La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 25
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Patrici a

No dejo de mirar la puerta cerrada. Puedo verla desde donde estoy tumbada; sé que en cualquier momento podría abrirla y marcharme.

Taia me repitió anoche que soy libre de irme si quiero. Pero… ¿a dónde podría ir?

Lo único que entendí de todo lo que me dijo la bruja es que, cuando llegue el momento, el sol me mostrará el camino para volver.

La verdad es que no sé qué debo esperar que haga el sol.

¿Mandar un rayo directo a mi cara con una flecha de neón que diga: «Por aquí»?

Si no es así, no tengo ni idea de cómo voy a reconocer la señal.

Suspiro, llevo la mano al brazalete y lo acaricio con el pulgar.

Un murmullo de voces me saca de mis pensamientos. Varias chicas hablan entre sí y, por primera vez, comprendo cada palabra.

—La nueva parece triste —comenta una.

—No sé por qué el faraón mandaría llamar a la paliducha —responde otra con una risita .

Resoplo y aparto la tosca manta. El suelo está helado, y al apoyar los pies noto aún más el escozor de las heridas que me hice anoche.

Camino con cuidado hacia la sala de las vasijas y me siento junto a una de ellas.

Cojo un cuenco y comienzo a verter agua sobre mis pies.

Está fría y alivia un poco el dolor. Me los lavo despacio.

No los reconozco. Están llenos de arañazos y pequeñas heridas, sucios, y la pedicura que me hice en España, destrozada.

Desde el patio llega el sonido de risas y de pulseras tintineando. Tres chicas entran en la sala, charlando, hasta que me ven agachada.

—Mira cómo se lava —señala una con tono burlón.

—Dicen que el faraón la hizo llamar por el color de su cabello —continúa otra.

Finjo no oírlas, concentrada en el frescor del agua. Las risas se apagan poco a poco.

—Buenos días —saluda una voz serena detrás de mí.

Levanto la vista. Es Taia, que está a pocos pasos, envuelta en una túnica azul oscuro que resalta el tono de su piel.

—Buenos días —contesto, y las palabras salen de mi boca sin pensar. Ni siquiera suenan mías.

—Veo que el hechizo aún perdura —responde ella, risueña.

De inmediato, las tres muchachas se miran entre sí con los ojos muy abiertos y comienzan a cuchichear nerviosas.

—¿La has oído? —susurra una.

—Habla como nosotras —añade otra, tapándose la boca con las manos.

—¿Un hechizo? —pregunta la tercera, asustada.

Taia no las mira, pero una sonrisa más amplia se dibuja en sus labios .

Sin decir nada, las tres salen de la sala. Cuando la última ha desaparecido por el corredor, Taia se acerca a mí y se agacha para que sus ojos queden a la altura de los míos.

—Aquí estarás bien —afirma en voz baja—. No te faltará de nada, tan solo tienes que bailar; es lo único que se espera de una Bella. —Hace una pausa, observándome con una mezcla de curiosidad y ternura—. Por lo que parece, has llamado la atención del faraón en tu primer día.

Bajo la cabeza y froto mis pies con los dedos, sintiendo el escozor de las heridas.

—No era ni mucho menos mi intención.

Taia me mira fijamente y suspira.

—Entonces, somos las dos únicas mujeres en toda la casa que no sueñan con eso.

Se incorpora y, durante unos segundos, permanecemos en silencio, solo acompañadas por el arrullo de la vida que late en la casa.

—Ven —dice al fin—. El día comienza y la maestra de danzas desea verte.

Camino a su lado, intentando no cojear. El aire huele a flores secas. Desde algún lugar próximo llega el sonido de un arpa, mezclado con el rumor constante del agua.

Atravesamos un largo corredor bordeado por finísimas cortinas que ondean con la brisa. A cada paso, las voces de las chicas se atenúan y son sustituidas por los ecos de los instrumentos que resuenan más allá.

—¿A dónde vamos? —pregunto.

—Al Patio del Loto —responde sin mirarme—. Creo que estarás mejor entre las mujeres que viven en esa parte de palacio, pero para eso debes pasar una prueba.

Freno en seco.

— ¿Qué prueba?

Ella retrocede hasta quedar frente a mí.

—Solo tienes que gustarle a la maestra de danzas, y estoy segura de que lo harás.

Se da la vuelta y continúa caminando. Yo la sigo en silencio.

El Patio del Loto emerge ante nosotras como una pintura viva. Hay un estanque en el centro, cubierto de flores blancas y azules abiertas al sol. El aire impregnado de perfume y el ritmo de los tambores marcan la respiración del lugar.

Un grupo de jóvenes ensaya una coreografía, moviendo los brazos como si acariciaran el aire.

En el extremo opuesto, sentada en un sillón de madera tallada, está la anciana oronda que me recibió el primer día.

Su cuello está adornado con collares de oro y piedras preciosas, y cada movimiento de sus manos hace entrechocar las pulseras, que le llegan hasta el codo.

Taia se inclina levemente frente a ella. Yo la imito, aunque con menos garbo. La maestra de danzas no se mueve, pero su mirada me recorre sin reparo.

—Así que la extranjera ha atraído la atención de nuestro rey —dice con voz rasposa pero firme.

Sus labios se curvan en algo parecido a una sonrisa, aunque sus ojos siguen fríos.

—Curioso —añade con un deje de ironía—. Llevo muchos años preparando mujeres para él, jóvenes hermosas, gráciles como el agua del Nilo, con cuerpos que bailan como plegarias, y nunca se dignó a mirar a ninguna más de un instante.

Me observa en silencio, ladeando la cabeza.

—Pensé que no había mujer en toda esta tierra capaz de despertar su interés —concluye.

Se levanta del sillón con esfuerzo, apoyándose en los reposabrazos.

Después camina hacia mí y se detiene a pocos centímetros de mi cara.

Mi cuerpo se tensa al tenerla tan cerca.

Huele a sudor mezclado con aceite perfumado.

Me sujeta suavemente la barbilla y me obliga a alzar la cabeza.

No sé si dar un paso atrás o quedarme quieta.

Mira con detenimiento el azul de mis ojos, mi piel clara, el reflejo dorado de mi pelo bajo la luz del sol.

Su expresión se endurece. Sus ojos, oscuros y pequeños, me miran fijos, como si buscara una respuesta que no encuentra.

Suelta mi rostro, da un paso atrás y vuelve a su sillón.

—Si vas a quedarte aquí, extranjera, quiero ver si al menos sabes moverte.