La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 13
20%

13

Patrici a

Cuando la puerta se abre, un aire cálido que huele a flores e incienso me envuelve.

Ante mí surge un patio amplio, flanqueado por columnas vistosas.

En el centro, un grupo de mujeres jóvenes ha dejado de bailar para observarme.

Algunas sostienen en las manos instrumentos extraños, y se escucha el leve tintineo de las pulseras que lucen.

Todas parecen cortadas por el mismo patrón: el pelo negro, recogido en finísimas trenzas, enmarca sus rostros; la misma falda blanca.

Unas tienen el pecho cubierto tan solo por un ancho collar, mientras que otras llevan una tela blanca cruzada, que deja los senos igualmente visibles.

Me miran en silencio, como si yo fuese un bicho raro. Quiero dar un paso atrás, pero el hombre de la cicatriz está demasiado cerca y me impide hacerlo.

Entonces, la hermosa mujer que me ha recibido desliza su brazo por detrás de mi espalda, me guía hacia el interior y, tras una última mirada cómplice al hombre de negro, cierra la puerta detrás de nosotras, dejándolo fuera .

Obedezco sin resistirme. Mis pies se mueven solos sobre las piedras pulidas del suelo mientras noto decenas de ojos curiosos observarme como si fuera parte de un espectáculo inesperado.

Varias se inclinan hacia sus compañeras y murmuran en voz baja.

Otras se tapan la boca con la mano y dejan escapar una risita.

De pronto, una de las chicas se adelanta y me dice algo que no entiendo, señalándome el pelo.

—¿Qué le pasa a mi pelo? —pregunto. Intento recogerlo como puedo con las manos.

Al oírme hablar, un murmullo recorre el patio. Una joven se me acerca por la espalda y hunde sus dedos en mi melena, como si quisiera comprobar que es real. Sin que yo lo espere, me da un tirón que me hace caer de culo. Una oleada de rabia me invade.

—¿Cómo te atreves? —le espeto con rabia.

Las risas estallan a mi alrededor y eso hace que me hierva la sangre.

De un salto me pongo en pie, aprieto los puños y me coloco en posición de pelea, pero una figura se interpone.

Una anciana muy obesa se ha colocado frente a mí y sus ojos me escrutan como si pudiera leerme por dentro.

Su sola presencia hace que las risas de las jóvenes se apaguen de inmediato.

Dice algo en ese lenguaje extraño, dirigiéndose a la mujer que me acompaña.

Su voz es grave y denota autoridad. Luego levanta una mano enjoyada y señala los instrumentos que sostienen algunas chicas, y otros que están apoyados en un rincón.

Distingo una especie de arpa y un tambor enorme sobre el que han dejado una flauta. Después, la anciana me señala.

No entiendo ni una palabra de lo que ha dicho, pero el gesto es evidente.

Me pregunta si sé tocarlos. Lo único que reconozco es la flauta, aunque esta es bastante más larga que la que nos obligaban a tocar en el colegio, y ya entonces se me daba fatal.

Niego con la cabeza, insegura, y la anciana chasquea la lengua con impaciencia antes de dar otra orden seca.

La mujer que me acompaña asiente y me toma del brazo.

Me conduce a una sala junto al patio. Es un espacio abierto, delimitado por celosías de madera que tamizan la luz del sol.

Varias tinajas de alabastro se alinean contra la pared, algunas de ellas tapadas con un trapo y otras abiertas, de las que emana un olor a aceites perfumados que nunca había olido.

En un rincón hay un banco bajo de piedra, cubierto con telas dobladas, y sobre él se amontonan sencillas pulseras de cobre.

La mujer me empuja suavemente hacia el centro. Da una orden y se marcha. Acto seguido, media docena de jovencitas se acercan y comienzan a desvestirme. Una de ellas tira de uno de los tirantes del mono de seda y otra la imita.

—¡Eh, cuidado! —les digo. Ellas me miran y ríen como si hubiese dicho algo gracioso, pero no se apartan.

Los tirantes se deslizan por mis hombros y el mono cae al suelo, dejándome en ropa interior. Durante un segundo, se hace un silencio extraño, como si todas contuvieran la respiración. Después, estallan nuevamente en carcajadas.

Un par de muchachas se lanzan a por la seda, que tiene una textura tornasolada, y la examinan de cerca, pasando el dedo por las costuras. El resto clava la mirada en el fino encaje de mi ropa interior.

Una, intrigada por el cierre del sujetador, lo pellizca entre los dedos y, como no sabe cómo funciona, tira de él con fuerza. Cuando lo suelta, el elástico golpea mi espalda con un chasquido seco que me arranca un quejido.

—¡Hostis! —me quejo, frotándome la espalda.

Todas prorrumpen de nuevo en carcajadas, como si hubiesen presenciado el truco más divertido del mundo. Alguna que otra imita lo que he dicho, muerta de la risa.

—Sí, sí, reíd todo lo que queráis —murmuro entre dientes, tratando de cubrirme con los brazos—, pero este conjunto de La Perla cuesta más que todos vuestros trapos juntos.

Una de las jóvenes se inclina tanto que queda a un palmo de mi cara. Me mira fijamente a los ojos. Los suyos se agrandan; murmura algo rápido, y al instante las demás se aproximan y me rodean para mirarme de cerca. Cada vez me ponen más nerviosa.

Me hacen señas para que me quite el sujetador. Me lo desabrocho con una mano y me lo quito despacio; todas miran sin disimulo mis pechos redondos y operados. Ay, Dios, qué vergüenza.

Se lo entrego a la que me lo ha pedido, que lo coge fascinada, observando los corchetes. La chica que está a su lado se atreve a tocar el aro y la copa, probando la rigidez, mientras comenta en voz baja algo que hace que las demás se acerquen con auténtico asombro.

Al mismo tiempo, otra, peinada con gruesas trenzas, desliza los dedos por la cinturilla del tanga buscando la forma de quitármelo.

Le aparto la mano y decido bajarlo yo misma antes de que vuelvan a hacerme daño tratando de arrancármelo.

En cuanto toca el suelo, tres manos se abalanzan sobre él, tirando cada una de un lado.

Hablan todas a la vez, excitadas por la curiosa forma de la prenda.

Me tapo con los brazos. Nunca me he sentido tan insegura estando desnuda delante de otras mujeres.

Me sobresalto al sentir que deslizan un trozo grueso de tela blanca por mi cintura y lo atan con un fuerte nudo en la cadera.

En ese preciso momento, la mano de una de ellas tira del brazalete.

Se me hiela la sangre. Si estoy en este lugar es por culpa de él, y también debe de ser la única forma de regresar.

La aparto y le lanzo una mirada asesina.

Si no lo entiende por las buenas, lo entenderá por las malas, pero el brazalete se queda donde está.

Capta el mensaje. En su lugar, comienza a ponerme más pulseras y tobilleras de cobre, con pequeños colgantes que tintinean cada vez que me muevo.

Me colocan también un collar de cuentas sobre el pecho desnudo.

Es ligero pero ancho, del que penden diminutas láminas metálicas que suenan igual que las pulseras.

Al moverme, todos los adornos repiquetean a la vez.

Cuando creo que ya no pueden añadir nada más, aparece otra con una peluca negra trenzada y me la encaja en la cabeza de un empellón.

Las trenzas me llegan por el hombro. Es muy pesada y me da calor, pero al ver sus caras de aprobación entiendo que, para ellas, ahora sí estoy lista.