La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 27
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Khenr a

Cierro la puerta del Consejo con un golpe seco que retumba en el interior.

Durante un instante me quedo quieto, respirando con fuerza. Bajo mi piel arde la rabia acumulada, la misma que me impide seguir soportando tanta injusticia.

Camino rápido hacia el carro, que permanece en la puerta, sujeto por un sirviente. Subo de un salto y tomo las riendas con un movimiento brusco. El carro se lanza hacia delante y la ciudad se desdibuja a mis espaldas.

El ruido de las ruedas contra la piedra parece acompañar mis pensamientos. Demasiados años de silencio, demasiadas sombras alimentadas por mi ceguera.

Sigo el cauce del río hasta que el camino se abre entre las colinas.

Allí está la choza de la anciana. Mientras me acerco, me invade una sensación extraña: ese lugar es el único refugio que conozco desde que llegué a Abidos.

Recuerdo la primera vez que la encontré, cuando era poco más que un joven deslumbrado por el resplandor de los palacios.

Fue ella quien me tendió la mano cuando me sentí perdido y siempre me dio los mejores consejos, aunque reconozco que no siempre la escuché.

Detengo el carro en la entrada y me apeo. Tras apartar la cortina que cubre la puerta, entro. La anciana está sentada junto al fuego y no parece sorprendida al verme. Sus ojos me siguen con calma mientras me acerco y bajo la cabeza en señal de respeto.

—Anciana —digo, apenas en un susurro—, acabo de abrir los ojos. Me decías que no todo consistía en luchar y obtener más territorios. Ahora lo comprendo.

Ella sonríe con tristeza mientras el fuego ilumina su rostro, marcando cada línea.

—Al fin tu corazón está despertando, faraón —dice con voz suave, casi maternal—. La guerra más difícil no se libra con espadas, sino dentro de uno mismo.

Sus palabras me atraviesan como una flecha invisible.

—Debo cambiarlo todo —respondo—. Pero solo soy un hombre frente a demasiados intereses.

El poder, los templos, los avariciosos que se amparan en los nombres de los dioses, todo parece más grande que yo.

La anciana se inclina hacia el fuego y aviva las brasas con una ramita seca. El fulgor le tiñe las manos de rojo. Cuando habla, su voz suena añeja.

—Ra nunca permite que la oscuridad reine para siempre —dice, y al hacerlo clava sus ojos en los míos—.

Una vez que el sol se oculta, ya ha elegido cuándo traerá la nueva luz.

Solo debemos confiar en que pronto nuestras sombras se disiparán y que el sol brillará de nuevo en Kemet, más resplandeciente que nunca.

—Pero… no puedo lograrlo solo.

—Créeme, faraón, no estás solo. Los dioses están de tu lado .

El fuego crepita entre nosotros. Por un instante, entre el brillo de las brasas, creo distinguir un contorno dorado en forma de brazalete.

Parpadeo, y desaparece.

Salgo de la cabaña en silencio. Es casi mediodía, y el sol me golpea al abandonar la penumbra de la choza.

Entonces, su imagen aparece en mi mente. Unos ojos claros, una melena bruñida ondeando bajo el sol, el brazalete reluciendo en su brazo.

Mi corazón se acelera y, con él, la imagen de ella, escapando como si me temiera.

Quizás la verdadera batalla no esté solo en mi interior. Puede que haya comenzado ya, sin que ni siquiera me haya dado cuenta.

El camino de regreso lo hago sumido en mis pensamientos. Las palabras de la anciana siguen resonando en mi cabeza, mezcladas con el rumor del río y el eco de las ruedas sobre las piedras.

Cuando llego a palacio, Ushem me espera junto a las escaleras del gran salón. Se inclina con respeto, pero al levantar la vista, nota un cariz distinto en mi gesto.

—Mi señor, ¿todo bien en el Consejo? —pregunta con cautela.

—Me acabo de ganar unos cuantos enemigos muy poderosos. Debemos anticiparnos a los que desde hoy actuarán contra mí.

Ushem da un paso al frente y, con semblante serio, me responde :

—Reforzaremos la guardia de las dependencias privadas. Y se doblará la vigilancia en palacio.

Respiro hondo y asiento.

—Creo que mis mayores enemigos se hallan dentro de estos muros —digo en un tono cortante—. No temo por mí, pero si no pueden derrocarme, buscarán la forma de destruir todo lo que me importe. Aunque hay muy pocas cosas que realmente lo hagan.

Lo observo en silencio unos segundos. La preocupación se refleja en su rostro.

Más que el jefe de mi guardia, ha sido mi compañero en cada guerra, mi amigo en los días oscuros.

Por eso bajo la voz, olvidando la distancia que exige el trono, para preguntarle por aquello que no puedo apartar de mis pensamientos.

—Dime, amigo, ¿se marchó la extranjera?

Una sonrisa socarrona curva su rostro.

—Tranquilo, mi rey. Regresó conmigo a palacio por su propia voluntad.

—¿A dónde fue?

—A la cabaña de la anciana. Ella la ha ayudado para que entienda nuestro idioma.

La imagen de las brasas y el brazalete vuelve a mí.

Recuerdo lo que la anciana me dijo aquel día, cuando regresé a palacio: «Es una llave. Ella vendrá a ti guiada por su luz. Será tierra fértil, donde crecerá tu semilla».

Y entonces todo cobra sentido.

Es ella la elegida para compartir mi camino.

El corazón me golpea en el pecho con una fuerza inusitada. No sé si los dioses están guiándome o jugando conmigo, pero su rostro no se borra de mi mente.

Si ella es la nueva luz, entonces mi destino ya está atado al suyo.

Me giro hacia Ushem, que espera en silencio junto a las escaleras.

—Escúchame bien. Quiero que alguien de absoluta confianza permanezca siempre junto a la extranjera.

—Como ordene, faraón.

—La puse en peligro desde el instante en que la mandé llamar a mis aposentos. Lo que está por venir será peligroso, y cuando no puedan alcanzarme a mí, irán a por todo lo demás. Debo mantenerla a salvo hasta comprender qué papel juega ella en todo esto.

Ushem baja la cabeza sin hacer preguntas. Se lleva un puño al pecho en señal de obediencia y, tras inclinarse con respeto, da media vuelta y se aleja con paso firme.

Me quedo solo en el gran salón. Subo los escalones hasta mi trono, me dejo caer en él y, por primera vez en mi vida, siento algo que no reconozco. No es ira, ni culpa. Es miedo. Miedo a no comprender por qué su presencia me ha desarmado con una sola mirada.

Yo, que nunca temí a las batallas, ni a la muerte, ni a los dioses, ahora tiemblo ante la idea de perder a una mujer de la que ni siquiera conozco el nombre.

—¿Qué me estás haciendo, extranjera? —susurro.

El sol comienza a descender sobre Kemet, pero algo nuevo brilla en mi interior con una intensidad que desconocía.