La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 32
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Patrici a

No consigo dormir, ni aunque me repita que no voy a volver a pensar en él; mentira. Cada vez que cierro los ojos, veo su cara. Recuerdo el brillo de su piel y su mirada intensa atravesándome como si aún estuviera aquí.

Me imagino tocándolo, mis dedos deslizándose por su piel tibia cubierta de aceite, recorriendo esos músculos duros y definidos. Pienso cómo sería enredar mis dedos en su melena negra y salvaje.

El pulso se me acelera y siento la boca seca. Me obligo a borrar esas imágenes de mi mente.

Abro los ojos. La luz que he dejado en la ventana después de que él se marchara me da de lleno.

¿Cómo voy a descansar así? Siempre he necesitado oscuridad para poder conciliar el sueño, y ni tapándome los ojos con el brazo consigo dejar de ver el resplandor de la dichosa lámpara.

Me acuerdo de mi antifaz nuevo, que compré hace apenas unas semanas, y que ahora debe de estar en mi habitación del barco, con el resto de mis cosas.

Con un suspiro, me levanto de la cama y me paso las manos por el pelo para retirarlo de la cara. Hace calor, y el aire está demasiado cargado con el olor de las flores y los aceites que han dejado para mí. Necesito salir, respirar y aclararme.

Camino de puntillas por el Patio del Loto, como él lo ha llamado.

El aire en el exterior es más fresco, suavizado por el murmullo del agua del gran estanque.

Busco un rincón apartado, donde la luz de las antorchas no llega del todo.

Me siento en el borde, levanto el bajo del vestido y meto los pies en el agua.

Está fría, muy fría, y el contraste me eriza la piel.

Estoy a punto de cerrar los ojos de puro gusto, cuando escucho pasos. Instintivamente, saco los pies del agua y me abrazo las rodillas, tratando de ocultarme entre las sombras.

Dos siluetas entran desde el corredor. Con la poca luz que hay, casi no se las ve, pero las reconozco enseguida: es la esposa del faraón, acompañada por una de las bailarinas que estaba esta noche a mi lado, la de la piel color ébano.

Se detienen justo frente al estanque, lo bastante cerca como para que yo pueda oírlas, pero no tanto como para verme. La reina se lleva las manos al pecho; parece nerviosa.

—No puedo permitirlo. Si Khenra expulsa a mi padre del Consejo, yo seré la siguiente. Me detesta, lo sé.

La otra mujer pretende calmarla.

—Mi reina, quizás solo sean rumores.

—No lo son —la interrumpe con tono frío—. Lo he visto, y no voy a quedarme esperando a que decida cuál será mi destino. Ha cambiado. Ya no escucha a nadie; ni a los sacerdotes, ni a mi padre, ni mucho menos a mí.

—¿Y qué va a hacer?

La reina respira hondo y, acercándose un poco más al estanque, dice:

—Le haré creer que espero un hijo suyo. Es la única forma de asegurar mi posición. Si cree que voy a darle un heredero, no se atreverá a echarme del palacio —dice con una frialdad que me hiela la sangre.

—Pero, para que sea creíble, necesita estar encinta —alega la mujer que la acompaña.

—Sí, lo sé. Necesito a alguien que pueda dejarme encinta antes de que mi esposo se dé cuenta de que no lo estoy.

Un escalofrío me recorre entera.

—Encuentra a ese hombre. Alguien que pueda hacerlo sin cuestionar.

La otra asiente, se inclina y desaparece entre las columnas.

La reina se queda sola, contemplando su reflejo en el agua.

Luego ladea la cabeza, y su mirada se mantiene fija en mi dirección unos segundos que se me hacen interminables.

Contengo el aliento, rezando para que no me descubra.

Después de lo que me parece una eternidad, gira sobre sí misma y regresa por el mismo camino por el que llegaron.

Solo entonces me atrevo a soltar el aire y a ponerme en pie. Las piernas me tiemblan, no sé si por el frío del agua o por lo que acabo de escuchar. Vuelvo a mi habitación con sigilo, pegada a las paredes, camuflándome con las sombras por miedo a que la reina vuelva a aparecer.

Cuando por fin cierro la puerta, me apoyo en ella un momento, intentando calmar la respiración.

Miro la lámpara de aceite encendida en la ventana.

Sin quererlo, regresa a mi mente su mirada.

Negra, intensa, pero con algo detrás, como si toda esa fuerza escondiera a un hombre rodeado de enemigos a los que quizás ni sabe reconocer.

En realidad, nos parecemos en algo: los dos estamos solos. Aunque lo suyo es peor, porque yo no tengo a nadie conspirando a mis espaldas, o eso quiero pensar. Aquí ya no estoy segura de nada .

Si antes no podía dormir, ahora ya va a resultar misión imposible.

Camino hasta la ventana, donde la luz parpadeante me recuerda que esto no es un sueño, que estoy involucrada en una historia que ni en mis dramas más exagerados habría podido imaginar. Cuanto más miro la lámpara, más arraiga la certeza de que no voy a poder descansar.

Vuelvo a tumbarme en la cama, cierro los ojos y me tapo la cara con el brazo. El brazalete golpea mi frente, lo que me hace pensar en él otra vez.

«La estás cagando, Patricia. Ni se te ocurra enamorarte de un faraón», me repito.

Pero en el fondo sé que algo ha despertado en mí, distinto a todo lo que he sentido antes por un hombre. Una mezcla de peligro y deseo que me está volviendo loca.

Aquí estoy yo, en el antiguo Egipto, empezando a babear por un faraón. Si Lola me escuchara decir eso, con lo que ella pasó…

Ojalá pudiera contarles a mis amigas todo lo que me está pasando.

Aunque fuera a través de una llamada, o un simple mensaje de WhatsApp, como en estos últimos meses.

Sé perfectamente lo que me dirían: que siempre me enamoro del que no debo.

Y tienen razón, solo que esta vez he puesto los ojos en el más peligroso de todos.

Los demás hombres con los que he estado me han hecho daño, sí, pero nunca físico.

Sin embargo, sé lo que puede llegar a hacer un rey de este tiempo, y eso me aterra.

Doy vueltas en la cama, inquieta. ¿Y si no consigo regresar y me quedo atrapada en este tiempo para siempre? ¿Y si no vuelvo a verlas nunca más?

Una lágrima rueda por mi cara. Porque no solo me asusta lo que siento por él, sino también todo lo que puedo perder si nunca logro regresar.