24
Khenr a
La primera luz entra por el ventanal y me alcanza de lleno en el rostro. Durante unos segundos permanezco quieto, sintiendo su calor sobre la piel. Abro los ojos y me incorporo despacio. La cabeza me late como si albergase un tambor, y me paso una mano por la frente, intentando apaciguarlo.
Camino hasta el arcón, de donde saco una túnica de lino blanco, sencilla, y me la pongo, ajustando el cinturón.
Hoy no quiero los bordados ni los collares.
No me visto como un faraón, sino como un hombre que va a la guerra.
Pero esta vez no será contra ejércitos, sino contra todo lo que ha podrido el trono.
Los guardias se sobresaltan con el ruido de las puertas al abrirse, pero yo no me detengo. Camino hacia el patio interior, sin decir nada. Durante años he permitido que otros hablen en mi nombre: mi suegro, los sacerdotes, incluso mi esposa. He sido un faraón de guerra, no de justicia.
Pero eso debe acabar.
Los sirvientes a los que encuentro se detienen al verme llegar.
—Que preparen mi carro. Voy al Consejo —anuncio.
Uno de ellos asiente y sale a toda prisa en dirección a las cuadras.
Mientras lo espero, alzo la mirada por encima de los muros y veo como el gran dios se eleva sobre las colinas y devora las sombras.
Me viene al recuerdo la voz de mi madre, hablándome de esta lucha antigua donde Ra, en su barca, surca las aguas de la noche, combatiendo a la serpiente que quiere tragarse el mundo, y que siempre, tras horas de lucha en la oscuridad, la barca emerge, dando paso a un nuevo día.
Recuerdo su gesto, la manera en que me apretaba la mano al contarme que incluso los dioses deben batallar algunas veces para devolver la luz a la tierra.
Hoy siento esa misma pelea en mi pecho. No es contra una serpiente que se esconde en el río, sino contra todo lo que ha propiciado que la tierra se empobrezca y mi trono se reduzca a un montón de sombras.
Ushem llega a mi lado justo cuando el carro se detiene frente a mí.
—Mi señor —dice con voz firme—. Avisaré a los hombres.
Niego, sin apartar la vista del horizonte.
—No habrá escolta.
Sus labios se tensan, pero no responde. Sabe que cuando doy una orden, no hay lugar para la réplica.
Subo de un salto al carro y tomo las riendas con firmeza. Los dos caballos relinchan impacientes, golpeando el suelo con las patas. Su energía se me contagia y logra despertarme del todo.
—Abrid las puertas —ordeno.
Las hojas de madera se separan lentamente, el carro se lanza hacia delante y los sirvientes se apartan, inclinando la cabeza a mi paso .
Fuera del palacio, el sonido de los cascos resuena entre los muros de las casas. Los caballos avanzan a paso ligero por las calles, y a cada trecho mi mirada se endurece.
El brillo del oro queda atrás. Las losas pulidas y los muros pintados se convierten en calles agrietadas, cubiertas de arena.
A un lado, un grupo de niños pelea por un trozo de pan enmohecido, mientras una mujer con los ojos hundidos sostiene a su hijo en brazos, intentando llenar un cántaro en un canal casi seco.
Algunos hombres levantan la vista solo para seguirme con los ojos, sin esperanza, como si su dios y faraón hubiera muerto hace tiempo.
Aprieto las riendas hasta que los nudillos se me ponen blancos. He derramado sangre por proteger esta tierra, y aun así en mi pueblo son visibles la miseria y el hambre, mientras que los templos y los palacios se llenan de ofrendas.
Durante toda mi vida he escuchado hablar del tributo real, del deber del pueblo hacia su faraón.
Lo llaman «ofrenda al equilibrio», pero por lo que veo, lo único que equilibra es la riqueza de unos pocos.
El campesino entrega su grano al templo creyendo que se lo ofrece a los dioses, cuando, en realidad, solo alimenta la soberbia de los hombres que dicen servirlos.
A lo lejos se alza el edificio del Consejo, de piedra clara, flanqueado por altas columnas con capiteles en forma de papiro. Las miro con una mezcla de furia y determinación. Hoy por fin las sombras van a escuchar mi voz.
Freno el carro de un tirón y salto al suelo antes de que se detenga del todo.
Los guardas de la entrada se sorprenden al verme solo. Uno de ellos se dispone a anunciar mi llegada, pero levanto la mano para interceptarlo. Empujo las hojas de madera con ímpetu y entro sin esperar a que me anuncien.
El murmullo del interior se apaga de golpe. Los hombres que ocupan el salón se levantan de sus asientos con rapidez e inclinan la cabeza.
El visir está sentado en el estrado central, el lugar que debería pertenecerme únicamente a mí, rodeado de pergaminos y de sellos reales. Cuando me ve aparecer, palidece. Me dirijo hacia él, sin apartar la mirada de su rostro.
—Mi señor —dice, poniéndose en pie titubeante—, no esperábamos verlo por aquí.
No respondo. Me sitúo delante de él y, sin mediar palabra, extiendo una mano hacia el asiento.
El visir vacila, pero finalmente retrocede, dejándome paso, y se inclina.
—En este lugar es donde siempre debí permanecer, pero, aconsejado por todos vosotros, en los que confiaba, no lo he hecho. Eso va a cambiar a partir de ahora.
Al escucharme, mi suegro se envara, y aprieta los labios hasta que estos forman una línea casi invisible.
Me dejo caer en el asiento y apoyo las manos en los brazos del trono. Recorro con los ojos la estancia, observando uno a uno a los presentes, hasta que todos bajan la cabeza.
El silencio inunda la sala.
—Mi señor —interviene el visir con voz cauta—, los sacerdotes de Amón, los altos funcionarios del Consejo, han comenzado con los preparativos para las celebraciones por la llegada de la inundación.
—Celebraciones —repito entre dientes—. ¿Eso es lo que decide el Consejo mientras el pueblo pasa hambre?
—Mi señor, es la tradición. Habrá procesiones para agradecer al dios Hapi, señor de las aguas y portador de la fertilidad. Se harán ofrendas en su honor, los templos organizarán banquetes y los festejos durarán cinco días, como dictan los antiguos ritos.
—¿Y después? —pregunto.
El visir me mira extrañado.
—Después, el pueblo trabajará para el templo y para el palacio, como es costumbre.
Nos medimos en silencio unos segundos.
—¿Y si derogo eso? —digo al fin. Un murmullo recorre la sala.
El visir se humedece los labios antes de atreverse a hablar.
—Mi señor, eso sería alterar el orden establecido por los dioses. Las tradiciones mantienen el equilibrio en Kemet.
—No —lo interrumpo—. Las tradiciones mantienen vuestro poder, y ese equilibrio del que hablas lo habéis roto hace tiempo.
La sala vuelve a quedar en silencio. Todos evitan mi mirada, menos él; en sus ojos no leo respeto ni miedo, solo desafío.
Me inclino hacia delante y continúo, en voz tan baja que obliga a todos a escuchar con atención.
—Óyeme bien, visir, porque desde hoy el orden de los dioses lo dictará directamente el faraón.
—Recuerde, mi señor —apunta con una sonrisa tensa—, que fue la mano de los sacerdotes la que sostuvo la corona que hoy porta. Sin ellos, no estaría sentado ahí.
Mi voz ruge como un trueno.
—Y fue mi espada la que los mantuvo con vida.
El visir palidece y el silencio vibra, como si las piedras de la sala contuvieran el aliento.
—De ahora en adelante seré yo quien sostenga el reino, y quien decida qué hace el pueblo cuando lleguen las aguas.
Las palabras resuenan como un juramento. En ese instante, un rayo de sol se cuela por la abertura del techo e incide sobre mí, iluminando la sala con un brillo áureo, como si miles de motas de polvo resplandecieran en el ambiente.
Nadie se atreve a respirar. Uno a uno, los hombres del Consejo se inclinan hasta rozar el suelo con la frente. Solo el visir permanece inmóvil, con la mandíbula tensa y los puños apretados a ambos lados del cuerpo. Finalmente agacha la cabeza y se inclina también.
Yo no me muevo. Dejo que el sol me envuelva por completo, como una señal.
El tiempo de las sombras ha terminado y el nuevo amanecer de Kemet ha comenzado.