela entre mis manos, reparo en que el lino es casi translúcido en algunas partes. Tiene un fino bordado en el bajo, apenas visible, pero lo suficiente para hacerme tragar saliva.

Este vestido era mío .

Mientras me ayuda a ponérmelo, le tiemblan las manos. Me mira con ojos vidriosos, como si aún no terminara de creer que estoy aquí.

—Así está perfecta, mi señora. Como antes.

Sé que para ella sigo siendo la mujer a la que cuidó y quiso, aunque yo ya no sea esa persona.

Le cojo las manos y la miro a los ojos.

—Asenet, ya no soy la reina que fui. Ahora soy Lola. Llámame así, por favor. Ya no soy ninguna reina.

Ella guarda silencio un momento, y luego sonríe con la misma ternura de siempre.

—Lola —repite despacio.

Le aprieto un poco las manos.

—No hace falta que me llames «mi señora». Ya no.

Carmen, que examina las ropas que nos ha dado, ajena a nuestra conversación, pregunta:

—¿En serio no tiene nada que no sea blanco? ¿Ni rosa, ni verde…, nada?

Asenet la mira, sin comprender una sola palabra, pero con una sonrisa educada.

—Dice que es precioso, que le encanta —le traduzco.

Ella nos observa satisfecha, pero al fijarse en Carmen frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué pasa ahora? —inquiere mi amiga.

Asenet murmura algo en egipcio antiguo y saca de una cesta una peluca negra, que le tiende.

—¿Esto para que lo quiero? —me pregunta Carmen, sujetándola apenas con dos dedos.

—Es una peluca, póntela. Tapará tu pelo. Ese color es demasiado vistoso para esta época.

—Ni de coña. Voy a parecer Morticia Addams. Sabes que nunca he llevado el pelo negro, Lola. No me gusta.

—Te la tienes que poner. —Me muerdo el labio para no reír.

Asenet la coge y se la coloca con cuidado, como si se la pusiera a una princesa.

—Menos mal que aquí no me conoce nadie —farfulla Carmen, mirándose de reojo los mechones oscuros.

Al verla de esa guisa, no puedo evitar echarme a reír. Aunque ella intenta contenerse, acaba haciéndolo también.

Una joven entra en la cabaña sin llamar, y Asenet le da un beso en la frente.

—Es la mujer de Heny —explica—. Ella cuidará del pequeño hasta que volvamos. Debemos ponernos en marcha, nos espera un largo camino.

Caminamos durante un buen rato, bordeando el río. Carmen no se queja, pero su respiración delata el cansancio.

—Ya estamos cerca. —Asenet señala unas palmeras rodeadas de juncos.

Por mucho que lo intento, no logro ver nada. Sin embargo, a medida que avanzamos, aparece ante nosotras una pequeña choza de adobe, con una tela vieja colgada a modo de puerta.

Asenet se detiene antes de entrar y me mira. Sus ojos relucen de emoción; yo la observo sin entender nada. Aun así, mi corazón se acelera.

Ella entra primero y yo la sigo. Dentro, una anciana está sentada en el suelo, en el centro de la choza. Un fuego arde frente a ella, y sobre él hay un caldero que despide un aroma dulce y que me resulta familiar.

No puedo apreciar bien su rostro, solo parte de su largo cabello blanco, que asoma bajo la larga túnica negra que la cubre por completo.

—Mi señora, los dioses escucharon sus súplicas —le dice Asenet.

La anciana alza poco a poco la mirada para fijarla en mis ojos.

Y entonces, todo estalla.

Mil imágenes desfilan una tras otra por mi mente: el tiempo que compartimos en el templo, su voz cálida arropando mis días más fríos, sus manos acariciando mi cabello. Todo se precipita, como si hubiera transcurrido solo un segundo desde la última vez.

Los ojos se me llenan de lágrimas. Es mi querida Sotis.

Ella permanece quieta, observándome, como si no asimilara lo que ve. Pero yo… yo no puedo contenerme. Me lanzo hacia ella y abrazo su cuerpo menudo.

Al principio no reacciona, pero cuando la estrecho más contra mí, noto como se relaja.

Un murmullo muy leve, casi un sollozo, me roza el oído.

—¿Eres real? ¿O los dioses vuelven a burlarse de mí?

Me tiembla la voz cuando le respondo.

—Soy real, mi querida Sotis. He vuelto.