29
Khenr a
El corredor que conduce al gran salón está casi vacío.
He ordenado preparar una cena sin previo aviso, y puedo imaginar la confusión que habrá provocado en palacio. No me importa. Esta noche no habrá lugar para las cortesías vanas ni para las reverencias que esconden veneno.
A mitad del corredor, una figura se interpone en mi camino: el visir. Sus manos enjoyadas se entrelazan sobre su vientre mientras inclina apenas la cabeza. No hay humildad en su gesto, solo un intento mal disimulado de mantener las apariencias. Pero a mí ya no me engaña.
—Mi señor —dice con una sonrisa forzada—, nadie me ha informado de la cena que se ha ordenado para esta noche. Como visir real, debería ser siempre el primero en enterarme de los asuntos de palacio.
—Como dije en el Consejo esta mañana, las cosas van a cambiar a partir de hoy. —Mi voz resuena sin necesidad de que la eleve.
Mi suegro baja la vista un instante, pero enseguida recupera la compostura.
—Tu hermano jamás habría actuado de este modo. Él era más…
Sin dejar que termine la frase, doy un paso en su dirección.
—¡Yo no soy como él! —rujo, y mi voz retumba en las paredes de piedra.
El visir da un ligero salto hacia atrás, sorprendido.
—Él gobernó con miedo a perder el favor de los templos —continúo, bajando el tono sin suavizarlo—. Yo gobernaré para el pueblo, aunque eso signifique hacerlo solo.
—Debo recordarte, una vez más, que gracias a los sacerdotes llevas en tu cabeza la corona de las dos tierras.
—Sí, eso es lo que me habéis repetido desde que subí al trono siendo tan solo un jovencito.
Pero olvidas algo: no solo los hombres tejen el destino; son los dioses quienes mueven los hilos.
Ellos me han abierto los ojos. He vuelto de la guerra, he expulsado al enemigo de nuestro reino; ahora lo echaré de los templos y del palacio.
Kemet resurgirá más fuerte que nunca. Será el pueblo, con la ayuda de los dioses, quien reciba lo que merece.
El visir no se atreve a responder. Su boca se abre, pero ninguna palabra sale de ella.
En su afilado rostro se aprecia el disgusto: cada arruga parece tensarse como una cuerda a punto de romperse.
Durante demasiados años ha hablado sin que nadie lo contradiga; ahora su silencio pesa más que cualquier palabra.
Escucho pasos aproximándose desde el fondo. Ushem inclina la cabeza y se coloca el puño sobre el pecho.
—Mi señor, todos los mandatarios lo esperan ya en el gran salón —informa con su tono habitual, sereno y directo.
Asiento.
—Bien. Que comience la cena .
Reanudo la marcha, pero me detengo junto al visir. Sus ojos evitan los míos, aunque noto su mandíbula rígida.
—Puedes acompañarnos también —le digo con calma—. Quiero que escuches lo que tengo que decir.
En cuanto entro en la sala, los murmullos se detienen. Decenas de ojos se vuelven hacia mí. Todos los presentes se ponen en pie y se inclinan a mi paso.
Camino hasta el fondo del salón, donde han dispuesto una larga mesa. Así lo he pedido. No es lo normal, pero después de esta noche, nada lo será.
Me siento a la cabecera, y con un gesto invito al resto de los comensales a hacer lo mismo: mis generales, sumos sacerdotes y gobernadores de toda la tierra negra. Saben que no he convocado esta cena por frivolidad, sino para anunciar algo importante.
—Después de tantas batallas, por fin Kemet no tiene enemigos. He luchado durante todos mis años en el trono para que así fuera, y he logrado que este reino sea más poderoso que nunca. Sin embargo, no veo que eso se refleje en el pueblo.
Muchos agachan la mirada; otros asienten.
—Esta inundación será diferente a las anteriores —continúo con voz firme—. Cuando las aguas crezcan, el pueblo no trabajará para los templos ni para los palacios. Trabajará para Kemet.
Un murmullo recorre el salón.
—Durante generaciones —prosigo—, el esfuerzo de los hombres ha sido destinado a los dioses, y sin embargo, hemos olvidado que los dioses también habitan en el corazón de los hombres.
»Ra no se oculta tras los muros de un templo. Ra brilla sobre cada campesino que abre los canales, sobre cada madre que amasa el pan y sobre cada niño que nace bajo su luz.
Me pongo en pie.
—Sotis ya brilla al alba, y cuando el río renazca, también lo hará su pueblo. El trigo que brote de sus campos será suyo. Los graneros de palacio se abrirán para los que más lo necesitan, no para quienes lo reclaman en nombre de los dioses.
El anuncio cae sobre la sala como un rayo.
En el extremo de la mesa, varios sacerdotes se ponen en pie al mismo tiempo y las voces se atropellan entre sí, reclamando el derecho de los templos a preservar las tradiciones.
Los gobernadores y los generales, por su parte, intercambian miradas de aprobación; algunos sonríen, otros asienten en silencio.
Y siento que el peso del poder acaba de bascular.
—Nadie está por encima de la voluntad del faraón —afirmo—.
Y quien no obedezca mis órdenes será castigado.
Los templos vivirán de las ofrendas del pueblo, como siempre ha sido, pero ahora deberán servirle.
Cuando Kemet lo necesite, abrirán sus graneros y ayudarán a quienes más lo precisen.
Los dioses no necesitan riquezas, necesitan fe y esperanza.
Uno de los generales más veteranos se levanta, coloca el puño sobre su pecho y exclama:
—¡Por Kemet!
Su voz retumba en el salón. Todos los mandatarios lo imitan, repitiendo el grito hasta que se convierte en un coro que resuena contra las paredes .
Solo los sacerdotes y el visir permanecen inmóviles, con los labios apretados y los rostros endurecidos por la ira contenida.
Alzo mi copa y dejo que mi voz se imponga sobre el ruido.
—¡Esta noche celebramos el renacer de nuestro pueblo! Que corra el vino y que suene la música.
Observo a los hombres brindar, reír, hablar entre ellos. Mis ojos se detienen en el visir, que no ha probado su copa. Permanece con la mirada clavada en mí.
La música comienza a sonar y las puertas se abren. Un grupo de bailarinas entra en fila, desenvolviéndose con la cadencia de una ola que avanza. Entre ellas, la veo.
Esta vez no lleva peluca, sino que su cabello dorado reluce bajo las candelas. Su piel, la más blanca que nunca he visto, parece hecha de la misma luz que nos ilumina. Camina entre las demás insegura, pero cada movimiento suyo parece robarme el aire.
Es como si una parte de mi alma acabara de reconocerla. Por un instante, nuestras miradas coinciden, y mi respiración se detiene.
De repente, la música cambia y un nuevo ritmo llena la sala. Identifico la melodía: es el canto de Hathor, la misma que mi madre tocaba con el arpa cuando yo era niño. Hacía muchos años que no la escuchaba. Hasta hoy.
La extranjera parece sobresaltarse al escucharla. Luego cierra los ojos y comienza a moverse lentamente. Sus brazos acarician el aire; al girar, el brazalete capta la luz y emite un destello que me ciega por un segundo.
Cuando parpadeo, ella está en el centro del salón, envuelta en una claridad que no proviene de las antorchas. El resto del mundo desaparece: las voces, los brindis, incluso la gente a mi alrededor. Solo queda su figura, danzando al compás de la melodía, como si bailara para los mismísimos dioses .
Poco a poco el ritmo se torna más suave, hasta que la última nota se desvanece como un suspiro en el aire. Ella se queda quieta, aún con los ojos cerrados, el pecho agitado, la respiración trémula entre los labios. Un aplauso estalla en la sala, rompiendo el momento mágico.
Abre los ojos despacio, como si despertara de un sueño. Parece desorientada, y por un segundo, su mirada vuelve a encontrarse con la mía. Siento un nudo en el pecho. No puedo explicarlo, pero sé que esa mujer no es como las demás.
Las bailarinas salen y yo busco a Ushem entre la multitud. Cuando nuestros ojos se cruzan, hago un leve gesto. Él se acerca de inmediato y se inclina ante mí.
—Mi señor.
—¿Has trasladado a la extranjera a la zona del harén real, como ordené?
—Sí, mi señor —responde Ushem con su serenidad habitual—. He dispuesto que se le prepare una estancia y que nadie se acerque a ella sin permiso.
—Iré a verla esta noche —resuelvo sin apartar la mirada de la puerta por la que ha salido.
—¿Desea que lo comunique para que la preparen?
—No. No quiero asustarla otra vez. Solo quiero hablar con ella ahora que, por lo que me has contado, ya entiende nuestro idioma.
Ushem asiente en silencio y se retira entre la multitud.
Suspiro, sin saber ponerle nombre a lo que siento en mi pecho. Solo deseo que cuando la vuelva a mirar a los ojos, no encuentre temor en ellos, sino otra cosa. Algo que sea capaz de devolverme la paz que perdí hace tanto.