La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 17
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Patrici a

Mientras regresamos por el mismo camino, me tiemblan las manos y no dejo de ver en mi mente esos ojos negros como un pozo del que no podía escapar, esa mirada fija en mí, como si las demás bailarinas no existieran.

Me estremezco al recordar cómo se levantó de su trono, ese cuerpo enorme que parecía ocupar todo el espacio. Una bestia hecha hombre.

Me repito en silencio, una y otra vez, las mismas preguntas: ¿qué significa esto? ¿Qué pinto yo aquí? Cada vez que lo pienso, me falta el aire, como si aún llevara clavada su mirada en el pecho.

Cuando llegamos a la zona de la que salimos, las puertas se cierran tras nosotras, ocultando los hermosos jardines repletos de flores.

Camino directa a la habitación de los camastros y me dejo caer en uno de ellos, obligándome a respirar hondo para tranquilizarme.

Cierro los ojos, pero vuelve a aparecer esa mirada negra como la noche más oscura.

Desde el exterior se cuela un canto grave: unos hombres entonan una melodía extraña, que parece nacer de lo más profundo de la tierra. Suena sagrada, y cada vez se escucha más lejos.

El nudo en mi pecho se aprieta un poco más. Intento inhalar hondo, pero el aire no termina de llegar a mis pulmones. Los ojos se me humedecen y parpadeo para contener el llanto, pero no funciona.

La presión crece, me quema por dentro, hasta que me cubro la cara con las manos y rompo a llorar.

No puedo evitarlo. Lloro porque no entiendo nada de lo que me rodea, no sé quién soy aquí ni qué esperan de mí.

Y porque, por primera vez desde que empezó todo, siento que tal vez no haya vuelta atrás, que quizás no pueda volver a casa y me quede atrapada en este tiempo para siempre.

Ese pensamiento hace que, instintivamente, lleve la mano a la parte alta del brazo, buscando el brazalete.

Sigue ahí. Lo giro un poco y compruebo que podría quitármelo si quisiera, pero no quiero.

Lo aprieto con fuerza, como si de ese modo pudiera hacerlo funcionar de nuevo.

Pienso en mi casa, en mis amigas; este trozo de metal es lo único que podría hacerme regresar.

Es mi único billete de vuelta y, pase lo que pase, se va a quedar cerca de mí todo el tiempo.

Tendrían que matarme para arrebatármelo, porque si no puedo volver a mi casa, prefiero morir.

Lo acaricio con la yema de los dedos, sintiendo la suavidad del metal, y me invade una ironía amarga al pensar que todo aquello que creía poseer ahora se reduce a una baratija comprada en un puesto ambulante.

Al final, agotada de tanto llorar, el sueño me vence, y me sumo en una especie de duermevela donde todavía siento mi respiración entrecortada y el pulso acelerado en mis sienes.

No sé cuánto tiempo pasa. Puede que minutos, puede que horas.

De pronto, abro los ojos. La luz es tenue, pero lo primero que veo es a la robusta anciana frente a mí, observándome con esos ojos que parecen atravesar mi piel.

Al verla tan cerca, me asusto y me incorporo torpemente.

Empieza a hablar en un tono seco, sin pausas, como si cada palabra fuese una orden que no admite réplica. Se dirige a la mujer que está a su lado, la misma a la que me entregó el hombre de la cicatriz. Ella escucha en silencio y cabecea mientras me mira seria.

La anciana se marcha. Me fijo en que detrás de ella había tres jóvenes que no se parecen en nada a las bailarinas. Por la forma en que van vestidas, deduzco que son sirvientas. Llevan en las manos telas finísimas dobladas con esmero y pequeños frascos de piedra.

La hermosa mujer hace una señal con la mano para que me levante de la cama.

Obedezco, alerta.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Ellas no me responden. Me agarran del brazo y me llevan hasta la misma sala donde por la mañana nos vestimos para el baile. Parece el mismo sitio, pero el silencio lo cambia todo.

Una de las sirvientas, la más bajita, comienza a soltar los nudos de mi ropa y, antes de que yo pueda reaccionar, las telas caen al suelo.

Me quedo quieta, paralizada, sin atreverme a protestar.

Enseguida me tienden otras muy suaves y delicadas.

Una segunda doncella me la ajusta en la cadera, y me doy cuenta de que deja casi toda la pierna al aire.

La tercera, con los labios más gruesos que yo jamás haya visto, coloca sobre mi busto una tela transparente, que apenas lo cubre.

La tela se ciñe a la piel y marca cada curva de mis pechos, dejando poco a la imaginación.

Después, me quitan la peluca que llevo y me colocan otra larga, negra y lisa, con el flequillo igual de recto que la anterior.

No se conforman con eso: remarcan mis ojos con kohl, pintan mis labios de un rojo muy oscuro, prácticamente negro, y me untan los hombros y el cuello de un aceite perfumado muy espeso.

Cuando terminan, se apartan un paso y hacen un gesto respetuoso hacia la mujer bella, confirmándole que ya está todo listo. Ella sonríe, pero es una sonrisa enigmática, casi triste, cargada de algo que no sé descifrar. Después levanta la mano para que yo la siga.

Cruzamos el umbral que da a los hermosos jardines, pero esta vez no nos detenemos ante la gran puerta. En lugar de eso, bordeamos el muro y nos dirigimos hacia un amplio corredor techado, cuyo suelo es de una piedra casi blanca.

El pasillo se abre a un patio enorme con columnas y un estanque central lleno de flores de loto. El agua refleja la luz del atardecer en destellos dorados, y alrededor crecen palmeras altas y buganvillas enredadas que tiñen las paredes de fucsia y rojo.

Avanzamos más allá, y reparo en que no es un único jardín interior, sino que hay varios, comunicados entre sí.

Cada uno parece tener su propio carácter.

En uno huele a jazmín, con setos cuidados y fuentes que vierten el agua en pequeñas cascadas.

En otro, la sombra de los sicomoros refresca bancos de piedra cubiertos con cojines bordados.

Alrededor de estos patios hay habitaciones abiertas, con puertas altas que dan directamente al jardín.

A través de algunas puedo ver camas bajas de madera, cubiertas por doseles ligeros que tiemblan con la brisa.

Todo parece preparado para vivir rodeado de belleza.

En una de esas estancias, una mujer se asoma a la puerta.

Es hermosa, con la piel brillante y un collar ancho que le cubre los hombros y parte del pecho. Me mira con curiosidad .

Un poco más adelante, otra aparta una cortina para observarme. Sus ojos siguen cada paso que doy. La piel me arde al sentir la forma en la que me observa, como si supiera algo que yo aún no.

La mujer que me guía no se detiene. Atravesamos otro largo pasillo y, al final, nos hallamos frente a un enorme portón dorado custodiado por el hombre de la cicatriz. Ante la entrada, otros dos guardias cruzan sus lanzas.

Lo primero que noto es la forma en que la mujer lo mira.

No hace falta que hablen: basta con que sus ojos se encuentren para entender que hay complicidad entre ambos.

Sus manos se entrelazan un instante, como si compartieran un secreto.

Después, ella le hace una leve señal con la cabeza en mi dirección.

El hombre me mira entonces. Su sonrisa me hiela la sangre, porque siento que sabe exactamente a dónde me está empujando. Hace un ademán escueto con la mano, y la mujer que me acompaña me señala con la palma abierta hacia delante, indicando que avance.

La miro a los ojos y trago saliva, sin saber qué me espera dentro. Doy un paso al frente y los guardias abren poco a poco la puerta. Al cruzarla, esta se cierra tras de mí con un golpe seco que retumba en la gran estancia.

La sala que se abre delante de mí es enorme, mucho más grande y lujosa que cualquier habitación en la que yo haya estado antes. En el centro hay una amplia cama sobre la que se extiende la piel de un tigre.

Miro hacia el fondo: el faraón me observa desde un rincón junto al ventanal; su cuerpo brilla con la luz que entra del exterior.

La forma en que va vestido, como rey de Egipto, sumada a ese cuerpo imponente, hace que parezca salido de una de las pinturas de las paredes. Me quedo muy quieta, con el corazón en un puño.

Sus ojos negros me recorren sin disimulo y, durante unos segundos, permanece así, mirándome en silencio.

El miedo me atenaza. Mis pies no se mueven, pero mi cabeza sí: la giro hacia un lado, luego hacia el otro, buscando por inercia una salida, cualquier resquicio por donde escapar. No hay nada. Solo él.