18
Khenr a
Es más pequeña de lo que parecía desde el trono, pero hay algo en su porte que no pertenece a este mundo. Su piel parece hecha de la misma luz que se cuela por las celosías. Da un paso, apenas un gesto, y los guardias cierran la puerta tras ella.
La observo. Sus manos tiemblan, su respiración es rápida, y aun así, mantiene la cabeza alta. No es una cortesana, ni una esclava. No hay sumisión en su actitud, y eso me gusta.
Cuando me mira, siento que me atraviesa. Lo que he visto basta para deshacer los nudos que me anclaban al suelo, de modo que doy un paso, luego otro. Con cada movimiento, puedo sentir como su aliento se entrecorta.
Mi sombra la envuelve antes que mi cuerpo; no obstante, no desvía la mirada.
No entiendo lo que me ocurre. He caminado entre enemigos sin sentir miedo ni duda, pero ante esta mujer, mi pulso se acelera.
Me detengo frente a ella. Su presencia me desarma. Necesito descubrir quién se oculta tras esa apariencia. Alzo la mano y, sin apartar la vista de sus ojos color lapislázuli, señalo su peluca sin tocarla.
—Quítatela —ordeno .
En cuanto la palabra sale de mis labios, pienso que mi tono ha sonado demasiado duro, pero no estoy acostumbrado a tratar con mujeres. He pasado mi vida entre soldados, no frente a una mirada como la suya.
Ella no se mueve. Su pecho, el más firme y redondo que yo haya visto nunca, delata el ritmo agitado de su respiración.
Doy un paso más y, con un gesto lento, tratando de ser lo más delicado posible, le retiro la peluca yo mismo.
El cabello cae en cascada, libre, y la luz del atardecer se enreda en él. Mi pulso se detiene y por un instante olvido respirar, incapaz de creer lo que veo. Es de un insólito color dorado. Los reflejos que las antorchas proyectan en él parecen hechos de rayos del sol.
Extiendo la mano y rozo uno de los mechones que caen a los lados de su hermosa cara. El cabello es muy suave y se desliza entre mis dedos. Su simple tacto estremece hasta la última fibra de mi ser.
Mis ojos se detienen en sus labios rojos, entreabiertos. Incluso en eso es diferente a todas las mujeres que conozco. Son tersos y armoniosos, proporcionados a su rostro, muy lejos de los gruesos a los que estoy acostumbrado en las mujeres de Kemet.
Busco una explicación a lo que siento al tener a esta mujer delante, pero no la encuentro. Solo sé que es muy diferente a todas las demás.
Entonces vislumbro el brazalete que me entregó la anciana el día de mi regreso.
—¿Quién eres? —Mi voz sale más brusca de lo que me hubiese gustado.
Llevo una mano a la joya, y la cierro sobre esta como si pudiera arrancar una respuesta al metal .
Ella lanza un sonido ahogado, mitad sorpresa, mitad pánico. Sin que me dé tiempo a reaccionar, coloca sus manos en mi pecho y me empuja con todas sus fuerzas, como quien no teme al castigo que eso le pueda acarrear.
El golpe me toma por sorpresa, y aunque mi cuerpo apenas se mueve, algo dentro de mí sí lo hace. Nunca nadie me había desafiado así. Ninguna mujer había osado tocarme de ese modo.
Durante un segundo, el tiempo se detiene entre nosotros.
En sus ojos, fijos en los míos, despunta el temor, pero también un ápice de valentía.
Rápidamente se gira, empuja las puertas y echa a correr, sin rumbo, impulsada solo por el miedo.
Su cabello dorado se agita tras ella, encendiendo el aire como si llevara un pedazo de sol enredado en los mechones.
—¡Detenedla! —grita Ushem a los medjays apostados en la entrada.
—¡No! —Mi voz corta el aire—. Que la dejen marchar.
El eco de sus pasos se pierde entre las columnas.
—Pero, mi señor… —susurra Ushem.
—Ve tras ella solo tú, y no le hagas ningún daño —le ordeno sin apartar la vista del patio lateral por donde se ha marchado.
Cierro la puerta y vuelvo a quedarme solo.
Y en este preciso instante, el último rayo de luz entra por el ventanal y atraviesa la estancia hasta detenerse justo en el lugar donde hace un momento estaba ella.
Durante unos segundos, la piedra se ilumina, como si guardara el recuerdo de su presencia, y luego se desvanece.
Miro mi mano; todavía noto el calor del brazalete. Y aunque Ra cierre hoy sus ojos sobre esta tierra, su fuego ha quedado aquí, marcando el principio de algo que ni un faraón puede controlar .
Me arranco el pectoral y lo dejo caer al suelo. Después suelto los anchos brazales y desabrocho el faldellín ceremonial, que cae junto a todo lo demás. Por último me quito la doble corona, la levanto con ambas manos y la deposito con brusquedad sobre el soporte destinado a ella.
Cuando era joven, soñaba con portarla. Creía que en ella residían la fuerza y la gloria de los dioses. Nadie me advirtió que no era un privilegio, sino una carga. Ver a la extranjera temerme por lo que mi posición representa me ha hecho pensar.
Un hombre puede conquistar a una mujer de mil maneras, pero un faraón es distinto.
¿Y si estoy condenado a vivir solo sin conocer el amor?
Como si los dioses me enviaran una respuesta, la imagen de esa mujer extraordinaria se dibuja frente a mí, adornada con el brazalete. ¿Es posible que sea ella de quien hablaba la anciana?
Me acerco a la tina con agua y refresco mi cabeza para despejarme. He bebido demasiado vino durante la celebración de hoy. Me tumbo, pero la cabeza me da vueltas. Solo logro ver esos ojos color cielo mirándome con espanto, e intento imaginar cómo serían si me mirasen de otra forma.