La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 26
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Lol a

Observo las columnas que flanquean la entrada del templo como gigantes y un escalofrío me recorre la espalda.

El niño está más pálido que esta mañana. Hace horas que no despierta de su sueño inquieto, y cada respiración suya me parece más frágil.

—Entremos —insto a mi amiga, agarrándola del brazo para subir los escalones que conducen al gran patio.

Cada paso me acerca al tiempo en que fui otra, y no puedo evitar que me tiemblen las manos. Recuerdo haber caminado por este mismo sitio en mi vida anterior, hace miles de años, pero en mi memoria parece que fue ayer.

—¿Crees que encontraremos a quien buscas? —me pregunta Carmen en un susurro.

—Eso espero —le digo, sin delatar el temor que me ronda la cabeza.

Aquí han transcurrido veinte años, y eso, en esta época, es mucho tiempo.

Un grupo de hombres se cruza en nuestro camino, cargando rollos de papiro. Sus miradas se clavan en nosotras, sorprendidas.

—Buscamos al escriba Sejemká —explico con voz firme.

El más veterano frunce el ceño y me responde:

—El maestro Sejemká partió de este mundo hace ya muchos ciclos del sol. Que su nombre permanezca.

El escriba está muerto. La respiración se me corta y un vacío se adueña de mi pecho, como si el tiempo se hubiera detenido.

Carmen me mira en silencio, comprendiendo sin palabras lo que significa. Antes de que pueda decir nada, otro de los hombres, más joven, da un paso adelante.

—El gran maestro no se encuentra ya entre nosotros, pero sí el joven maestro Heny.

Mi corazón da un vuelco. El nombre reverbera como un eco en lo más hondo de mi memoria.

Heny, el niño huérfano del que me habló con ternura Asenet durante los días que pasó a mi lado en el templo bajo, antes de que me obligaran a beber el veneno.

—¿Puedes llevarnos ante él? —pregunto.

El joven asiente y nos hace un gesto para que lo sigamos.

—Venid conmigo, sé dónde podemos hallarlo. El maestro Heny pasa las tardes en la biblioteca del templo.

Sus palabras me devuelven el aire. Tal vez el escriba ya no esté, pero sí su hijo, y con suerte nos llevará hasta su madre, Asenet. Espero con todas mis fuerzas que ella esté bien; es la única a la que conozco en esta época que nos pueda ayudar con el pequeño y a encontrar a Patricia.

Seguimos al hombre por un pasillo cubierto de relieves que reconozco, aunque ahora hay algunos que no había visto antes. Carmen camina a mi lado con los ojos muy abiertos y el pequeño dormido a su espalda.

—Dios mío, es como si todo estuviera recién pintado —me susurra bajito, para que nadie la escuche hablar.

Sus ojos reflejan los vivos colores de los muros. Mientras avanzamos, desliza la mano muy despacio por la pared, acariciando los relieves con la yema de los dedos.

Al respirar, mi memoria me transporta a mi vida pasada.

Ese aroma… Me envuelve con la misma dulzura que entonces, cuando mis manos, las de Nebet, recogían flores en la orilla del río.

Por un instante me parece como si el tiempo se plegara sobre sí mismo y los pasos que ahora doy se superpusieran a los que di hace miles de años, cuando pedí ayuda al escriba en este mismo lugar.

Nos detenemos frente a una gran puerta de madera oscura, donde está tallada la figura del dios Thot, el dios de la escritura. Nuestro guía la empuja con cuidado, como si no quisiera hacer ruido. Carmen me roza el brazo y me señala el interior con un leve gesto.

Al atravesar la entrada, el aire es más cálido.

Está cargado del olor de los pigmentos y del aceite que arde en las decenas de lámparas de barro dispuestas por la sala.

Filas de estantes cubren las paredes, repletas de rollos de papiro atados con cintas, tablillas de madera y pequeñas figuras de arcilla que representan a los dioses protectores.

Los escribas trabajan sentados sobre esteras en el suelo, con las piernas cruzadas y el cuerpo inclinado hacia delante.

Cada uno sostiene un rollo de papiro que desenrolla poco a poco entre los dedos de su mano izquierda, mientras la derecha guía la caña de escribir con precisión sobre una tabla apoyada en el regazo.

A medida que avanza, el papiro vuelve a enrollarse entre los dedos.

La fricción del junco sobre la superficie produce un bisbiseo que recuerda al de un enjambre de abejas.

En el centro, ligeramente elevado sobre una tarima de madera, un joven trabaja concentrado .

El sacerdote que nos ha acompañado hace un gesto para que esperemos donde estamos y camina despacio hacia él. Se inclina junto al escriba y le susurra unas palabras al oído. El joven detiene su trazo y levanta la mirada en nuestra dirección.

Por un momento, sus ojos conectan con los míos. Se pone en pie y camina hacia nosotras con paso tranquilo, aunque en su mirada brilla una chispa de curiosidad.

—¿Qué deseáis? —nos pregunta después de cerrar las puertas tras de sí.

—Busco a una mujer llamada Asenet. —Me tiembla la voz.

Él nos tantea en silencio: estudia nuestros rostros, la ropa que llevamos, y al niño dormido en la espalda de Carmen.

—¿Qué deseáis de ella? —pregunta al fin.

—Solo queremos hablar con ella. Somos viejas amigas, y necesito su ayuda.

—¿Amigas? ¿Cuál es vuestro nombre? —pregunta, escéptico.

—Mi nombre es Lola —respondo despacio—, pero tu madre me conoce como Nebet.

Los ojos del joven se abren de par en par.

—Nuestra amada reina partió al reino de Osiris hace ya muchas inundaciones. Yo era muy pequeño, pero aún recuerdo el llanto de mi madre al despedir a su señora.

Se me forma un nudo en la garganta al escucharlo.

—Tu madre… ¿sigue viva? —pregunto con apenas un hilo de voz.

Él asiente cauteloso.

—¿Puedes indicarnos dónde encontrarla?

Heny me observa en silencio durante lo que se me antoja una eternidad. Luego, entrelaza las manos detrás de la espalda.

—Si eres realmente nuestra reina, la querida amiga de mi madre, sabrás decirme algo que solo ella podría conocer .

—Pregunta lo que quieras.

El joven da un paso hacia mí, con una mezcla de duda y esperanza.

—Dime qué esencia utiliza mi madre desde niña.

El recuerdo llega tan vívido que casi puedo olerlo.

—Loto azul —respondo sin ninguna duda—. Era su favorita desde que aprendió a preparar su propia esencia en el palacio donde vivíamos, en nuestra tierra natal, Nubia.

—Dices la verdad. Mi madre siempre habla de la reina que olía a loto, igual que ella.

Las lágrimas me arden en los ojos. Ante mí visualizo, como si acabara de suceder, a dos jóvenes en la orilla del río, recogiendo flores. Recuerdo el olor del aceite recién preparado, y las manos de Asenet aplicándolo sobre mi pelo y mi piel con ternura.

Ella lo usaba también, y cuando el perfume nos envolvía a las dos, no había diferencia entre reina y sirvienta, solo éramos dos jóvenes que habían crecido juntas, unidas por el mismo aroma.

—Llévame con ella, Heny —susurro, ahogando el llanto.

Seguimos al joven escriba por un sendero estrecho que bordea los muros del templo.

Nos detenemos frente a una casa sencilla pero cuidada, con una puerta de madera clara. El marco está decorado con pequeñas flores azules pintadas sobre la pared blanqueada.

—Es aquí —me dice, y aunque no lo hubiese hecho, yo lo habría sabido .

Asiento sin poder hablar. Mi corazón late tan fuerte que creo poder escucharlo.

Golpea la puerta con suavidad. Por unos instantes no se oye nada, pero entonces la puerta se abre. Ante mí está mi amiga, y siento como si hubiese sido ayer cuando me trenzaba el pelo antes de dormir.

Ahora es una mujer de casi cincuenta años. Su piel oscura contrasta con algunos mechones blancos que destacan entre su cabello negro. Su rostro es el mismo, aunque el tiempo ha dulcificado su mirada. Las arrugas ribetean sus ojos, sobre todo cuando sonríe a su hijo con devoción.

La emoción me asalta y, sin poder evitarlo, dos lágrimas resbalan por mis mejillas. Al ver mi rostro, su sonrisa se congela y da paso a la incredulidad.

—No puede ser… —susurra, llevándose una mano al pecho.

Me limito a asentir, enjugándome las lágrimas. No puedo decir nada.

—Pero…

—Lo sé. Yo tampoco entiendo por qué los dioses han vuelto a traerme —le confieso.

Ella da un paso vacilante hacia mí, como si temiera que al tocarme el sueño se desvaneciese.

Poco a poco, la incredulidad se transforma en nostalgia, en recuerdos de un tiempo pasado. Nuestras miradas se encuentran, y una a una desfilan las imágenes de aquella vida juntas, como diapositivas que se proyectan ante nosotras. Momentos que marcaron nuestro destino y la hermandad que nos unió.

La conexión con Asenet sigue ahí, fuerte y profunda. El respeto y la lealtad se hacen palpables, y el abrazo se vuelve inevitable. Es mi hermana, mi Asenet, y yo… yo siento como vuelvo a perderme en el alma de Nebet .

Asenet se separa de mí lo justo para acunar mi rostro entre sus manos. Me mira a los ojos y dice con voz llorosa:

—Sea por lo que sea, los dioses la han traído de vuelta, mi señora, y eso para mí es un regalo del cielo.

Nos fundimos de nuevo en un abrazo cálido, firme, lleno de todo lo que no necesita palabras para expresarse. Nuestras frentes se tocan bajo la mirada silenciosa de Carmen y Heny, que respetan este momento tan íntimo entre dos hermanas de vida y de muerte.

El cuerpo de Asenet se estremece contra el mío y, cuando respiro, su aroma me invade. Es la misma esencia de loto que recuerdo. Todo vuelve a empezar y, aunque parezca una locura, por un momento ya no soy Lola.

Vuelvo a ser Nebet.