12
Khenr a
La pequeña barca se desliza hacia un embarcadero lejos de la gran entrada ceremonial donde los sacerdotes y heraldos suelen recibirme a mi llegada a la ciudad imperial.
No deseo vítores ni cantos, por eso he viajado solo.
He librado demasiadas batallas, y las muertes pesan sobre mis hombros de una forma que ni siquiera Ra, en su renacer diario, consigue aliviar.
Me he envuelto en una tela oscura, que me cubre por completo, para descender a tierra. El bullicio me envuelve de inmediato. El aire está impregnado del humo de los braseros y del pan recién hecho. Nadie me reconoce bajo el manto. Así lo deseo.
A cada paso, el contraste se hace más evidente.
Junto a templos coloridos que se alzan hacia el cielo, hay humildes casas de adobe agrietadas por el sol.
Muchas llevan tiempo sin reparar, pues las manos que debían cuidarlas se han perdido en la guerra, y las que quedan apenas tienen fuerzas para sostener el día a día.
Mi país es más poderoso que nunca, pero ¿a qué precio?
Me deslizo por las calles como una sombra, ocultando mi rostro a la gente hasta alcanzar los muros del palacio real, donde me descubro.
Los guardias que custodian la entrada me reconocen y se postran hasta tocar el suelo con la frente.
Guardo silencio; tan solo atravieso el umbral con paso firme.
Necesito descansar antes de enfrentarme a los entresijos de palacio.
Sin embargo, mis deseos son vanos. El eco de mis pasos aún resuena en el corredor cuando una figura me sorprende en el patio.
Alto, delgado, con el rostro seco como la arcilla y los ojos afilados como cuchillos, me espera mi primer consejero.
Mi suegro. El hombre que inclinó la balanza de los sacerdotes a mi favor, asegurando que fuera yo quien subiera al trono y no la reina viuda ni su heredero.
Sellé la alianza convirtiéndolo en visir y tomando a su única hija como primera esposa.
Su mirada es la misma de siempre: fría, calculadora, más propia de un escriba que lleva cuentas que de un hombre que vela por su familia.
—Khenra, señor de las dos tierras —dice, reverenciándome lo justo, sin perder dignidad—, celebro su regreso.
El reino entero aclama sus victorias, pero, entrando de este modo a la ciudad, el pueblo ignora que su dios ha vuelto.
El pueblo debe verlo, debe sentir que su señor camina otra vez entre ellos.
Que sepan que nuestro faraón, más poderoso que nunca, sostiene la doble corona victorioso frente a todos los enemigos.
Niego con la cabeza y aprieto los labios antes de responder.
—No quiero celebraciones ni vítores. No he vuelto para escuchar cantos ni ver bailarinas, sino para encontrar silencio y librarme de las sombras que me acechan en la Duat cada vez que intento dormir.
El visir me sostiene la mirada sin pestañear.
—No es una celebración para usted, sino para el pueblo.
Si lo ven, si saben que el hijo de Ra ha regresado, las ofrendas fluirán hacia los templos como el Nilo en la crecida.
El pan, el vino y el incienso se multiplicarán en honor al nombre de su señor, y Kemet recordará que su soberano es invencible.
¿Acaso quiere privar a su pueblo de mostrarle su gratitud?
Inspiro hondo, sabedor de lo necesarias que son las ofrendas para los templos y para el palacio.
El visir se acerca un paso más y baja la voz, como si revelara un secreto.
—Pronto llegará la inundación. El río cubrirá las orillas, las tierras volverán a ser fértiles y el pueblo tendrá descanso de sus campos. Es ahora cuando deben saber que su rey está con ellos.
—De acuerdo —resuelvo con tono seco—. Da la orden para que comiencen los preparativos del festejo.
Sin permitirle decir más, me encamino hacia mis dependencias privadas. Los guardias abren los grandes portones, que vuelven a cerrar tras de mí.
La soledad de mi alcoba me envuelve, pero la calma apenas dura un instante.
Las hojas de madera se abren de golpe y una legión de sirvientes irrumpe en la estancia, como un ejército bien entrenado.
Unos portan cántaros con agua perfumada; otros, paños de lino blanco, aceites y ungüentos.
Se acercan con las manos extendidas, dispuestos a desnudarme, a lavarme, a ungir mi cuerpo como una estatua sagrada que debe prepararse para un ritual.
Doy un paso atrás. No deseo esto ahora. No los he mandado llamar, y la rabia me sube por la garganta.
—¡Fuera! —Mi voz truena tan fuerte que los muros parecen temblar—. ¡Retiraos! ¡Ahora!
Los sirvientes se miran entre sí, paralizados por el miedo. Uno tras otro van retrocediendo hasta salir de la cámara, con la cabeza gacha y sin atreverse a levantar la vista. El eco de la puerta al cerrarse me devuelve el silencio que tanto anhelaba, pero de nuevo es efímero.
Unos toques suaves en la hoja de madera, inconfundibles por su cadencia, anuncian a Satiah, quien espera mi permiso para entrar. No respondo; carezco de fuerzas, y menos aún, de deseo de verla.
La puerta se abre igualmente y ella se desliza dentro con la seguridad de quien sabe que no necesita autorización.
Viste un lino blanco tan fino que las candelas traslucen su silueta.
El vestido, ceñido bajo el pecho con un nudo, cae en pliegues hasta los tobillos.
Solo un sofisticado collar de cuentas de lapislázuli brilla sobre su perfecto busto.
Cualquier otro hombre habría sucumbido a esa visión. Pero yo no siento nada. Ni fuego, ni ansia, ni la más mínima chispa. Solo un vacío que se extiende en mi interior, tan profundo que ni la belleza de Satiah puede llenarlo.
—Bienvenido a casa —me dice, con una sonrisa ensayada—. Veo que has regresado de una pieza.
Sin aguardar mi respuesta, las yemas de sus dedos exploran mi piel, bajando con lentitud por la dureza de mis músculos forjados en la lucha.
Sus ojos me recorren al mismo tiempo, recreándose en el relieve de mi pecho y en los surcos de mi abdomen.
Su contacto es sutil, casi felino, una caricia pensada para despertar el deseo dormido.
Su atrevimiento me incomoda más que me seduce.
Su mano continúa descendiendo, con un gesto que pretende ser provocador.
Cierro los ojos. Mi cuerpo ha sobrevivido a la guerra, pero mi corazón se ha vuelto más pesado que la pluma de la diosa Maat, aquella con la que los dioses pesan las almas para decidir si son dignos de la eternidad. No siento excitación, solo indiferencia, y Satiah lo capta al instante.
Sus dedos se congelan sobre mi piel. Abro los ojos: ella me mira con cólera mal contenida. Su bello rostro se tensa en una mueca amarga; no soporta ser ignorada. Anhela, más que cualquier otra cosa, convertirse en la madre del próximo faraón.
—Algún día tendrás que mirarme como algo más que una sombra, Khenra. —Destila veneno en la voz—. El reino necesita un heredero, y yo seré su madre, lo quieras o no.
No doy crédito a sus palabras, sin embargo, sé bien de lo que es capaz ella y todos los que la rodean.
—Márchate.
Satiah vacila. Tal vez espera una reacción distinta, pero repito, con un rugido que hace temblar las candelas:
—¡Fuera de mis aposentos!
Mi esposa retrocede, con el orgullo herido, dejando tras de sí una estela densa de mirra que invade la estancia y revuelve mis entrañas.
Su perfume permanece incluso cuando la puerta se cierra, impregnado en el aire, en las telas, en mi propia piel.
Aprieto la mandíbula, refrenando el impulso de arrancarme ese olor de encima. Lo detesto.
En cambio, permanezco inmóvil en medio de la habitación, rodeado por el silencio que tanto había esperado. Aunque ese silencio no trae paz, sino el peso insoportable de mi soledad.