31
Lola
Seguimos abrazadas, temblando. Siento su respiración contra mi cuello y, cuando Asenet se separa, las lágrimas le corren por las mejillas. Yo también las noto resbalar por las mías, imposibles de contener.
Nos contemplamos unos segundos más, como si el tiempo no existiera. Después Asenet se limpia la cara con las manos y sonríe.
—Vengan, entren. Les enseñaré mi casa.
Heny, que ha permanecido en silencio, observando con una sonrisa, da un paso adelante.
—Madre, debo regresar al templo, me necesitan allí.
Mi vieja amiga asiente y le roza el brazo con un gesto lleno de cariño.
—Ve, hijo. Que los dioses guíen tus pasos.
Heny inclina la cabeza y se marcha por el camino que bordea el templo.
Entramos. El interior de la vivienda es sencillo pero acogedor.
El suelo está cubierto con esteras de palma, y en un rincón arde un fuego bajo.
Sobre él, algo apartado, para que no reciba demasiado calor, un enorme cuenco de barro con un aceite muy líquido.
Dentro flotan decenas de flores de loto azules, abiertas, y el aire está tan impregnado de su aroma que casi puedo saborearlo.
Por un instante, creo que respiro el mismo aire de mi vida pasada.
Asenet se acerca con paso sereno y, valiéndose de un cucharón de madera, saca los capullos marchitos y los deja en una cesta.
Luego coloca otros recién cortados. Sus movimientos son casi rituales.
La luz del fuego ilumina su rostro, y me parece estar viendo a la misma mujer que cada noche me trenzaba el cabello antes de dormir.
Me cuesta creer que sea real y no un sueño de los que solía tener.
Que esté aquí, frente a mí, me resulta inconcebible.
No sé si hablar, pues temo decir algo y que la magia se esfume y Asenet desaparezca. Es ella la que rompe el silencio.
—Desde que Sejemká partió, vivo en esta casa. —Su voz tiembla un ápice al pronunciar el nombre de su esposo—. Él fue escriba del templo hasta su último aliento, y cuando viajó al Más Allá, los sacerdotes me permitieron quedarme y seguir elaborando el aceite de loto que se utiliza en los ritos.
Remueve despacio el contenido del recipiente, que relumbra a la luz del fuego.
Asenet alza la vista hacia mí y atisbo en sus ojos una emoción que apenas logra contener.
—Sigo cuidando de su tumba, mi señora —murmura—. Cada luna nueva voy hasta la orilla oeste. Llevo flores de loto y agua fresca, quito la arena que el viento deposita sobre las mesas de ofrendas y enciendo una lámpara, pidiendo a los dioses que la luz los acompañe a los dos en el Más Allá.
Hace una pausa y me mira con los ojos cuajados de lágrimas, pero sonriendo.
—Jamás pensé que volvería a verla —dice con voz entrecortada—. Los dioses son generosos conmigo .
Siento un nudo en la garganta. Me acerco y la abrazo de nuevo con fuerza. Ella se aferra a mí como si también temiera que yo pudiese desvanecerme.
—Pensé que se la habían llevado para siempre —susurra feliz junto a mi oído.
Permanecemos así unos segundos, respirando el olor familiar de la otra, hasta que un leve movimiento a mi lado me recuerda por qué estamos aquí.
Carmen nos observa, sin entender nada de lo que decimos pero con gesto emocionado. Lleva al pequeño anudado a la espalda, y unas gotas perlan su frente sudorosa.
La que en otra vida fue mi sirvienta sigue mi mirada, y su expresión cambia al ver al niño. Le explico todos los síntomas que tiene el pequeño y Asenet me escucha con atención.
—Túmbalo en esa cama —apremia a mi amiga.
Carmen duda, no sabe si ha entendido bien, hasta que realizo un gesto con la mano y le indico dónde dejar al niño.
Asenet se gira hacia una mesa donde hay recipientes, manojos de hierbas secas y una jarra con agua. Comienza a preparar algo.
—Las flores, además de ser hermosas, también saben curar. —Acerca el cuenco a los labios del niño y le da a beber despacio.
El pequeño traga solo un sorbo y ella le acaricia el cabello con ternura. En sus ojos hay un matiz que me conmueve profundamente.
—¿Tuviste más hijos? —le pregunto.
Ella niega con la cabeza.
—Nunca pudimos tener hijos. Crie a Heny, al que ya han visto. Él es mi mayor orgullo, aunque me habría gustado que los dioses me hubiesen bendecido con más hijos .
El aroma del loto sigue flotando en el aire, mezclado con el del brebaje.
Durante unos minutos, el tiempo parece detenerse. El fuego, el perfume y la voz de Asenet me infunden una paz que no recordaba. Mientras la observo, pienso que, aunque haya pasado una eternidad, el alma siempre reconoce a quien amó.
Miro de reojo a Carmen, que está sentada junto al pequeño, con la mirada fija en nosotras. Sé que intenta entendernos, pero solo escucha sonidos incomprensibles.
—Asenet —digo, volviendo mi mirada hacia ella—, necesitamos tu ayuda.
Ella posa el cuenco sobre la mesa y me observa con atención.
—¿Qué ocurre, mi señora?
—No estamos aquí por voluntad propia. Lo que te voy a contar puede parecer una locura, pero necesito que me escuches con el corazón.
Y le revelo todo: el brazalete, la luz, el salto en el tiempo. Le hablo de Patricia, de que se la llevaron unos medjays del faraón cuando llegamos.
Ella no me interrumpe, me escucha con los ojos muy abiertos. Cuando termino, se queda en silencio.
—Mañana debo ir al palacio a entregar el aceite para el harén del faraón. Intentaré averiguar algo sobre su amiga.
Sus palabras me llenan de esperanza. Si Patricia está en el palacio, Asenet lo sabrá.
—Los dioses la han devuelto al lugar donde todo comenzó, mi señora. Y han reunido lo que el destino separó.
Me agarra las manos y, mirándome fijamente, añade:
—Una persona va a recuperar la luz cuando la vea, mi señora. Después de muchos años de oscuridad, los dioses por fin la han escuchado y la han traído de vuelta .
No sé a quién se refiere, ni qué significa lo que acaba de decir. Tal vez haya alguien esperando verme, pero ahora mismo solo tengo una cosa clara: debemos encontrar a Patricia y descubrir la manera de volver a nuestra época.