19
Patricia
No he entendido nada de lo que me ha dicho, pero no ha hecho falta, su tono se ha explicado por él. Quería el brazalete. En cuanto he sentido su mano cerrándose sobre mi brazo, el miedo se ha apoderado de mí. Si dejara que me lo quitase, me perdería para siempre en este tiempo.
Sin pensar, mis manos han golpeado su torso desnudo; por un instante, he notado el calor que desprendía su piel quemando mis palmas.
Ese calor se ha propagado por todo mi cuerpo y me ha asustado más que la intensidad de su mirada.
Necesitaba salir de ahí, así que he empujado las puertas con todas mis fuerzas y he echado a correr sin mirar atrás.
Mis pies descalzos resbalan sobre la piedra pulida y mi corazón late tan acelerado que creo que se me va a salir del pecho. A mi alrededor todo es una sucesión borrosa de columnas, muros, luces que se apagan y sombras que se alargan.
Tengo miedo de que venga tras de mí, de volver a oír su voz, de que me arranque el único lazo que me ata a mi mundo. No debo permitirlo. No dejaré que nadie me lo quite. Aprieto el brazo contra mi cuerpo, mientras sigo corriendo sin saber a dónde me dirijo .
Me apoyo un momento contra una pared, intentando recuperar el aliento, y me parece ver su sombra al final del corredor, o quizás solo ha sido el reflejo de mi pánico.
Entre las piedras del muro se filtra un tímido rayo de luz, y siento que algo me llama desde el otro lado. Al llegar, descubro una abertura lo bastante grande para poder pasar. Sin pensarlo dos veces, me deslizo a través del hueco, y entonces el rayo de luz se apaga.
En el exterior, el sol se oculta por completo tras la colina y la oscuridad empieza a cubrirlo todo. Se escucha música, el eco de tambores y risas, pero yo corro en dirección contraria. Necesito volver al templo donde todo ocurrió, es lo único que puedo hacer.
Bordeo el río, siguiendo el brillo plateado del agua, que refleja los últimos colores del atardecer. Avanzo notando la arena y la hierba húmeda de la orilla, lo más deprisa que soy capaz. Me alejo del palacio, pero no consigo librarme de la sensación de que una parte de mí sigue allí.
Corro sin saber cuánto tiempo ha pasado. La piel se me agrieta, dejándome los pies en carne viva. Cada paso es un pinchazo. Tengo la boca tan seca que el polvo cruje entre mis dientes y la garganta me abrasa al tragar. El cansancio me pesa en las piernas y, poco a poco, aflojo el ritmo.
A lo lejos, distingo una luz tenue entre unas palmeras. Dudo un momento, pero la sed puede más.
Entre las cañas altas hay una choza humilde, de la que sale humo por una abertura en el techo. Me acerco sigilosa, tratando de captar algún sonido del interior, pero no se escucha nada. Desde donde estoy, percibo un aroma dulce y denso que me recuerda a las iglesias.
A través de la cortina entreabierta veo en el suelo una alfombra de palma trenzada. Junto a ella, pequeños frascos de piedra y varios cuencos de arcilla llenos de hierbas secas. Un fuego arde en el centro, y las llamas proyectan sombras alargadas en las paredes.
—¿Hola? —digo mientras aparto despacio la cortina.
Doy un paso hacia el interior, y una voz tranquila me responde.
—Te estaba esperando.
Me quedo helada. ¿Alguien ha dicho eso en español? Genial, me estoy volviendo loca. Eso o acabo de encontrar a la primera egipcia políglota de la historia.
Un escalofrío me recorre al descubrir ante mí a la misma anciana que estaba en la ribera cuando navegábamos en la dahabiya , el día que aterricé en Egipto. Va vestida de oscuro, igual que cuando la vi observarme desde la orilla del río.
Asustada, retrocedo un paso y estoy a punto de perder el equilibrio.
—No…, no puede ser —balbuceo.
La anciana inclina la cabeza.
—No temas —dice con voz suave, aunque firme—. Puedo ayudarte.
Sus palabras flotan en el aire.
—¿Quién eres? —pregunto con la respiración entrecortada—. Te vi en el río, la noche antes de viajar en el tiempo.
Asiente. Parece sonreír.
—Yo también te vi mientras elevaba plegarias por mi pueblo. Tu imagen apareció junto al fuego, y entonces supe que los dioses ya habían elegido.
Da un paso hacia mí, y en sus ojos oscuros refulge un viso antiguo.
—Te han traído hasta estas tierras porque ninguna mujer de Kemet ha conseguido despertar aquello que jamás aprendió a sentir.
—Pero… yo no quiero estar aquí —digo con voz temblorosa—. Solo quiero volver a mi casa. Prometo no quejarme nunca más de este país.
—Podrás regresar —asegura—, pero solo si tu corazón lo desea con la verdad del fuego eterno.
El camino de vuelta se abrirá cuando el dios Sol descienda a su punto más bajo.
Cuando Ra duerma nuevamente en el horizonte y su luz sea renovada.
Solo entonces, si tu voluntad es firme y pura, la puerta se abrirá para ti.
No sé qué significa eso; sus palabras me dan vueltas en la cabeza.
—¿Cómo voy a encontrar ese camino si no puedo entender a las personas que me rodean?
La anciana sonríe solo un poco y su voz suena como un susurro proveniente de otro tiempo.
—A partir de ahora podrás entender sin dificultad —dice, mirando el brazalete. Alza una de sus delgadas manos y la ondea despacio frente a mí, a la altura del metal, trazando pequeños círculos en el aire.
Un calor intenso me recorre el brazo. La joya comienza a emitir una luz áurea, como si volviera a despertar.
Los signos grabados en ella se iluminan en espiral.
El brillo se extiende por mi piel, sube por el hombro y desciende hasta mi pecho, donde me envuelve por completo en una energía distinta, que esta vez no quema, y late al ritmo de mi corazón.
La cabaña desaparece por un instante; no hay paredes, ni suelo, ni tiempo. Solo esa luz.
Escucho de nuevo la voz de la anciana, ahora en egipcio antiguo, pero lo comprendo.
No puede ser. Sé lo que acaba de decir.
—¿Qué me has hecho? —pregunto, retrocediendo unos pasos—. ¿Cómo es posible que te entienda ?
El brazalete responde con un pulso de luz.
Por un instante, creo ver algo más allá de la claridad: una silueta, un sol naciente sobre un horizonte que no conozco. El resplandor se disuelve poco a poco; el corazón me late tan deprisa que apenas puedo respirar.
Entonces, la cortina de la choza se abre y aparece una figura en la entrada. Es el gigante de la cicatriz. Mi alma se encoge; me ha encontrado.
La anciana lo mira sin sorpresa, como si supiera que estaba ahí.
—Ve con él —me dice, mirándome a los ojos. El tono de su voz no admite réplica—. No temas a lo que el destino te ha deparado. Eres la elegida de Ra, y cuando llegue el momento de partir, el mismo dios te mostrará el camino de regreso.
El hombre de la cicatriz me mira, hace un gesto para que salga y yo trago saliva. Perfecto, rumbo a palacio otra vez.
Tengo un brazalete mágico y un faraón enfadado que quiere quitármelo. ¿Qué podría salir mal?
Respiro hondo y sigo al hombre de negro. No sé a dónde me lleva esta locura, pero dentro de mí sé que algo ha comenzado y ya no hay vuelta atrás.
Solo puedo pensar en una cosa: sobrevivir el tiempo suficiente para volver a casa.