22
Patrici a
Fuera de la cabaña, el frío de la noche me eriza la piel.
El hombre de la cicatriz se halla a pocos pasos de mí, mirándome con esos ojos oscuros que parecen ver también mi interior. Durante un instante, ninguno de los dos habla. Solo escucho el zumbido de los insectos y el murmullo lejano del río.
—No debiste salir sola de palacio —dice, y yo me quedo atónita, no por sus palabras, sino porque también a él lo entiendo perfectamente.
—¿Qué? —respondo por instinto, pero de mi boca no sale un «qué»—. ¡Hostis! Además de entender egipcio antiguo, lo hablo.
Él frunce el ceño, sorprendido, y da un paso hacia mí.
—¿Cómo es posible? —pregunta con desconfianza—. Hace solo un día no entendías ni una palabra.
Ojea hacia el interior de la cabaña y añade:
—Es cosa de la anciana, ¿verdad?
—Créeme, no tengo ni idea —murmuro, negando con la cabeza. Las palabras vuelven a salir en su idioma—. No comprendo nada de lo que me está pasando. Todo resulta tan irreal que a veces temo estar volviéndome loca. Me paso el día intentando no perder la cordura.
Miro mis manos, que no dejan de temblar, y me llevo una al brazalete.
—Vamos, te acompañaré a palacio. —Me hace un gesto para que yo camine delante.
—¿Y si no quiero regresar? ¿Qué pasa si decido tomar otro camino? —pregunto, y mi voz se ahoga por momentos—. Aunque no tengo otra opción, ¿verdad?
Él me observa en silencio y luego desvía la mirada hacia el desierto.
—Todos los hombres han regresado ya de las guerras —repone con voz grave—. Guerreros que llevan mucho tiempo sin ver a una mujer.
Sus ojos oscuros vuelven a fijarse en mí, y noto como me inspecciona de forma manifiesta. Entonces me doy cuenta de que tan solo me cubre una fina tela, que enseña más de lo que oculta. En un acto reflejo, cruzo los brazos sobre el pecho e intento taparme.
—Eres muy hermosa, diferente a las mujeres de esta tierra —concluye, apartando la mirada—. Los dioses decidirán tu destino si eso es lo que deseas.
A mi alrededor, solo hay arena y oscuridad. No tengo agua, ni comida, ni idea del sitio donde estoy o a dónde ir.
—De acuerdo, regresemos a palacio. Pero dile a tu faraón que a mí nadie me toca. No soy una de sus esclavas.
—¿Esclavas? El faraón no posee esclavas, ni esclavos tampoco, pero todos hacen su voluntad.
—Entonces… ¿las bailarinas del lugar donde me dejaste el día que llegué?
—¿Te refieres a las Bellas ?
Asiento.
—Ellas son mujeres libres. La puerta por la que entraste está siempre abierta, por si en algún momento alguna desea marcharse.
Permanecen allí porque quieren. Unas, por amor a la música; otras, a la danza, y las más ambiciosas, porque buscan ganarse los favores de nuestro rey y convertirse, algún día, en una de sus concubinas.
—¿Concubinas? —repito, casi atragantándome con la palabra.
Él me lanza una mirada curiosa, como si no entendiera cuál es el problema.
—En la Casa de las Bellas son tratadas con respeto. Visten bien, comen mejor que muchas familias del valle y aprenden música y danza.
—Vamos, que es como una academia artística, con beneficios para el faraón —respondo con ironía.
—No te conviene hablar así de nuestro dios. —Pronuncia esa palabra con tanta devoción que se me vuelve a poner el vello de punta, y esta vez no es por el frío.
Sin decir nada más, se da la vuelta y echa a andar sin dirigirme la mirada.
Resoplo, miro mis pies descalzos y me obligo a seguir su paso. La arena está helada y cada piedra se me clava como si tuviera las puntas afiladas. Noto heridas abiertas en las plantas, y el escozor se mezcla con el cansancio. No logro seguirle el ritmo: a cada zancada suya yo doy tres.
—Genial, Patricia —murmuro para mí—, en Egipto y sin zapatos. Te superas. ¡Espera, por favor, no camines tan rápido…! ¿Cómo te llamas? —pregunto jadeante.
El hombre se detiene y gira la cabeza hacia mí. Es tan oscuro que casi no puedo distinguirlo en la penumbra de la noche .
—Mi nombre es Ushem. Jefe de la guardia personal del faraón; su medjay .
— Medjay . ¿Como en la peli de La momia ? —digo sin pensar, y automáticamente me arrepiento.
—Dices unas cosas muy raras, extranjera. ¿De dónde has venido?
—Me llamo Patricia y soy de Valencia.
—¿Patri-cía? ¿Va-lencia?
—Sí, hijo, eso. Patricia, de Valencia. Un lugar lleno de luz, naranjas, arroz y gente que habla tan rápido como yo.
Me observa intentando asimilar lo que acabo de decir.
—Nunca he oído hablar de ese reino —afirma con absoluta seriedad.
—No me extraña —respondo, encogiéndome de hombros—. Está un poco lejos. Si quieres ir, pregúntale a la bruja de la cabaña, y de paso, a ver si tú descubres cómo puedo regresar yo.
El hombre de negro murmura por lo bajo y sigue caminando al mismo ritmo de antes.
Avanzamos en silencio hasta que diviso las antorchas del palacio y, muy próxima, la pequeña puerta de acceso a lo que él ha llamado «la Casa de las Bellas».
La mujer que me recibió el primer día nos espera en la entrada. Su rostro es sereno, y sus ojos delineados de negro no se apartan de Ushem a medida que nos acercamos.
—La he encontrado en la cabaña de la anciana —la informa él, deteniéndose frente a ella.
—¿Por qué se ha ido? ¿Qué ha pasado? —le pregunta al guerrero, pero su mirada se clava en mí.
—Porque vuestro faraón es un bruto —suelto sin pensar.
Ella se lleva una mano a la boca.
—¿Hablas nuestro idioma? —susurra, sin poder ocultar su sorpresa.
Antes de que yo pueda contestar, el medjay lo hace por mí.
—Creo que ha sido cosa de la anciana. —Esboza una media sonrisa, la primera que le veo desde que lo conocí.
Al hacerlo, sus rasgos se relajan y, por un instante, la cicatriz queda eclipsada por el resplandor de sus dientes blancos. Parece un hombre diferente.
—Pues me alegra que podamos entendernos. Empecemos de nuevo, ¿te parece? Me llamo Taia y soy la encargada de que todo funcione en la Casa de las Bellas.
—¿Tú también eres una… Bella?
La mujer sonríe con dulzura y niega despacio con la cabeza.
—Fui concubina del faraón; no del que tú has conocido, sino de su hermano. Cuando murió, me destinaron aquí, para procurar que todo funcione como debe.
Su voz es tranquila, pero algo en su mirada me deja un poso de tristeza en el pecho.
En ese momento, dos jóvenes cruzan el pasillo. Llevan los cabellos trenzados y los brazos cubiertos de pulseras doradas. Una de ellas dice en alto, mientras me observa de reojo:
—Ya está aquí otra vez la extranjera. ¿No se había marchado?
—Lo que no entiendo es por qué la ha hecho llamar el faraón —dice la otra, mirándome con desprecio.
Taia las fulmina con la mirada y las muchachas bajan la cabeza y se marchan.
Me llevo una mano al brazalete. Tengo la certeza de que a muchas no les hace ninguna gracia que yo esté aquí.
Me ven como una amenaza, alguien que puede quitarles a su amado dios, pero nada más lejos de la realidad.
Yo lo único que quiero es encontrar la manera de regresar y dejar atrás esta pesadilla.