10
Lola
Abro los ojos despacio, con la sensación de que la luz que ha explotado en el brazalete de Patricia aún me rodea.
Parpadeo varias veces intentando acostumbrarme al resplandor y, poco a poco, descubro que la claridad no viene de la pulsera ni de la capilla. Es el sol, en lo más alto, brillando sobre mi cabeza y calentando mi rostro.
Respiro hondo y repaso mi cuerpo en silencio: los dedos responden, las piernas también, el aire entra en mis pulmones. Estoy entera. Solo un cosquilleo extraño me recorre los brazos, como si todavía quedaran restos de aquella luz dentro de mí.
Me incorporo con esfuerzo y, al deslizar los brazos por el suelo, la tierra me araña la piel. Estoy tumbada en el fondo de una acequia seca. A mi alrededor, se amontonan fardos de paja recién cosechada, cuyas espigas se me clavan en los brazos y en las piernas.
Un gemido débil me hace girar la cabeza.
Carmen está detrás de mí, en la misma acequia, tirada de una forma tan rara que parece haber aterrizado desde un décimo piso.
La pierna torcida en un intento de espagat, un brazo doblado en ángulo recto, y el pelo, que desde hace poco luce de un color rojo intenso, lleno de paja, como si hubiera improvisado una peluca de camuflaje.
Por un momento me temo lo peor, pero entonces Carmen empieza a moverse.
Levanta el cuello, lo gira despacio, recoloca los hombros y arrastra las piernas hasta juntarlas.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? —pregunta con la voz entrecortada.
No sé qué responder.
Miro en todas direcciones: muy cerca de nosotras está el río, y en él, una gran barca que se aleja rápida de la orilla.
No es una embarcación cualquiera: es de madera oscura, larga y robusta, con los bordes decorados en oro.
La proa está tallada en forma de cabeza de halcón, cuya mirada fiera parece vigilar el horizonte.
En el mástil ondea el estandarte con el disco solar, emblema del faraón.
Los remos golpean con fuerza la superficie de un río que conozco demasiado bien.
Las voces de los hombres llegan hasta nosotras.
—¿Has oído? —dice Carmen mientras se sacude el pelo—. ¿Qué idioma es ese?
Le hago un gesto para que se calle y no se mueva. Repto hasta un matorral y me asomo lo justo para ver sin ser vista. Entrecierro los ojos, intentando enfocar mejor, y el corazón se me detiene.
Patricia está en la barca, rodeada de una docena de hombres de aspecto peligroso. Sus túnicas negras los cubren de arriba abajo. Los reconozco en el acto. Son medjays del faraón. No me lo puedo creer.
He vuelto.
—Dios mío… —logro susurrar.
—¿Qué pasa? —Carmen se pone en pie y viene hacia donde estoy.
Le hago una señal para que se agache.
—¿Quiénes son esos hombres? —me dice, mirando la barca— . Espera…, ¿esa es Patricia?
En cuanto la divisa, da un paso hacia delante. Justo cuando está tomando aire para llamar a gritos a nuestra amiga, le pongo una mano en la boca y tiro de ella hacia abajo antes de que puedan verla.
—Pero ¿qué haces? —le susurro.
Le pido que se calle y que no se mueva antes de destaparle la boca.
—¿No vamos a hacer nada? ¿Nos quedamos quietas mirando cómo esos tíos se llevan a nuestra amiga? —En su voz hay desesperación.
—No podríamos hacer nada contra ellos aunque lo intentáramos con todas nuestras fuerzas —le digo, sujetándole el brazo para que permanezca quieta.
Ella aparta mi mano de un manotazo.
—Pues yo voy a llamar a la policía ahora mismo —dice, y saca el móvil del bolsillo trasero de su pantalón.
—Ojalá me equivoque y funcione. —Rezo para que no estemos donde pienso que estamos.
—Pues claro que funciona —me contesta mientras marca el número de emergencias y se lleva el aparato a la oreja.
Pasan unos segundos de silencio absoluto. Ni un tono, nada. Despega el teléfono de su cara y lo mira fijamente, buscando las rayas que indican la cobertura.
—Carmen, tengo que decirte una cosa. No va a venir la policía.
—¿Cómo que no? Pues claro que van a venir. —Mueve el teléfono de un lado a otro buscando conexión.
Niego con la cabeza, volviendo la vista hacia la barca que se aleja con Patricia.
—Nadie nos va a ayudar —digo con un nudo en la garganta .
Carmen se queda helada un segundo, luego aprieta los labios y se cruza de brazos como una niña pequeña.
—¿Me vas a explicar qué pasa, Lola? ¿Qué ha ocurrido con el templo? ¿Dónde narices estamos? —inquiere, aturdida.
No le contesto. Solo la miro, con el corazón encogido, y dejo que el silencio lo diga todo. No sé cómo explicárselo sin que suene a locura, pero al fin me obligo a hablar.
—Carmen, estamos en Egipto, pero no el de nuestra época —murmuro sin apartar la vista de la barca—. Estamos en el Egipto de mis sueños, o peor aún, en el de mis pesadillas.
Ella abre mucho los ojos, como si empezara a entender poco a poco lo que eso significa.
—Lola…, mi niña… es muy pequeña.
Niega con la cabeza una y otra vez.
—No, no, esto no puede estar pasando. Tiene que ser un sueño.
Se pellizca por todas partes.
—Tenemos que despertar. ¿Me oyes?
Vuelve la vista hacia el río, donde la embarcación ya está muy lejos.
—Mi niña…
Y entonces su voz se transforma en un llanto desgarrador. Siento su dolor, veo como las lágrimas caen en cascada por su bonito rostro. Jamás había escuchado a Carmen llorar de ese modo, y me rompe por dentro.
Quisiera abrazarla, prometerle que todo va a estar bien, pero me quedo muda. No respondo porque no tengo una respuesta. Solo un nudo en la garganta que me ahoga mientras sigo con la mirada la embarcación que se ha llevado a Patricia, ya apenas una mancha en la distancia.
Lo único que tengo claro es que, estemos donde estemos, si una de nosotras tiene un problema, las otras dos hacen lo imposible por ayudarla. Siempre ha sido así y nada va a cambiarlo ahora.
—¡Lola! —me grita de nuevo.
Giro despacio y me encuentro con el pánico en los ojos de Carmen.
Me cala hondo y me pesa en el pecho como una losa.
Todo esto es por mi culpa. Desde ese extraño sueño con Patri en el antiguo Egipto, sabía que algo sucedía, debí estar más atenta a las señales.
No puedo evitar la sensación de haber fallado.
Recuerdo también la voz de mi abuela, la preocupación en su tono cuando me aconsejó que nos mantuviéramos juntas.
Las preguntas martillean mi cabeza una tras otra. ¿Por qué ellas? ¿Por qué mis amigas, que nada tienen que ver con mi destino, están ahora atrapadas conmigo en esta pesadilla?
El llanto de Carmen me devuelve a la realidad. No puedo derrumbarme yo también. Tengo que ser fuerte por ella, y por mí.
—Carmen —digo, tomando aire—, no sé cómo, pero te prometo una cosa: rescataremos a Patricia y volveremos a casa sanas y salvas, cueste lo que cueste.
Ella me observa con el rostro empapado en lágrimas, la mirada fija en mí como si buscara una sombra de duda en mis palabras. Al comprobar que hablo en serio, se lanza a abrazarme con tanta fuerza que casi me parte en dos, pero enseguida vuelve a llorar sin consuelo.
El sonido de unos pasos sobre la tierra me hace levantar la cabeza de golpe.
Por el camino aparece un muchacho muy joven, que camina tirando de un burro cargado de sacos de cereal.
Es delgado, apenas un crío, vestido únicamente con un humilde faldellín de una tela gruesa, atado a la cintura.
Va descalzo, con la piel cubierta de polvo y el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor.
Se detiene en seco al vernos, agachadas y con Carmen llorando como una loca en mi hombro. El animal sigue avanzando un par de pasos y rebuzna, y ese sonido alarma a mi amiga, que me suelta de sopetón.
El chico ni se inmuta. Nos mira fijamente, estudiándonos de arriba abajo como si fuéramos una alucinación. Sé lo que lo tiene confundido. Son nuestras ropas, tan distintas a las de este tiempo.
Pero no es solo eso. Su mirada se queda atrapada en la melena rojo fuego de mi amiga, que, a la luz del sol, parece arder sobre sus hombros. El chico retrocede un paso, con el susto pintado en la cara, y murmura algo que no logro escuchar.
Respiro hondo y, sin pensarlo demasiado, me atrevo a dirigirme a él:
—¡Hola! —saludo en su idioma, o eso creo. La voz me tiembla, y no estoy segura de haber pronunciado bien.
El muchacho se estremece al oírme. Sus ojos se abren como platos, deja caer la cuerda del burro y de golpe se arrodilla en el suelo. Se inclina hacia delante hasta que su frente toca la tierra, y extiende los brazos con las palmas abiertas, como si temiera ofendernos con el más mínimo movimiento.
Nos está rindiendo pleitesía, igual que haría ante un dios .
—Pero… ¿sabes hablar su idioma? —pregunta Carmen, sorbiéndose los mocos y limpiándose las lágrimas con las manos—. ¿Qué le pasa?
Me quedo paralizada sin saber qué hacer. El joven sigue con la frente hundida en el polvo del camino, como si no se atreviera ni a respirar en nuestra presencia. Reúno el valor para dar unos pasos hacia él.
—Levántate, por favor —le pido en voz baja, en ese mismo idioma que aún me resulta extraño en mi boca.
El muchacho obedece despacio, como temiendo cometer un sacrilegio. Alza la cabeza y sus ojos van del miedo a la fascinación. Cuando por fin se incorpora, su mirada se clava en Carmen. La observa con los labios entreabiertos, incapaz de apartar los ojos de su pelo.
—¡Oh, gran Sekhmet! —balbucea con voz temblorosa—. No bebas mi sangre, ya que en ella solo hallarás tierra, ni traigas la plaga a mis campos, que son el sustento de mi familia.
—¿Qué dice, Lola? ¿Por qué me mira así? —Carmen se aparta de la cara los mechones húmedos por las lágrimas.
—Es el color de tu pelo —le explico—. Cree que eres la diosa de la guerra, la diosa leona Sekhmet.
El muchacho, con manos trémulas, agarra la cuerda del burro y, a tirones desesperados, intenta hacerlo avanzar en dirección contraria, alejándose de nosotras a toda prisa.
—Detente —lo llamo con firmeza—. No vamos a hacerte daño.
Él se queda quieto, dubitativo, y poco a poco se gira hacia nosotras.
—¿Puedes decirme una cosa? —pregunto con la voz seca por la tensión—. ¿En qué año estamos?
El muchacho baja la cabeza y responde con solemnidad.
—Nos encontramos en el año veinte del reinado del faraón Khenra, mi diosa.
El pulso se me detiene por un instante. Ese nombre lo conozco. El sucesor en el trono, el mismo que apareció anoche en mis sueños y se llevó a Patricia consigo. El propietario de la tumba en la que está trabajando el equipo de Asim.
Un sudor frío me perla el cuerpo.
—¿Qué ha dicho, Lola? —Carmen me agarra del brazo.
—Dice que estamos en el antiguo Egipto —respondo, aún sin dar crédito—. Pero no en la época de Nebet, sino unos veinte años después de su muerte.
Me escucho a mí misma y me cuesta creerlo. La cabeza me da vueltas.
—No entiendo qué hacemos aquí —añado en un murmullo, como si expresarlo en voz alta pudiera brindarme una respuesta.
Pensaba que habíamos viajado en el tiempo al Egipto de mi otra vida. Sin embargo, hemos llegado muchos años después. Por más que lo intento, no comprendo lo que pasa, ni por qué.
Levanto la vista hacia el muchacho, quien continúa mirándonos con una mezcla de miedo y devoción.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto en su idioma, esforzándome para que no me tiemble la voz.
—Baki, así me llaman, mi diosa —responde, agachando la cabeza—. Te ruego que no me castigues. Hace tiempo que no llevo ofrendas al templo; apenas cosecho suficiente trigo para alimentar a mis hermanos.
Miro alrededor y no veo a nadie más.
—Tranquilo, Baki, no te haremos daño. —Intento sonar lo más firme posible—. Pero a cambio, tienes que ayudarnos.
El muchacho traga saliva, aprieta la cuerda del burro y asiente. Por un segundo, alza la mirada, y puedo percibir en sus ojos el temor y la duda ante lo que le estoy pidiendo. Sin embargo, de inmediato la baja, sumiso.
Necesitamos ayuda para rescatar a nuestra amiga, y no podremos sobrevivir solas en esta época. Por ahora, lo único que tenemos es a un chico asustadizo y un burro cargado de cereales, pero tendrá que bastarnos hasta que hallemos la forma de encontrar a Patricia y regresar a nuestro tiempo.
Si es que hay forma de hacerlo.