La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 28
41%

28

Patrici a

No sé cuánto tiempo llevamos bailando. Solo hemos parado un momento para comer un trozo de pan oscuro, compacto, de un grano tan grueso que he tenido que sacar alguna cáscara de la semilla con la que lo elaboran. También nos han dado higos maduros y los dátiles más dulces que he probado jamás.

Los pies me duelen muchísimo, y al bailar descalza sobre la piedra, he dejado pequeñas manchas de sangre que se ven por todo el suelo. Es lo único que desentona en este espacio idílico.

El agua del estanque brilla como un espejo, y las flores azules y blancas que esta mañana estaban abiertas comienzan a cerrarse.

Algunas ya se han sumergido bajo la superficie.

El patio está pintado de blanco, con columnas decoradas en tonos verdes y dorados.

Los capiteles tienen la misma forma que las flores del estanque, y están pintados con tanto detalle que estas parecen reales.

Si no me sintiera tan perdida, pensaría que estoy dentro de una postal.

La maestra de danzas permanece sentada la mayor parte del tiempo, observando en silencio.

De vez en cuando se levanta y camina entre nosotras, ayudándose del bastón, golpeando las losas a cada paso.

Cuando alguna de las chicas se equivoca, el sonido seco de la vara rasga el aire y golpea su cuerpo, obligándola a enderezarse.

No puedo evitar pensar en mi profesora de ballet: ella también tenía un bastón y un carácter capaz de hacer temblar a medio estudio. Supongo que la disciplina se enseña igual en todas las épocas.

Debo concentrarme para seguir los pasos. Mis brazos dibujan en el aire los mismos arabescos que las demás. Entonces, el ritmo cambia y suenan los primeros acordes de la música que escuché en el templo, la que me hizo subir las escaleras y me arrastró a este lugar.

Me detengo en seco con el pulso acelerado. Esa melodía me penetra en la piel, filtrándose hasta lo más profundo de mi alma.

Los tambores marcan un ritmo lento al principio, casi como el latido de un corazón.

Siento las vibraciones recorrerme los brazos, subir por el pecho, hasta que el sonido se confunde con mi propia respiración y dejo de pensar.

Mi cuerpo se mueve solo, sin atender a los pasos.

Cada nota parece tirar de mí con suavidad, como si me guiara.

No sé si bailo o si me dejo llevar. Por primera vez desde que llegué, lo único que siento es la música, nada más.

De pronto:

—Basta por hoy —dice la maestra con voz grave.

Los tambores se silencian, y yo me detengo con ellos.

Poco a poco salgo del trance en el que estaba sumida y abro los ojos. No me había dado cuenta de que los tenía cerrados.

La anciana está frente a mí, apoyada en su bastón, observándome. Se hace el silencio en el patio. Lo único que se escucha son nuestras respiraciones agitadas .

La maestra apoya las dos manos sobre el bastón. Durante unos segundos, no aparta la mirada de mí. Después, la desliza por el resto de las bailarinas.

—Esta noche el faraón cenará en el gran salón con los mandatarios del reino. Han pedido que sea un acto sencillo y así debe ser. —Hace una pausa—. Hoy no bailaréis todas, solo unas pocas, al final de la velada. Las que yo señale deberán prepararse para bailar ante nuestro rey.

Las muchachas se miran unas a otras y sus rostros denotan la ilusión por ser las elegidas. Se arreglan el pelo, colocan bien sus ropas, intentan estar bonitas ante ella.

La anciana camina nuevamente entre nosotras, pero esta vez va señalando una a una con el extremo del bastón. Cuando pasa junto a mí, se detiene. Sus ojos se clavan en los míos y el corazón me da un vuelco.

—Extranjera, tú también.

¿Yo? ¿Otra vez delante del faraón? ¿Esa bestia que casi me arranca el brazo? El aire se me atraganta.

A mi alrededor, las chicas elegidas sonríen emocionadas. Yo albergo una mezcla de miedo y desconcierto. En absoluto me siento afortunada.

Taia se acerca a mí y me toca el brazo.

—Ven conmigo —me susurra.

La sigo hacia una galería lateral del mismo patio. Taia se detiene frente a una puerta y me hace una señal para que entre yo primero.

La habitación es amplia, con una ventana alta por donde se cuela la luz del atardecer, a través de una cortina blanca que ondea mecida por la brisa.

En una esquina, una jarra de barro desprende un perfume dulce.

Sobre una cama baja, que parece más grande y cómoda que las de las Bellas, hay telas, aceites y joyas ordenadas con cuidado.

—Aquí descansarás a partir de ahora —me informa, cerrando la puerta tras de sí—. No debes temer nada —añade, acariciándome la cara con ternura—. El miedo es lo único que hace más larga la noche.

Hay algo en su forma de hablar, en sus gestos, que no se corresponde con una simple bailarina, ni con la vigilante de un harén. Tiene el porte de una reina, y no me cuadra que esté aquí.

—¿Llevas mucho en este lugar? —pregunto.

Una sombra le cruza la mirada antes de que la desvíe.

—Demasiado.

Su voz suena serena, pero en ella se percibe una tristeza más allá de las palabras.

Se acerca a la cama y coge el vestido que reposa sobre ella. Es de una tela tan fina que deja pasar la luz. Lo sostiene entre sus manos, dejando que oscile suavemente con la brisa, y luego me lo tiende.

Es tan ligero que parece irreal.

—Tú no eres como las demás —me atrevo a decirle mientras me esmero en colocar la tela como he aprendido a hacer.

Se gira hacia la ventana y la luz perfila su rostro. Parece muy lejos de aquí.

—Todas somos distintas, pero aprendemos a bailar el mismo ritmo.

No sé por qué, pero algo en esa frase me contrae la garganta.

—Hace muchos años —susurra— el palacio era otro. Más oscuro. Sin embargo, no todo lo que brilla es bueno. A veces la luz puede cegar si no se mira con el corazón.

No sé qué significa eso exactamente, pero la forma en que lo dice me recorre por dentro.

—Ven —me insta.

Me siento en el borde de la cama. Ella se sitúa detrás de mí y suelta la trenza que me peiné esta mañana. Mi cabello cae como una ola sobre mi espalda. Taia desliza los dedos por él, separándolo en mechones con mimo.

—Esta noche no lo ocultaremos —me dice con una sonrisa—. La luz desea ser vista.

No sé si se refiere a mi pelo o a otra cosa.

Abre una pequeña cesta de palma apoyada en el suelo. Dentro hay una corona sencilla, de pequeñas flores amarillas y blancas, tan espléndidas que parecen soles en miniatura.

—Estas flores crecen donde casi nada podría hacerlo —explica sin despegar la mirada de la corona—. A veces, lo que parece frágil es lo más resistente.

Deposita la corona sobre mi cabello, ajustándola con delicadeza para no romper las flores. Cuando termina, da un paso atrás para contemplarme. Esboza un gesto de aprobación.

—Ya estás lista. No tengas miedo al destino: él siempre sabe lo que hace, aunque no nos demos cuenta de ello hasta mucho tiempo después.

Las antorchas iluminan las paredes blancas con un reflejo tembloroso. El fuego parece sentirse igual que yo. Pensar que voy a volver a bailar ante ese hombre de mirada penetrante me estremece.

A mi lado, las demás bailarinas aguardan en silencio. Aunque he ensayado con ellas durante horas, solo ahora las veo de verdad. Sus cuerpos parecen dibujados por líneas perfectas, tersas y rotundas a la vez. Sus caderas se mueven con una facilidad que parece innata, no aprendida.

Cada una porta una peluca distinta. Una de las mujeres lleva una melena oscura y lisa hasta los hombros.

Otra, la más alta, trenzas finas adornadas con cuentas diminutas.

La que tiene la piel más oscura luce rizos negros recogidos con una cinta roja que resalta su cuello esbelto.

Son las mujeres más bellas que yo jamás haya visto; sus cuerpos perfectos me hacen sentir insegura.

Mi piel destaca entre las suyas, tan blanca, casi translúcida. Mis brazos parecen demasiado delgados; mis caderas, demasiado rectas, y mis pechos, demasiado grandes.

No suelo sentirme así. Nunca he sido de las que se esconden, pero aquí…

No sé quién soy en este lugar.

Respiro profundo y el aroma dulce del aceite que Taia ha aplicado en mi cabello se mezcla con el olor denso de la resina que arde en las antorchas.

Entonces, desde el interior del salón, comienza la música y la respiración se me corta.

Las puertas se abren; yo me quedo inmóvil. Si pudiera, me iría, pero mi cuerpo ha elegido antes que yo.