16
Khenra
Desde las primeras luces del alba, mi deber me encadena al trono. Uno tras otro, los gobernadores de los nomos del reino desfilan ante mí, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente.
He pasado demasiado tiempo fuera, al frente de ejércitos, y en mis campañas no veía más que la gloria de los triunfos. Ahora, sentado en este trono, descubro lo que la guerra ha dejado tras de sí: hambre y familias rotas.
—Mi señor, las cosechas han menguado porque no hay manos que siembren las tierras, y los campos no se sostienen sin que nadie los trabaje.
—Nuestros jóvenes han partido con los ejércitos y no regresan.
—Los tributos pesan demasiado, las aldeas se vacían, solo quedan ancianos y mujeres.
Cada voz cala en mí como una lanza. He luchado durante demasiado tiempo junto a mis hombres, sintiendo, igual que ellos, el metal entre las manos y la sangre derramada en las arenas del desierto.
Creía luchar por ellos, por su seguridad; sin embargo, al escuchar a los dirigentes, me doy cuenta de que mi victoria ha sido su ruina.
Y hasta hoy, desconocía por completo esta realidad.
A mi izquierda, en un trono secundario, se encuentra Satiah, engalanada como siempre. Su belleza es indiscutible, pero en su rostro no hay ni un solo gesto de interés por las innumerables quejas de nuestra gente. Detrás de ella se encuentra el visir, como una sombra.
—¿Por qué nadie me habló de esto antes? —digo mientras me giro para encararlo, y mi voz resuena en la sala más dura de lo que pretendía.
Sus ojos, afilados como dagas, recorren a cada gobernador con desdén. No quiere escuchar lamentos, para él no son más que voces molestas, mandatarios que se quejan sin motivo.
—Mi señor, el pueblo siempre pide más —responde con desdén—.
Hoy es por el pan, mañana exigirán vino.
No dé importancia a palabras que se desvanecerán como el humo en el aire.
Cuando comience el fastuoso festejo que he preparado para celebrar la última, y más grande, de todas las victorias, el pueblo olvidará sus ruegos y demandas.
No le quedará otra opción que rendirse ante la grandeza de nuestro faraón.
Lo miro con furia y aprieto los puños contra los brazos del trono. Mi enfado crece por momentos, igual que el desasosiego que me invade. Yo escucho el dolor de mi pueblo, pero él lo reduce a ruido.
Cuando ya he oído a todos y cada uno de los gobernadores del reino, el sonido de los sistros rompe el pesado silencio que se había instalado en el gran salón. La música marca un ritmo creciente mientras todos se apartan para dejar espacio a las bailarinas que irrumpen en la sala.
A mi derecha se encuentra Ushem, jefe de los medjays , mi capitán y mi amigo más fiel. La cicatriz que surca su rostro le da un aire temible, pero yo sé que tras ella hay un hombre que jamás me ha fallado. Me inclino levemente hacia él, dejando que mi voz se diluya bajo el ruido de los tambores.
—¿Lo has escuchado, Ushem? El pueblo sufre, acabo de verlo en los ojos de cada uno de esos mandatarios.
Espero su respuesta. Él asiente apenas con la cabeza y un gruñido sale de su garganta. Pero su mirada no está puesta en mí, sino en el gran salón, donde las Bellas giran al compás.
—¿Ushem? —pregunto, intentando captar su atención. Frunzo el ceño.
Él tarda en responder, como si dudara en hablar. Luego me señala con la mirada hacia el grupo que danza.
—La encontré ayer cuando regresábamos —murmura.
Sigo la dirección de su mirada. Y entonces la veo. Entre todas las danzarinas, hay una figura que no debería estar ahí.
Su piel es clara como el alabastro y sus ojos, del color del lapislázuli, imposibles en Kemet. Cada giro de su cuerpo corta el aire como si la música sonara solo para ella. No obstante, no es su danza lo que me atrapa, sino el contraste de su presencia, distinta, extraña.
El tambor resuena, pero tan solo escucho mi corazón golpeando en los oídos con más fuerza que en cualquier batalla.
Me incorporo de forma inconsciente y, al hacerlo, un silencio tenso se extiende como una onda invisible. Sé que todos han notado mi reacción y, como faraón, no debería dejar entrever aquello que puede quebrarme.
Satiah ladea la cabeza hacia mí, con los labios apretados en una mueca de hielo. Sus ojos me escrutan como si quisiera leer mi alma.
Intento recuperar el control. Flexiono las rodillas despacio y regreso al trono.
Y ahí, bailando en el centro del salón, sigue ella.
Su piel clara atrapa la luz de los cientos de candelas, y sus ojos me atraviesan cada vez que se cruzan con los míos.
No es solo el color lo que la hace distinta, sino la forma en que me mira.
No es seducción, mucho menos sumisión. Es…
¿odio? O tal vez… ¿miedo? Solo sé que me ha dejado fuera de combate.
Las bailarinas giran de nuevo y su figura desaparece de mi vista.
—¿Quién es? —le pregunto a Ushem, que ahora me observa con una sonrisa espléndida.
—No lo sé con certeza. Es extranjera. No habla nuestra lengua. Cuando la encontramos en las afueras, no supe qué hacer con ella. La llevé a la Casa de las Bellas y la dejé a cargo de Taia.
Satiah se pone en pie. Sus joyas tintinean al tenderme la mano, pero son sus ojos los que hablan: lanza una mirada fulminante hacia la extranjera, como si con ese mero gesto pudiera borrarla de la sala.
—Los sacerdotes nos esperan, y no conviene hacerlos aguardar —me dice con firmeza.
Respiro hondo, me obligo a erguirme y, aunque no deseo hacerlo, ofrezco mi brazo a mi esposa.
Los músicos, atentos a cada movimiento, detienen el sonido de los instrumentos de inmediato. Como un solo cuerpo, todos se inclinan hasta tocar el suelo en señal de reverencia.
Todos, menos ella.
La extranjera tarda unos segundos en reaccionar, como si no entendiera qué debe hacer; como si las costumbres de Kemet le fuesen desconocidas. Sus ojos azules miran a todas partes antes de que, al fin, incline su cuerpo con torpeza .
Mi esposa y yo avanzamos por el corredor de columnas hasta la salida. Satiah acaricia mi brazo, pero la rigidez de su cuerpo me revela lo que esconde: celos y furia disfrazados de orgullo.
Afuera nos esperan los sacerdotes, el pueblo, los rituales, pero mis pensamientos no están en ellos.
Acerco apenas el rostro hacia Ushem y, con un murmullo que solo él puede escuchar, dejo ir las palabras:
—Al terminar los festejos, haz que lleven a la extranjera a mis aposentos.
La cicatriz en su rostro se estira en una leve sonrisa y asiente satisfecho.
Camino hacia el templo rodeado de reverencias y cánticos. Pero en mi interior reina una certeza: el día se me va a hacer muy largo sabiendo que esa mujer con los ojos del color sagrado de Hathor estará esta noche en mi lecho.