La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 30
44%

30

Patricia

Aún noto el latido del corazón en los oídos cuando se cierran las puertas del gran salón.

Me ha vuelto a ocurrir: al sonar esa música, es como si algo dentro de mí despertara y tomara el control de mi cuerpo y de mi mente.

Taia se acerca con una sonrisa. Bajo su abrazo, poco a poco me relajo y dejo de temblar.

—Has estado maravillosa. ¿Dónde has aprendido a bailar así?

—¿Así cómo? —le pregunto, intentando controlar la respiración.

—Del modo en que lo has hecho. Parecía que la mismísima Hathor habitara en ti.

No sé qué responder. ¿Cómo hacerlo, si ni siquiera yo misma entiendo lo que acaba de pasar?

—Cada vez que escucho esa melodía, algo se apodera de mí y actúo sin pensar. Solo he cerrado los ojos y he dejado que la música guiara mis pasos.

—Pues debes dejar que ocurra siempre que bailes —dice con dulzura—. Los dioses hablan a través de tu danza. Vamos, te acompañaré a tus nuevas dependencias.

Enlaza su brazo con el mío y caminamos a la par.

Aún puedo sentir esa mirada fija en mí, y mi cuerpo respondiendo de un modo inverosímil. No es miedo, como debiera ser ante un faraón que puede hacer lo que quiera de mí, sino otra cosa. Algo que nunca he sentido ante ningún hombre.

Tal vez sea porque los de mi época poco tienen que ver con él, pero hay algo en ese peligro, en el misterio de su mirada, que me atrae sin remedio.

—Y este faraón, ¿cómo se llama?

—Khenra.

—Hostis, ese nombre me suena. —Intento hacer memoria. ¿Dónde lo he escuchado antes?—. Pero ahora mismo no caigo.

—A veces no comprendo nada de lo que dices. —Sonríe mientras niega con la cabeza.

—Lo dices por el «hostis», ¿verdad? —Me encojo de hombros—. Ya, yo tampoco sé muy bien cómo puedo hablar en dos idiomas sin tener que esforzarme. Ojalá la bruja de la cabaña pueda enseñarme también a hablar alemán antes de irme; no puedo con él.

Ella ríe, aunque claramente esto último tampoco lo ha entendido, y el sonido de su risa es el más bonito que he escuchado desde que estoy aquí.

Mientras caminamos, me explica a dónde debo ir si quiero bañarme o comer algo. Sin embargo, ahora lo único que me apetece es tumbarme en la cama mullida de la nueva habitación.

Taia me acompaña hasta la puerta y me da un beso en la frente.

—Si necesitas algo, podrás encontrarme en la alcoba que se encuentra al fondo, la que tiene un leopardo dibujado en la entrada .

Miro en la dirección que me indica y veo que no queda muy lejos de la mía, solo tengo que bordear el estanque central hasta el extremo más alejado.

—Gracias —le digo sonriente, y abro la puerta.

La estancia parece una habitación de hotel cinco estrellas…

a la egipcia. Bajo la luz de las lámparas de aceite, todo adopta un color cálido.

No falta detalle: cojines bordados, una alfombra que parece que nadie ha pisado nunca y un jarrón de un material muy frágil, casi transparente, con las mismas flores azules que flotan en el estanque, y cuyo aroma impregna la estancia.

Sobre la mesa han dejado una bandeja con frutas y dátiles. Voy directa hacia ellos, cojo uno y me lo meto entero en la boca. Estos dátiles me vuelven loca. Cierro los ojos, disfrutando del dulzor que se deshace sin prisa.

La puerta se abre; supongo que es Taia. Yo continúo deleitándome en el sabor. Meto un dedo en la boca para chupar los restos que han quedado pegados y entonces abro los ojos.

Ante mí está el faraón. Sin corona, pero igual de imponente.

Su gran cuerpo bloquea por completo la luz que entra por la puerta. Sus ojos recalan en mi dedo, aún entre mis labios, y veo como traga saliva.

Lo saco de inmediato y me limpio con la tela del vestido.

—Venía a cerciorarme de que te encuentres cómoda en la zona del harén —dice sin apartar los ojos de mi boca.

¿Ha dicho «harén»?

—¿Harén?

—Sí, en el Patio del Loto es donde reside mi harén.

Lo miro incrédula mientras la rabia me sube por el pecho.

—¿Entonces yo formo parte de tu harén?

Sus ojos negros me recorren. No contesta, pero en ellos hay un brillo que me estremece .

—Solo si tú lo deseas.

Me cruzo de brazos, intentando aplacar el temblor que vuelve a adueñarse de mí.

—No. No lo deseo. No pienso ser ninguna concubina de esas.

—¿De cuáles?

—De las que se acuestan con un faraón —digo, clavándole la mirada—. ¿Para qué? ¿Para que luego me quieras enterrar contigo?

Me mira sorprendido, como si no entendiera nada de lo que estoy diciendo.

—No comprendo de qué me hablas.

—No sé si te suena el nombre de… Espera… Ah, sí: Nebet.

Frunce el ceño.

—¿La reina Nebet?

—Sí, esa misma.

—No llegué a conocerla en persona. Tan solo la vi una vez. Ella fue la segunda esposa de mi hermano.

Sus palabras me atraviesan como un puñal. Es más terrible de lo que imaginaba: el faraón que mató a mi amiga en una vida anterior era el hermano del que está ante mí.

Retrocedo un paso, sin pensar.

—¿Tu hermano? —repito. Mi voz no puede esconder el miedo que me embarga—. Por eso me sonaba tu nombre. Entonces, tú debes de ser como él, el faraón que hizo sufrir a Nebet, el que la mató.

Khenra me mira confundido.

—¿La reina Nebet era tu amiga?

Quisiera decirle que no lo era, sino que lo es, y que ahora se llama Lola. Pero no puedo. Mi garganta está seca, y el miedo me mantiene paralizada.

—Yo no soy mi hermano —dice con una calma que contrasta con mi agitación—. Creo que hoy he repetido eso en demasiadas ocasiones.

Lo observo, sin terminar de creerlo. ¿Por qué iba a ser distinto si ambos fueron educados de la misma manera?

Su aspecto es fiero; tiene el cuerpo marcado por cicatrices. Sin embargo, en la forma en que me mira no hay rastro de esa dureza. Solo cansancio y una pesadumbre que no encaja con lo demás.

—Entonces, ¿qué quieres de mí? —consigo preguntar.

Él mira mi brazalete. Sin tocarlo esta vez, murmura:

—Creo que los dioses, por alguna razón, te han traído hasta mí.

Hay algo en su forma de decirlo que me eriza la piel, a pesar de que mi cabeza me grite que salga corriendo. Y aunque parezca una locura, le creo.

—¡Pues diles que no quiero estar aquí! Quiero volver a Valencia y olvidarme de esta pesadilla para siempre.

—¿Va-lecia? —repite, igual de mal que el jefe de su guardia.

—Necesito regresar —digo, y mi voz suena suplicante—. ¿Puedes explicarme cómo hacerlo? —Le muestro el brazalete, como si en él se hallara el interruptor que me devolviese a mi tiempo.

—Si deseas marcharte, mandaré a mis mejores medjays a acompañarte —me dice, y percibo una nota de pesar en su tono.

—Ojalá fuera tan fácil —susurro, sentándome en la cama.

Oigo el sonido de sus pisadas acercándose, pero no levanto la vista hasta que lo tengo más cerca de lo que imaginaba. Solo entonces me doy cuenta de la altura a la que han quedado mis ojos. Frente a mí, su abdomen. Y qué abdomen.

Lleva todo el cuerpo rasurado, y su piel tostada, cubierta de aceites, brilla bajo la luz de las lámparas, realzando cada músculo perfectamente definido, como si hubiera contratado al mejor entrenador personal del antiguo Egipto.

Se me seca aún más la garganta.

Él parece intuir lo que estoy pensando, ya que una media sonrisa —la más sexi que he visto en mi vida— se dibuja en sus labios.

Unos golpes secos en la puerta rompen el momento. La voz del hombre de la cicatriz se escucha al otro lado.

—Mi señor, disculpe la interrupción, pero los mandatarios se retiran y desean hablar con su rey antes de irse.

El faraón se endereza, la sonrisa desaparece y vuelve a ser el hombre de rostro serio.

Camina hacia la puerta, pero antes de salir se vuelve hacia mí. Su voz grave y serena llena la habitación.

—Si decides quedarte, vendré a verte por las noches. Si no deseas que entre, solo tendrás que dejar una candela encendida en la ventana. La veré desde mis aposentos, y respetaré tu decisión.

Guarda silencio un instante, como si esperara mi respuesta.

Yo no digo nada.

El aire entre los dos parece cargado de algo invisible, tan denso que casi se puede tocar.

Asiente despacio y abre la puerta, marchándose sin mirar atrás.

Escucho las voces de varios hombres alejarse. Me quedo sentada en la cama, sin poder moverme. ¿Qué acaba de pasar?

Miro hacia la ventana. Dice que si no quiero que entre, debo dejar una lámpara ahí. Pues parece que va a tener luz todas las noches .

Apoyo la cabeza en las rodillas y suelto un suspiro mientras trato de convencerme de que lo mejor es no volver a verlo. Cierro los ojos, pero entonces, contra mi voluntad, regresa a mi mente la imagen de su cuerpo, cada músculo marcado bajo la piel dorada, y esa sonrisa que parece saber demasiado.

Definitivamente, voy a necesitar más lámparas. No solo por él, sino también por mí.