La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 21
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Khenr a

Aun tumbado, siento el pulso enloquecido al recordar a la mujer del cabello de oro.

Me ha empujado. Nadie nunca se ha atrevido siquiera a levantar los ojos del suelo cuando yo hablo. Y ella no solo me ha mirado, sino que me ha… ¿desafiado?

El vino galopa junto con mi sangre, pero no es el alcohol lo que me enturbia el juicio. Es ella. Una extranjera, de la cual desconozco hasta el nombre, que me ha trastornado y me impide pensar en otra cosa.

Cuando me ha empujado, no he sentido humillación, sino una sacudida profunda, peligrosa. La sensación de que algo que creía muerto despertaba en mi interior. Su contacto aún me quema el pecho.

¿Cómo ha llegado a ella el brazalete que me dio la anciana? Estoy seguro de que es el mismo, pero yo vi cómo se sumergía en las aguas. No tiene sentido.

Y entonces vuelve su imagen, como un espejismo en medio del desierto. Veo su boca temblar; la forma en que su pecho turgente se elevaba al respirar frente a mí. No puedo evitar soñar con lo que esconden los velos, la perfección de unas formas que despiertan un deseo apremiante.

La presión aumenta y se acumula entre mis piernas sin que la pueda controlar. El calor se extiende por mi cuerpo y el sudor perla mi piel. Imagino sus labios rozándome el cuello, bajando por mi pecho, encendiendo en mí un fuego que ni el propio Ra podría igualar.

Intento apartarla de mis pensamientos, pero cuanto más la rehúyo, más real se vuelve.

Siento unas manos cálidas, suaves, recorriéndome con una delicadeza que me roba el aliento.

Abro los ojos y, a la luz titilante de las lámparas de aceite, distingo a dos mujeres de piel oscura a mi lado.

Son dos de mis concubinas más bellas. Me miran con una mezcla de timidez y deseo, anhelando ser vistas y amadas.

No se parecen en nada a la extranjera, y por un instante pienso en apartarlas, pero no lo hago. Hace mucho que no siento el calor de otra piel. Demasiado tiempo fingiendo que no necesito nada más que el deber y el poder.

Ahora, sin embargo, ardo como nunca, y necesito apagar este fuego de algún modo.

Sus manos, expertas, se deslizan con parsimonia sobre mi torso, descendiendo hacia el abdomen, hasta rozar el límite donde el deseo ya prende. Cada movimiento está pensado para darme placer, para despertar en mí aquello que late dormido.

Cierro los ojos de nuevo, dejándome llevar, sintiendo cada caricia. Quiero creer que son las manos de esa desconocida las que me tocan, y su aliento el que se mezcla con el mío.

Las caricias se vuelven más seguras, más intensas, y la alcoba se llena de una sucesión de gemidos y jadeos. Las mujeres se inclinan, acercando sus labios a mi boca. Mi mente la imagina a ella, introduciendo su lengua, saboreando todo a su paso mientras traza suaves círculos en un baile perfecto.

Una gran sacudida entre mis piernas hace que mi miembro ya no quepa más entre las telas.

Bajo las manos para desabrocharme el shendyt , pero unas más pequeñas que las mías lo liberan de su encierro y lo rozan suavemente.

Una lengua húmeda y caliente comienza a recorrerlo sin prisa, de arriba abajo; otras manos acarician la base.

Si continúan así, no podré evitar desbordarme.

Sin embargo, se apartan.

El colchón se hunde bajo un nuevo peso que se acomoda sobre mí, mientras dos pares de manos me recorren.

El cuerpo de la recién llegada se abre para mí, y me introduzco en esa mujer muy lentamente.

Me niego a abrir los ojos y despertar de mi fantasía.

Solo quiero imaginarla a ella, con los labios entreabiertos en un gemido, mirándome con esos ojos azules que me tienen hechizado.

Ella desciende acogiéndome por completo en su interior, e inicia la danza más antigua del mundo. Despacio al principio, cadencioso, para después aumentar el ritmo hasta convertirse en un baile frenético. Sus caderas me golpean con ansia, y temo no ser capaz de derramarme fuera.

De repente, un jadeo me hace abrir los ojos de golpe.

Satiah me mira satisfecha desde arriba, sin dejar de moverse, con una expresión de triunfo en su rostro.

El placer se enfría de golpe, sustituido por un fuego más oscuro. La rabia se adueña de mí. Gruño, y la sujeto por la cintura para dejarla en el lecho, lejos de mí, pero Satiah pierde el equilibrio y cae de espaldas al suelo.

Me incorporo de un salto con la respiración desbocada y el corazón latiendo con fuerza. Las concubinas retroceden aterradas; una de ellas exhala un grito ahogado antes de salir corriendo, seguida de cerca por la otra, que intenta cubrirse con un trozo de lino que recoge del suelo.

Solo queda Satiah, que se levanta del suelo altiva y totalmente desnuda, con los ojos relampagueando de furia.

—¿No me esperabas esta noche, faraón? —dice con una sonrisa ladina—. ¿Debo recordarte que fue mi padre quien puso esa corona sobre tu cabeza?

Su voz destila el veneno que lleva dentro, pero su postura sigue siendo la de una reina.

—No puedes negarme lo que me corresponde.

Llevo mucho tiempo esperando. Mientras tú marchabas a la guerra, yo envejecía en silencio, escuchando al pueblo murmurar.

Hablan de un faraón sin heredero, de un trono vacío cuando los dioses te reclamen.

¿Y qué crees que dirán, Khenra? ¿Que tu virilidad se perdió en la batalla?

¿O que tu esposa no fue digna de darte un hijo?

—¡Basta! —Mi voz retumba en la estancia—.

¿Crees que el trono que ocupo me lo dio tu padre?

Puede que al principio fuese así, no lo niego, pero la corona la he conquistado con la espada, con la sangre de los hombres y con la voluntad de los dioses, mientras vosotros vivíais entre los lujos de palacio.

Doy un paso hacia ella cargado de cólera.

—Hoy he visto al pueblo por primera vez —digo, clavándole la mirada—.

Lo he visto hambriento, cansado de rendir tributos a palacio y a los templos.

Tu padre ha tejido la tela de la miseria en esta tierra.

Él, y los sacerdotes de Amón, han dirigido nuestro reino a la ruina. No sé cómo he podido permitirlo.

Me cierno un poco más sobre ella, observándola desde mi altura, para que no le quepa duda de mis palabras .

—He regresado —afirmo—. Y las cosas van a cambiar.

Ella me mira desafiante. En sus ojos arde la impotencia de quien siente que puede ser desposeída de todo lo que cree merecer.

—No decidiréis vosotros quién hereda el trono —gruño entre dientes—. Ni tú, ni tu padre. Eso solo lo decidirán los dioses y la voluntad del pueblo. ¡Guardias! —llamo, sin darle opción a decir nada—. Que la acompañen a sus dependencias y que nadie más me moleste esta noche.

Las puertas se cierran y me dirijo al pedestal donde reposa la corona de las dos tierras.

Desde esta mañana, en que he escuchado las quejas del pueblo, algo ha cambiado. En mi interior algo se ha despertado, como si por fin los dioses me hubiesen concedido ver con claridad.

El tiempo de los viejos pactos ha terminado.

Kemet volverá a levantarse con el esplendor que nunca debió perder y, para ello, temo que deberé lidiar la más feroz de las batallas. Una que no se librará en campo abierto, ni en las dunas del desierto, sino entre las paredes de este palacio.