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Patricia
El camastro cruje bajo mi peso cada vez que me muevo.
No es una cama de verdad, más bien un entramado de juncos sobre el que han extendido una esterilla hecha con palmas trenzadas que rascan un poco la piel, cubierta con una tela que huele a polvo y aceite añejo.
Cierro los ojos e intento encontrar postura, pero es imposible.
Echo de menos mi colchón viscoelástico y mis sábanas de hilo egipcio. Qué ironía, ¿no?
A mi alrededor, duermen varias chicas. El sonido de sus respiraciones se mezcla con algún que otro suspiro y el quejido de las camas cada vez que una se gira.
No he logrado pegar ojo, el día de ayer me da vueltas en la cabeza, como una película que no puedo detener. Durante horas, me enseñaron a bailar sin descanso la danza que estaban practicando cuando llegué, aún no entiendo para qué.
Al principio pensé que se reirían de mí, pero en cuanto me marcaron los primeros pasos, me di cuenta de que podía seguirlas sin problema.
Tengo muy buena memoria coreográfica; de algo me tenía que servir haber asistido a clases de diferentes tipos de baile.
De pequeña, me apuntaron a ballet , y con los años he hecho un poco de todo.
Siempre he necesitado moverme, sentir que mi cuerpo está en forma.
Y oye, los pasos aquí no son tan distintos de ciertas disciplinas modernas, aunque mucho más sensuales.
Algunas de las chicas se mostraron simpáticas conmigo, corrigiéndome y sonriendo cuando me equivocaba. Otras, en cambio, parecían disfrutar cada vez que me descoordinaba, como si desearan verme meter la pata.
Un golpeteo fuerte contra la madera, seguido de una voz grave que resuena en la sala común, me saca de mis pensamientos y a mis compañeras, del sueño.
Todas se incorporan casi al unísono, como si estuvieran en un campamento militar.
Yo tardo un segundo más, y una de las más jóvenes me da un ligero empujón en el hombro, indicándome que las acompañe.
Camino con ellas hasta el patio lateral, donde ayer me vistieron con la ropa que aún llevo puesta. La brisa de la madrugada huele a tierra húmeda y a cenizas.
Las jóvenes comienzan a desnudarse deprisa. Las telas caen al suelo, dejando a la vista sus cuerpos esbeltos y resplandecientes bajo la penumbra azulada. Yo me quedo quieta, con el corazón acelerado, sin saber a dónde mirar.
Junto a una gran tinaja de barro hay una hilera de cuencos de cerámica.
Cada chica coge uno, lo llena con agua fresca y lo vuelca sobre su cuerpo, lavándose con la misma naturalidad con la que yo lo haría en el baño de mi casa.
El agua resbala por sus pieles morenas, que brillan como bronce bajo las lámparas de aceite encastradas en las paredes; la mía, mucho más pálida, resalta entre todas ellas.
Después se frotan con un polvo blanquecino, para volver a enjuagarse.
Yo intento imitarlas. El agua helada me recorre la espalda y me hace soltar un tenue jadeo. Ellas se mueven deprisa, sin perder un segundo, y enseguida se untan con los aceites guardados en los recipientes. El aire se llena de olores.
Me acerco a las vasijas y las huelo una a una, hasta que me decido por un aceite con un suave toque a jazmín. Me recuerda a Valencia, a mi tierra. Lo extiendo por mi piel y me sorprende cómo se desliza, ligero pero untuoso, impregnándome de su aroma.
Algunas de las jóvenes me miran con cierta complicidad, y asienten al ver cómo lo estoy haciendo. Varias recogen del banco de piedra las telas finas que hay dobladas en montones. No son gruesas, como las de ayer, sino que ahora, entre sus manos, llevan piezas casi transparentes.
Una de las chicas, cuyas trenzas son más largas que las del resto, me tiende una prenda.
La tomo con cautela, insegura: es tan ligera que parece que se me va a escurrir entre los dedos.
Observo cómo se visten las demás y luego copio lo que hacen.
Me rodeo la cintura y la anudo sobre la cadera.
Con otro paño, aún más fino, me cubro el pecho, cruzándolo torpemente sobre el torso hasta que queda más o menos en el mismo sitio que el de las otras.
Cuando termino, me doy cuenta de que todas se han acercado a un segundo banco, sobre cuya superficie reposan pulseras, tobilleras y collares, todos también más delicados que los de ayer. Las chicas se agolpan alrededor, probándose piezas, intercambiándolas con risitas.
Yo dudo un segundo. Al final elijo un par de pulseras finas con cuentas azules y un collar ancho que cubre casi por completo mi pecho y me hace sentir un poco menos desnuda, aunque de cintura para abajo sigo prácticamente al aire.
Menos mal que me depilé el cuerpo entero antes del viaje, porque, por lo que veo, aquí es también la moda.
Completo el conjunto con un cinturón de cuentas que, al menos, me crea la falsa ilusión de llevar algo encima.
Entonces llega lo peor: las pelucas. Esta vez son lisas, con flequillo recto.
Al ponerme la mía, no puedo evitar pensar en Lola disfrazada de Cleopatra durante la fiesta del barco en nuestro primer viaje a Egipto.
Solo me falta la serpiente en medio de la cabeza y sería ella, pienso con una combinación de ironía y tristeza.
Se me forma un nudo en la garganta. Echo de menos a mis amigas.
Todo sería distinto si ellas también estuvieran aquí.
Una chica me toma de la mano y me hace sentar en un banco bajo. Varias se acercan con pequeños recipientes de piedra y palitos finos. No tardo en comprender que me van a maquillar.
Cierro los ojos cuando empiezan a trazar una línea oscura sobre mis párpados, alargándolos hasta las sienes.
La más joven se ocupa de mis labios, que pinta de un rojo intenso con un pigmento áspero que sabe a tierra y metal.
A mi alrededor, las chicas se maquillan unas a otras, riendo y compartiendo colores.
Una mujer de pómulos altos me tiende un espejo de metal pulido y me mira con satisfacción.
La superficie no refleja con claridad, pero puedo atisbar lo suficiente para no reconocerme.
Mis ojos azules resaltan sobre el negro profundo del kohl; los labios rojos parecen de otra persona, y la peluca lisa y oscura me hace sentir disfrazada.
Se oye un golpe grave de tambor, acompañado por el soplido agudo de una flauta. Todas corren hacia el patio central.
Yo me quedo parada hasta que la chica que tengo al lado, de sonrisa tímida, me agarra del brazo y me insta a caminar. Atravesamos el corredor envueltas en el tintineo de las pulseras; la música se hace más fuerte a cada paso que damos .
En el patio, todas se colocan en filas con una precisión sorprendente.
A mí me empujan al final de la última. Trago saliva, consciente de que, maquillada, vestida con estas telas vaporosas y las pulseras tintineando, estoy a punto de convertirme en una de ellas, aunque no tenga ni idea de lo que va a pasar ahora.
Las grandes puertas de madera que hasta ahora habían permanecido cerradas se abren con un chirrido, empujadas por dos hombres rapados que en ningún momento nos miran a los ojos.
Al cruzarlas, me encuentro en un patio mucho más amplio y lujoso que el anterior.
El suelo está alicatado con losas pulidas, y en el centro hay un gran estanque repleto de flores blancas y azules.
Al fondo se alzan unas puertas todavía más imponentes, que parecen dar al edificio principal del complejo.
Las jóvenes atraviesan el espacio riendo como si fuera lo más natural del mundo, hasta colocarse en orden junto a una entrada lateral. Yo avanzo con el alma en vilo, tratando de asimilar dónde estoy y preguntándome qué me espera al otro lado.
Escucho los primeros golpes de tambor. Es el ritmo que ensayamos una y otra vez ayer. Todo mi cuerpo se tensa al intuir que ha llegado el momento para el que me han estado preparando.
Cuando las grandes puertas se abren de par en par, la música nos envuelve como una corriente que nos empuja hacia dentro.
El salón es gigantesco, con columnas altísimas pintadas de muchos colores.
Hay tanta gente observándonos que me siento como en los primeros recitales de ballet , cuando mis amigas y yo éramos pequeñas, solo que aquí no son nuestras familias quienes me miran, sino decenas de desconocidos.
Trago saliva y sigo los pasos, intentando no quedarme atrás mientras avanzamos en círculos que se abren y se cierran, como olas que recorren la sala .
Siento decenas de miradas fijas en mi piel, en mis ojos. Justo después de un giro, quedo frente a un trono dorado. Sentado en él hay un hombre enorme, de hombros anchos y pecho desnudo brillando a la luz de las lámparas de aceite.
Es el faraón. Lo sé porque lleva en la cabeza esa tela a rayas, con la cobra en la frente, que se repite en los dibujos que adornan las paredes de los templos.
Conversa con el hombre de la cicatriz, el cual está de pie justo a su lado. Este mueve la cabeza en mi dirección y, cuando los ojos del faraón se clavan en los míos, dejo de escuchar la música y solo oigo el latido de mi corazón.
El guardia de la cicatriz sonríe mientras el gigante se pone en pie.
Los murmullos se detienen. Y mi pulso también, porque me está mirando el hombre más guapo que he visto en mi vida.