9
Patrici a
Me estrello contra el suelo con tanta fuerza que durante un segundo dejo de respirar.
El corazón me va a mil mientras permanezco envuelta en un brillo dorado que me impide ver más allá. Pienso que seguramente esté muerta, y que esto es el cielo.
Poco a poco, el resplandor se va desvaneciendo, y cuando logro abrir los ojos, lo primero que veo no es precisamente un cielo repleto de ángeles tocando la lira.
Es un grupo de hombres corpulentos, vestidos de negro, apestando a sudor y con tatuajes en el rostro.
Me miran desde arriba con cara de pocos amigos.
Algunos llevan cuchillos metidos en fundas colgadas a la cintura; otros apoyan lanzas en el suelo como si fueran extensiones de su propio brazo; todos ellos hablan entre sí en un idioma que no identifico.
No sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí. Si no estuviera tan asustada, pensaría que he aterrizado en medio del rodaje de La momia .
Mi cabeza intenta encontrarle sentido a algo de todo esto. Miro a mi alrededor, pero nada de lo que veo encaja con el templo en el que estaba hace un momento.
— ¡Hostis! ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? —les pregunto mientras me levanto con el corazón acelerado.
Busco el templo, las columnas, a Lola y Carmen, pero no hay nada, solo tierra, el río y estos hombres observándome como si fuera un bicho raro. Y cuanto más miro a mi alrededor, más claro tengo que ya no estoy donde debería estar.
Varios pares de ojos negros, delineados con kohl, me atraviesan con dureza. Entonces empiezan a escupir palabras incomprensibles, y uno de esos armarios empotrados me agarra del brazo con tanta brusquedad que me hace daño. Sin pensarlo dos veces, le arreo un tortazo con todas mis fuerzas.
Se hace un silencio y, después, un murmullo recorre el grupo. Algunos sueltan una carcajada, como si mi gesto fuera lo más divertido que han visto en semanas. Sin embargo, el tipo me devuelve el golpe, con tanta violencia que me lanza de nuevo al suelo.
El bofetón me deja aturdida. Me arde la mejilla, los ojos se me llenan de lágrimas y trago saliva para no romper a llorar delante de estos matones tan extraños.
Ha sido como un mazazo que ha borrado de súbito cualquier idea absurda sobre rodajes o disfraces.
El dolor me irradia por toda la cara, real. Demasiado real.
El miedo sube del estómago a la garganta, dejándome bloqueada.
Quiero gritar el nombre de mis amigas, pero me da terror la reacción de los salvajes que me rodean.
Siento rabia, humillación y, por encima de todo, una certeza que me eriza la piel: estos hombres son peligrosos, y no tengo ni idea de qué quieren hacer conmigo.
¿Matarme? ¿Violarme? Mi cabeza da vueltas y ninguna opción suena bien.
Si al menos tuviera el bolso conmigo, podría coger el móvil y llamar a mis amigas, pero me lo dejé en la escalera del templo.
Busco a Lola y a Carmen con la mirada, convencida de que en cualquier momento vendrán a sacarme de esto, como siempre hemos hecho, desde niñas.
Muevo la cabeza de un lado a otro, pero no hay rastro de ellas.
No sé si han volado fuera del templo con la explosión, como yo, o si siguen allí.
Alguien habla. Una sola palabra, seca y firme, que no comprendo. Me giro para ver de dónde procede, y lo que veo me hace temblar entera.
Es un hombre descomunal, más grande aún que todos los demás, con la piel tan oscura que los tatuajes negros apenas se distinguen en su rostro.
Lleva el pecho descubierto y, sobre él, un collar de placas doradas, que lo diferencia del resto.
Lo que más me impresiona es su cara: en un pómulo lleva un tatuaje, igual que los demás, pero en el otro le falta un trozo, como si se lo hubieran arrancado de cuajo.
La cicatriz es tan horrible que tengo que apartar la mirada.
Dos de los tipos me agarran con fuerza, sin hacer caso a mis gritos ni a mis insultos, y me arrastran hasta una gran barca amarrada en la orilla del río.
—¡Soltadme, animales! —Forcejeo, intentando liberarme.
Uno de ellos me retuerce los brazos a la espalda, con tanto ímpetu que me arranca un quejido. Noto una cuerda áspera alrededor de mis muñecas. Me empujan hasta el centro de la embarcación, donde me obligan a sentarme en el suelo y me atan al mástil, dejándome incapaz de moverme.
Entonces, la barca se pone en marcha.
Siento el tirón al separarse de la orilla, y el estómago me da un vuelco que no tiene nada que ver con el vaivén del agua. Es algo mucho peor.
Miro en todas direcciones, en busca de una pista de dónde estoy. Sin embargo, el río se abre inmenso y no hay ni rastro de las motonaves que suelen surcarlo llenas de turistas. Ni una sola lancha, ni un velero, nada que me resulte familiar. Las orillas parecen sacadas de una película antigua.
Intento convencerme de que hay una explicación lógica para esto.
Sin embargo, solo veo campesinos vestidos con una especie de taparrabos confeccionados con trapos blancos, cortando espigas de trigo con herramientas de piedra pulida.
Algunas mujeres bajan descalzas hasta el río, llenan con agua cántaros de barro y los transportan en la cabeza, con un equilibrio asombroso.
Todo parece rudimentario, pero no como lo que he visto en el gran museo, sino antiguo de verdad. Incluso la barca en la que me trasladan: es larga y estrecha, de una madera oscura que cruje con el menor movimiento.
Sentados a ambos lados de la embarcación, dos filas de hombres reman con una fuerza sobrehumana: hunden los remos en el agua y los sacan después con un chapoteo que hace vibrar la madera bajo mis pies.
Sus cuerpos son oscuros, sudorosos bajo el sol abrasador.
En la parte delantera, un individuo marca el ritmo a voces, ayudándose de un tambor que tañe sin descanso, y cuyo sonido me retumba en el pecho como un martillo; los remeros no dicen nada, ni una sola palabra, solo siguen el compás.
Sobre mi cabeza, una única vela, enorme, blanca, se hincha con el viento, de modo que da la sensación de que no navegamos sobre el Nilo, sino que volamos.
Miro el brazalete, que brilla bajo el sol, y puedo ver las inscripciones grabadas en él como si aún estuvieran calientes.
Consigo mover el brazo lo suficiente para frotarlo contra el poste al que me han atado, intentando hacer girar el adorno aunque sea un poco.
Noto que ya no está pegado a mi piel como antes.
Con gusto me lo quitaría y lo lanzaría muy lejos, pero han atado mis manos juntas, a la espalda.
Los hombres de negro permanecen de pie, apoyados en sus lanzas.
Algunos me observan como si fuese un trofeo; otros ni se molestan en disimular la forma en que me desnudan con los ojos.
No desvían la vista de mí, ni siquiera parpadean cuando les sostengo la mirada.
Nunca me había sentido así de intimidada ante nadie.
Puedo ver claramente sus sucias intenciones, y temo lo que puedan acabar haciéndome.
El gigante de la cicatriz me mira un segundo y enseguida se vuelve hacia los demás. Dice algo en ese idioma incomprensible, sin alzar la voz pero con una firmeza que hace que todos aparten la mirada de mí en el acto. Después, sus ojos vuelven a buscar los míos.
Sin pensarlo, inclino un poco la cabeza en señal de agradecimiento.
Durante un instante permanece observándome. Luego se da la vuelta y se aleja hacia la popa, fuera del alcance de mi vista.
La barca sigue avanzando veloz, y entonces veo a lo lejos lo que parece una ciudad, pero a medida que nos acercamos, la sensación de angustia se me clava en el pecho.
Desde donde estoy, debería divisar en la orilla casas bajas, sin terminar, coches obsoletos aparcados de cualquier manera y grupos de turistas seguidos de niños y jóvenes que intentan venderles todo tipo de suvenires.
Sin embargo, lo que veo es muy distinto: un palacio reluciente, rodeado de jardines verdes y arbolados.
Sus muros brillan bajo el sol como recién pulidos, y en su entrada ondean estandartes que se mecen con el viento.
Trago saliva con dificultad. ¿Qué demonios está pasando? Mi cabeza intenta razonar, pero mi cerebro se niega a ponerle nombre a lo que la cordura me grita. No quiero creerlo, me repito que debe ser un sueño, una alucinación, una locura. Sin embargo, todo es demasiado real.
Cuanto más lo pienso, más me aterra. Solo tengo una certeza: esto no es un sueño, y tampoco estoy loca. Lo que tengo delante es Egipto, sí, pero no el que conozco de mis viajes.
Entonces, me viene Lola a la mente. Lo que nos contó en el taxi de camino al templo, sobre lo que le había dicho la abuela Dolores y su presentimiento. Sus visiones de la otra vida. La trágica historia de Nebet.
De repente, todo cobra otra dimensión. Una claridad terrorífica me embarga y un pánico helado se adueña de mi espalda. Las palabras se agolpan en mi garganta.
He dado un salto en el tiempo.