La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 23
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Lola

El sol empieza a aclarar el cielo y la aldea aún duerme, pero nosotras queremos ponernos en camino lo antes posible. Según Baki, hay casi un día entero andando hasta el templo de Abidos. Ojalá alguien allí pueda darnos alguna pista de Sejemká. Es lo único que se me ocurre.

Carmen y yo nos hemos vestido con la ropa de la madre de los pequeños.

Son prendas sencillas, ásperas al tacto pero limpias.

La mía es una túnica de lino basto, remendada en varios lugares.

Me llega hasta los tobillos, y la he sujetado a la cintura con una cuerda trenzada.

Carmen lleva otra parecida, más corta; un trozo de la misma tela cubre su pelo rojo.

Hemos cambiado nuestro cómodo calzado deportivo por unas toscas sandalias hechas con fibras vegetales, que hemos anudado a nuestros tobillos. No son nada cómodas, de hecho son rígidas y rascan entre los dedos, pero tenemos que pasar desapercibidas.

Los dos niños mayores están sentados en el suelo, con las mejillas hinchadas y gesto de concentración.

La niña sopla con tanta fuerza que una pompa de chicle se infla hasta taparle la nariz.

Estalla en el aire con un ligero «pop» y se le queda pegada por toda la cara.

Los dos prorrumpen en una risa tan limpia, tan contagiosa que no podemos evitar sonreír nosotras también.

—No creo que sea bueno que estén mascando chicle tan temprano —le comento a mi amiga.

—Déjalos. Cuando se acabe el paquete, ya no habrá más. —Ella sonríe tristemente mientras los observa.

Mi mirada se desvía hacia Baki, que sostiene entre las manos el móvil, ya descargado, con respeto, sin entender muy bien lo que es ni para qué sirve.

Le hemos pedido que lo guarde bien y que, pase lo que pase, no se lo enseñe a nadie.

Baki ha prometido protegerlo con su vida, como si ese objeto fuera algo divino para él y nuestro encargo, un honor.

Pienso en Asim. Ojalá estuviera aquí, caminando junto a mí por una tierra que ambos conocemos demasiado bien. Siento que al destino le gusta separarnos, que una y otra vez nos permite reunirnos solo para después volvernos a alejar. Ahora que por fin estábamos juntos, lo he vuelto a perder.

Desde que he regresado a este tiempo, es como si algo dormido en mí hubiera despertado. Cada día las imágenes son más nítidas. Ya no sueño con mi pasado, sino que lo recuerdo todo, lo que fui y lo que perdí.

Me acuerdo también de Asenet, que, junto al escriba, había conocido la felicidad verdadera. Ellos son los únicos a quienes puedo acudir para pedir ayuda. Pero ha pasado tanto tiempo… En esta época, veinte años supone una eternidad. Aun así, rezo para que sigan con vida y poder abrazarlos.

Además, hay algo nuevo que me empuja hacia Abidos. Puede que sean ecos de otra vida, o curiosidad por estar en los mismos sitios que pisé siendo Nebet.

Carmen me mira, todavía adormilada. Tiene al niño en brazos, envuelto en la misma tela con la que lo cubrió anoche. La respiración del pequeño es más fluida, pero su piel sigue pálida.

—Tenemos que irnos ya —apremio.

Ella asiente y me indica con un gesto que la ayude a colocar al pequeño en su espalda. Con infinita delicadeza, se ajusta la tela sobre el hombro y se asegura de que la cabeza del niño, que aún duerme, quede bien apoyada.

—No pesa nada —susurra con pesar mientras afianzamos el nudo sobre su pecho para sujetar al pequeño.

Baki, al ver que ya nos preparamos para salir, se pone de pie. No ha dicho nada desde que oyó la palabra «templo», y no deja de mirarnos como si fuésemos parte de una profecía.

—Haremos todo lo posible por tu hermano —le digo, intentando sonar convincente.

Él asiente despacio.

—Lo sé, mi diosa. —En su mirada no hay duda—. Lo supe desde el principio. Habéis venido a ayudarnos.

—No somos diosas, Baki —enfatizo, esforzándome para que al fin lo comprenda.

Sin embargo, él menea la cabeza sin apartar los ojos de nosotras.

—Claro que lo sois. Desde el primer momento lo sentí así. Y habéis venido a cambiar las cosas, estoy seguro.

Mira a Carmen y una sonrisa tímida le asoma en los labios.

—Ella es Sekhmet, la diosa de la melena ardiente. La que trae el fuego, pero también la vida.

Después me mira y su expresión cambia. Sus ojos se llenan de una luz profunda, como si estuviera frente a una estatua sagrada.

—Y tú, mi diosa, tienes el semblante de una reina, pero cuando te vi trabajar la tierra sin miedo, supe quién eras —Hace una breve pausa, como si necesitara valor para expresarlo en voz alta—.

Eres Isis, la madre de todos los comienzos.

La maga que conoce los secretos del tiempo.

La que todo lo une aunque se rompa en mil pedazos.

Lo dice tan seguro que me siento incapaz de desilusionarlo, aunque aún no sé cómo vamos a ayudar al pequeño si ni siquiera sabemos valernos en este tiempo nosotras solas.

Nunca me han gustado las despedidas, y ver cómo los niños lo hacen de su hermano me encoge el corazón.

La niña le acaricia con cuidado la espalda y acerca los labios a su mejilla para darle un beso, antes de apartarse con lágrimas en los ojos.

Baki intenta hacerse el duro, pero sus ojos lo delatan.

Nos tiende un hatillo que contiene un trozo de pan y unos cuantos dátiles secos.

—Cuidadlo, mis diosas —susurra, tragándose el llanto.

Asiento sin hablar; no quiero que me vea llorar también.

Nos acompañan hasta el inicio del camino mientras el cielo empieza a teñirse de un color ocre. El silencio que nos rodea pesa más que cualquier palabra.

Cuando damos los primeros pasos para alejarnos de la aldea, Baki levanta la mano para decirnos adiós, y la niña lo imita con la barbilla trémula.

—Volveremos a vernos —murmuro, aunque mi voz suena más como un deseo que como una promesa.

El día ha sido largo y el sol no nos ha dado tregua ni un segundo. Llevamos muchas horas caminando entre arena y piedra, con el calor pegado a la piel .

El niño, a ratos, se despierta, y cada vez que lo hace nos detenemos para refrescarlo con el agua del río o intentar que coma algo.

De vez en cuando nos cruzamos con campesinos, pero nosotras bajamos la cabeza y seguimos andando sin decir palabra, fingiendo que sabemos a dónde vamos, afanándonos en pasar desapercibidas.

El sol empieza a descender justo cuando creo que ya no voy a poder dar un paso más con estas sandalias. Y entonces, a lo lejos distingo la silueta de un templo. Las paredes parecen brillar a la luz del ocaso, y detrás de ellas, el palacio se alza imponente.

—Ya casi hemos llegado —susurro.

Carmen sigue mi mirada.

El nudo en mi garganta aglutina cansancio, miedo y algo más profundo, imposible de describir.

—He vuelto —digo, y el sonido de mi voz se mezcla con el viento, como si la propia tierra me reconociera.