14
Lola
El muchacho camina delante tirando del burro. La cuerda se balancea en su mano huesuda y a cada paso levanta el polvo del sendero. A veces gira la cabeza para comprobar que lo seguimos, pero en cuanto nuestros ojos se cruzan, baja la mirada al suelo.
A los lados del camino se extienden campos ya cosechados. En la mayoría, solo quedan rastrojos secos, con algún ave picoteando entre ellos. El sol cae de lleno sobre nuestras cabezas y el aire arde, como si estuviéramos dentro de un horno.
Nos cruzamos con un anciano que carga un haz de ramas sobre los hombros. Se hace rápido a un lado y se queda quieto, observándonos con la boca entreabierta, hasta que desaparecemos de su vista.
Un poco más adelante, aparece un niño en la entrada al poblado. Se queda paralizado al vernos; duda unos segundos y luego sale corriendo hacia las casas. Su grito agudo resuena en el adobe, y poco a poco empiezan a salir mujeres, niños y personas mayores.
Carmen me aprieta el brazo. Puedo sentir su respiración intranquila a mi lado. Las miradas se clavan en nosotras, en nuestra ropa y, sobre todo, en su melena roja, que brilla como el fuego.
El rumor crece a nuestro paso. Algunas mujeres cuchichean; los niños se asoman por detrás de los muros derruidos y los ancianos nos siguen con la vista, como si no acabaran de creer lo que ven.
Baki se desvía hacia una de las casas más apartadas, en un extremo de la aldea.
Es apenas un rectángulo de barro seco, con techo plano y una tela desgarrada a modo de puerta.
El chico ata el burro a un palo hincado en la arena, acaricia su lomo y, sin mirarnos, aparta la tela. Con un gesto breve nos invita a pasar.
Dentro, huele a humo y a cereal cocido. La penumbra nos envuelve, y mis ojos tardan un momento en acostumbrarse hasta que empiezo a distinguir el interior.
En una esquina arde un pequeño hogar, bajo una vasija ennegrecida.
Contra la pared, en un lateral, hay una estera de palma.
Sobre ella está sentada una niña que apenas debe de haber entrado en la adolescencia, pero su cuerpo, tan delgado que se le marcan los huesos, y su mirada cansada la hacen parecer mayor.
Sostiene entre sus brazos a un pequeño de la edad de Luz.
La niña repasa nuestras ropas, las zapatillas deportivas que llevo y el pelo de Carmen, el cual, aun en la penumbra, reluce de un modo intenso.
Su rostro está serio, y estrecha al pequeño contra sí como si temiera que le fuésemos a hacer algo.
El niño está envuelto en un jirón gastado.
Su piel brilla a causa del sudor y respira a trompicones, con un quejido débil apenas audible.
Ella nos observa con recelo, pero también hay en su expresión una suerte de súplica. Parece dudar si representamos una amenaza o una esperanza.
—¿Quiénes son, Baki? ¿A qué han venido? —pregunta a su hermano .
El muchacho baja la vista, como si también dudara.
—No vamos a haceros daño —le respondo yo, despacio—. Pero necesitamos vuestra ayuda. ¿Dónde están vuestros padres?
Baki sacude la cabeza y me mira con los labios tensos.
—Mi padre y mi hermano mayor partieron para servir a los dioses en las guerras junto al faraón. Y a mi madre la llamó Osiris a su juicio poco después de nacer el pequeño.
Antes de que yo pueda responder, la niña rompe a hablar:
—Mi hermano está enfermo —dice, y lo aprieta más fuerte contra su pecho—. Respira mal desde hace días.
Se levanta con el niño entre los brazos y lo alza como una ofrenda hacia Carmen, que la mira con lástima.
—Si, como parece, eres la diosa leona, puedes llevarlo contigo o salvarlo, pero no quiero verlo sufrir más. Es demasiado pequeño.
—Lola, ¿qué está diciendo esta niña?
—Cree que tienes el poder de salvarlo o de matarlo.
—¡¿Qué?! ¿Cómo voy a hacer daño a una cosita así? —Carmen coge al pequeño con ternura. Posa los labios en su frente y luego me mira espantada—. Tiene mucha fiebre —me dice, con miedo en la voz.
La niña observa a Carmen con una mezcla de alivio y miedo. Baki aprieta los puños como si quisiera ayudar pero no supiera cómo. Noto su impotencia.
—Trae agua —le dice Carmen al muchacho, que me mira asustado, sin entender. Se lo traduzco y él asiente antes de salir corriendo con una tinaja de barro entre las manos.
Carmen acaricia el pelo del pequeño y después se vuelve hacia la hermana.
—Necesito ajos y miel, o dátiles. Y si tienes tomillo o menta, también podrían servir.
La niña parpadea desconcertada.
—Quiere que busques… —Le traduzco despacio. Dudo unos segundos, pero las palabras adecuadas se forman en mis labios y salen sin más.
—Aquí hay mucho humo, no sé cómo pueden respirar. —Carmen señala hacia arriba.
El techo es tan bajo que, casi sin dificultad, desplazo las palmas que tapan la zona donde arde la hoguera. El efecto es inmediato. El aire cargado comienza a salir por la abertura formando una pequeña chimenea.
Carmen tumba al pequeño en la estera y le quita el lino, pegado al cuerpo por el sudor.
Baki se acerca con un cubo con agua y lo deja junto a ella.
Mi amiga moja un paño y lo pasa con suavidad por la frente caliente, después por los bracitos delgados y el pecho, que sube y baja a duras penas. El niño no abre los ojos.
A la entrada de la choza, cada vez hay más gente que asoma la cabeza, observando con atención lo que le hacemos al pequeño.
La niña trae un manojo de hierbas y varios dientes de ajo.
Carmen, como si ya lo hubiera hecho antes, coge una cazuela renegrida y la llena de agua para después ponerla al fuego.
Machaca unos ajos sobre una piedra plana, junto con unos dátiles, y cuando el agua está tibia, saca un poco para hacer una especie de engrudo.
En el resto del líquido infusiona el manojo de hierbas.
En cuanto comienza a hervir, la choza se impregna del aroma fresco del tomillo.
El aire, antes cargado de humo, se vuelve más limpio y respirable.
Yo inhalo hondo, con el corazón encogido. No puedo apartar de mi cabeza la imagen de Patricia con esos hombres .
—Carmen, debemos irnos. Tenemos que buscar a Patri e intentar regresar a casa.
Ella me clava sus ojos verdes, tensos pero dulces.
—Lo sé, no me la quito de la cabeza, pero ¿cómo vamos a dejar a estos niños así, Lola? —susurra con un nudo en la voz—. Están solitos, no tienen a nadie. Mira a este pequeño; es de la edad de mi Luz. Si los dejamos solos, morirá, y yo no podría perdonármelo.
No sé qué contestar. Permanezco en silencio, sintiendo el peso de la responsabilidad que nos aplasta por todos lados. Patri, perdida, y ahora tres niños indefensos que nos miran como si fuéramos su única esperanza.