La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 20
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Lola

Hemos pasado toda la noche sin dormir. El pequeño no dejaba de gemir en sueños, y Carmen y yo nos hemos turnado para mojar el paño y refrescarle el cuerpecito.

Cada vez que mi amiga se inclinaba sobre él, se apreciaba en su cara una mezcla de cansancio y angustia.

Le pasaba el paño con muchísima delicadeza, como si tuviera miedo de hacerle daño.

Está tan delgado que se le marcan todas las costillas. Bajo sus ojos pueden verse unos grandes cercos que parecen pintados con carbón.

El fuego ilumina tenuemente la estancia, las sombras bailan sobre las paredes de barro y el aire huele a las hierbas que siguen cociéndose a fuego lento sobre la lumbre.

Cada sonido del desierto se amplifica en la oscuridad de la noche.

Puedo escuchar el canto de los grillos, un perro que ladra a lo lejos y el viento colándose por las grietas del adobe.

Baki está tumbado junto a su hermana mayor, pegado a la pared. Poco a poco se incorpora y, con cuidado de no hacer ruido, sale de la choza. Yo lo sigo, procurando no despertar a los más pequeños, que por fin duermen .

Fuera todavía es de noche. Solo la luna alumbra el poblado.

El muchacho suelta la soga del burro, que parece contento de verlo y sacude la cabeza arriba y abajo. Su rebuzno rompe el silencio.

—¿A dónde vas tan temprano? —pregunto en voz baja.

Al escucharme tras él, Baki da un respingo y se gira, llevándose una mano al pecho.

—El agua sube —responde serio.

Me acerco un poco más. Voy descalza, por lo que noto la arena fría bajo mis pies.

—¿A qué te refieres? —insisto, porque no comprendo por qué tiene que levantarse cuando aún es de noche.

—Empieza la crecida. Es tiempo de preparar los campos antes de que llegue la inundación. Mi padre decía que, si no se refuerzan los márgenes, el agua pasa de largo y la tierra queda sedienta.

Es tan joven, y sin embargo habla como si tuviera muchos años más.

Carmen sale también de la cabaña, despeinada, con el pantalón bombacho arrugado y los ojos hinchados de no dormir.

—¿Qué pasa? —pregunta somnolienta.

—Va a preparar el campo —le traduzco mientras me sacudo la arena de los pies para ponerme las zapatillas deportivas.

El chico mira de reojo mi calzado y después sus sandalias de juncos.

—Te acompaño —le digo.

Él abre mucho los ojos.

—¿De verdad, mi diosa? ¿Vas a ayudarme con la tierra? —pregunta, como si fuese lo más insólito que nadie le ha dicho nunca.

En su voz hay un deje de emoción e incredulidad. Para él, que una diosa pise su tierra es señal de fortuna.

—Aquí no puedo hacer nada. Mi amiga se quedará cuidando de tus hermanos —le digo.

Le explico a Carmen que voy a ayudar a Baki. Ella no responde, simplemente se acerca y me abraza.

—Ten cuidado —susurra al soltarme.

Luego da media vuelta y desaparece en la penumbra de la choza.

El joven me mira con esa devoción que me resulta incómoda. Él cree que puedo hacer algo, y sin embargo, no sé cómo vamos a ayudar a estos pobres muchachos, ni encontrar a Patricia.

Echa a andar por el mismo camino por el que llegamos a la aldea, seguido del burro. Camino detrás en silencio; la arena se cuela por los laterales de mis zapatillas y me roza al andar.

Lentamente empieza a amanecer. El cielo, antes oscuro, se tiñe de tonos rosados.

Escucho el canto de algún ave y de repente el río surge ante nosotros.

Al verlo, no puedo evitar pensar en Patri.

Espero que esté bien y que nadie le haya hecho daño.

Sé a ciencia cierta de lo que son capaces en esta época.

Lo sufrí en mis carnes, y solo imaginar que ella pase por algo parecido me revuelve el estómago.

Eso me recuerda que hace muchas horas que no como nada. Miro al muchacho que camina delante de mí, tan delgado, y pienso que él tampoco lo ha hecho.

Cuando llegamos a su campo, Baki descarga al burro, le acaricia el cuello con cariño y lo suelta junto a unos matorrales. Luego se agacha, abre una de las alforjas de juncos que el animal llevaba a cuestas y saca un pequeño hatillo de tela .

Dentro hay un trozo de pan oscuro, una cebolla partida y unos pocos dátiles arrugados.

—Mi diosa, no es mucho, pero es lo único que tenemos.

El pan está duro, pero me sabe a gloria. Dudo un segundo con la cebolla, pero ante la mirada expectante del chico le doy un mordisco. Para mi sorpresa, no tiene el sabor áspero que esperaba. Es dulce y jugosa; no recuerdo haber probado nada tan auténtico en mucho tiempo.

Baki come despacio, saboreando cada bocado e intentando no desperdiciar ni una sola miga.

—¿Qué tienes que hacer? —le pregunto mientras comemos.

Él traga el pan, y hace un ruido como si se le hubiese quedado atascado en la garganta.

—Debo levantar los muros antes de que llegue el agua.

—¿Vas a levantar muros? ¿Tú solo? —le pregunto, mirando alrededor.

Él asiente, repasando con la vista las pequeñas elevaciones de tierra apenas visibles que separan los campos.

Sin pensarlo, me arremango los vaqueros y me pongo en pie.

—Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

Baki me mira sorprendido, como si no procesara lo que acaba de oír. Luego, con una sonrisa tímida, señala hacia el canal.

—Si de verdad eres una diosa, con que toques la tierra bastará.

—Pues creo que hoy no será así, Baki. Hoy solo tendrás a una mujer llenándose de barro. —Le sonrío.

Al atardecer, cuando el sol comienza a declinar, regresamos a la aldea. Caminamos despacio, cubiertos de polvo de pies a cabeza.

Baki lleva la cuerda del burro en una mano y un manojo de hierbas en la otra.

No ha parado de hablar en todo el camino.

Me ha contado cómo su padre le enseñó a reconocer el momento exacto en que el agua del río empieza a subir, y también hasta dónde debe levantar sus muros para que el agua de la crecida abone la tierra para la siguiente cosecha.

Estoy agotada, me duele todo el cuerpo, pero también siento una paz que hacía tiempo que no experimentaba.

Cuando por fin llegamos a la choza, huele a pan recién horneado, y algo en el fuego desprende un aroma delicioso. Mi amiga les está enseñando a los niños las fotos que tiene en el móvil, y ellos miran la pantalla con los ojos muy abiertos, como si contemplaran un objeto mágico.

El más pequeño luce todavía el rostro pálido y los ojos hundidos, pero al menos ya no parece tener fiebre. Se apoya en el hombro de Carmen, que sonríe y le muestra las imágenes.

Baki deja el manojo de hierbas junto al fuego y se acerca curioso.

—Ojalá hubiese cogido mi bolso de las escaleras; ahí llevaba de todo —me dice mi amiga al verme aparecer, mientras rebusca en los enormes bolsillos de sus pantalones—.

Hemos viajado en el tiempo con unos chicles de fresa, un premio de un huevo de chocolate y un móvil que, cuando se le acabe la batería, no valdrá para nada, ni siquiera para ver la foto de mi pequeña.

Se le empañan los ojos mientras acaricia la foto de su hija que tiene de fondo de pantalla.

—Encontraremos la forma de volver —le digo, tratando de convencerme también a mí.

El pequeño, que está en sus brazos, al ver el envase amarillo de plástico lo coge con su manita y sonríe débilmente.

—¿Quieres esto para ti? —le dice ella, mirándolo con ternura.

Se lo abre. En el interior hay un pequeño helicóptero. Carmen monta las hélices y, haciéndolas girar con el dedo índice, imita el sonido del vuelo. El niño observa divertido. Carmen desplaza el juguete por el aire, dibujando círculos sobre su cabeza como si realmente volara.

Por un momento, todos sonreímos, pero cuando el niño tose, la risa se apaga poco a poco. Mi amiga lo abraza con cuidado, le toca la frente y me dedica una mirada inquieta.

—Sigue muy débil —susurra, como si alguien nos pudiera entender—. No sé, Lola, tengo la sensación de que si lo dejamos aquí, no llegará a hacerse mayor.

La miro unos segundos sin saber qué decir. De pronto, una melodía se cuela por la puerta. No sé de dónde viene, ni si alguien la está cantando o es producto de mi imaginación, pero su sonido me atraviesa como un eco antiguo. Es dulce y melancólica, y me resulta muy familiar.

Cierro los ojos y siento una caricia efímera en el pecho mientras miles de imágenes se agolpan en mi mente. En este preciso momento, lo veo claro: sé quién puede ayudarnos.