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Patrici a
No sé explicarlo muy bien, pero en cuanto me he puesto el brazalete, algo ha cambiado. Es como si me sintiera… mejor. Como si ya no me importaran el sudor, ni el calor, ni las arrugas en la ropa y la arena pegada a mi piel.
Sé que es una baratija, claro que lo sé, pero tiene algo.
Es lisa, de un dorado envejecido, con unos grabados tan sutiles que apenas se distinguen.
Y sin embargo, me parece de lo más cuqui.
No aprieta, pero se ajusta a mi brazo con firmeza, como si estuviera hecha para mí, y me hace sentir el metal en la piel.
No consigo apartar la mirada, ni siquiera mientras Carmen me arrastra hacia el templo como si llegáramos tarde a una boda.
El interior está abarrotado: turistas y guías compiten por hacerse oír en todos los idiomas. El calor es asfixiante, y por momentos me falta el aire.
Avanzamos a duras penas entre la marea de gente y, justo cuando creo que no puede empeorar, un enorme cuerpo sudado roza mi brazo desnudo. Me estremezco y, al mirar mi piel, veo la marca húmeda que ha dejado. ¡La veo!
— ¡Hostis! ¡Qué ascazo! —murmuro—. Me ha empapado entera.
El estómago me da un vuelco, y tengo que tragar saliva para no devolver el desayuno aquí mismo.
—¡Vamos allá! —grita Lola para hacerse oír, apuntando hacia donde Asim nos hace un gesto con el brazo para que nos acerquemos al grupo del barco.
De camino, esquivamos a una familia que se hace selfis, a una señora con un sombrero enorme que va golpeando a todo el mundo y a un turista que decide frenar en seco justo delante de nosotras, para sacar una foto a las columnas de la sala.
Asim nos recibe con una sonrisa y un beso en la cabeza de Lola.
—Os hemos reservado un sitio —dice, señalando con un leve gesto.
Sigo su mirada y encuentro a André, que asoma medio cuerpo entre la multitud, con los brazos cruzados delante del pecho y postura de guardia de seguridad—.
Desde el ascenso a la capilla solar podréis estar un poco más en alto, sin que nadie os tape.
—Genial, porque ya creía que me quedaba sin verlo —responde Lola, relajando su expresión y quitándose la mochila de los hombros.
—Ahí estaréis bien. Solo tenéis que subir unos cuantos peldaños y tendréis acceso al espacio más vip de toda la sala.
Justo al pronunciar «vip», me ha mirado. Y estoy segura de que lo ha hecho con alguna segunda intención. Es de esas indirectas que no hace falta traducir porque vienen con subtítulos.
Protestaría, por el mero gusto de hacerlo, pero la verdad es que poder estar aislada de todos los turistas me parece un privilegio.
Si estar en lo alto de una escalera significa no oler más desodorantes vencidos ni compartir humedad corporal con extraños, entonces sí. Llámalo como prefieras, te lo concedo.
Nos dirigimos hacia André, que está pendiente del grupo de pasajeras. Al vernos llegar, hace una leve reverencia y baja para que podamos subir nosotras.
—Gracias, corazón —le dice Carmen, dejando caer su enorme bolso hippie en una esquina—. ¿Queréis un poco de agua?
—Una toallita desinfectante, si tienes, te lo agradecería infinitamente —le digo suplicante, arrepentida de haber dejado en el barco el Louis Vuitton, donde llevaba literalmente de todo, para traerme mi bolso favorito de Loewe, por si luego nos hacíamos fotos.
Ella rebusca y acaba sacando un paquete entero, que me pasa.
—Es lo que tiene ser madre, que vas siempre preparada para la guerra.
Mientras me limpio a conciencia el brazo, se escuchan fuertes voces, pidiendo en inglés que la gente se aparte del corredor central.
—Está a punto de empezar —comenta Lola, entusiasmada.
Asim, que nos ha acompañado para abrirnos paso, se gira hacia ella con una sonrisa ladeada y le guiña un ojo.
—Yo me quedaré delante, controlando a mis queridas fans —bromea.
Lola ríe, le da un beso rápido y él se marcha hacia la zona delantera.
Guardo la toallita usada en el bolso, para no tirarla al suelo, y lo dejo encima del de Carmen y la mochila de Lola. Hace tanto calor que hasta el bolso me sobra.
De repente, un tímido rayo de luz comienza a colarse desde la entrada. Al principio es apenas un hilo dorado que repta por el suelo de piedra, pero poco a poco va ganando fuerza, expandiéndose por el pasillo central hasta el santuario que se encuentra al fondo de la sala.
Yo me quedo contemplándolo. Es solo un rayo de sol, ¿no? Pero algo en él llama poderosamente mi atención. Tal vez sea el contraste con las sombras. O el silencio sepulcral que se ha creado en el templo justo en este instante, mientras todo el mundo observa la luz.
Una música empieza a sonar muy suave desde lo alto de la escalera.
—¿Y esa música? —le pregunto a Carmen, que está dos escalones por encima de mí.
—¿Música, Patricia? Yo no escucho nada —me responde sin inmutarse, atenta al espectáculo.
Pero yo sí la oigo.
No es una melodía como las que escucho en el coche, ni en clase de yoga.
Es diferente. Tiene algo primitivo, hipnótico, que me atrae.
Poco a poco se va filtrando en mi interior hasta anidar en mi pecho.
Puedo distinguir el retumbar de unos tambores, graves y lentos.
Y también, un sonido metálico, ligero, como de platillos que tintinean al compás, acompañando a una flauta suave y lejana que parece flotar en el aire.
Cada nota me atrae más que la anterior. Sin pensarlo, paso junto a Carmen, apartándola a un lado.
—¿A dónde vas? —me susurra, intentando sujetarme.
—Hay música ahí arriba —le contesto, sin ni siquiera mirarla.
—¡Espera! —dice a mi espalda.
—¿Qué pasa? —pregunta Lola, siguiéndonos de cerca.
Pero yo no puedo contestar. Una fuerza invisible me arrastra hacia arriba, como si los desgastados escalones me empujaran .
Las paredes están cubiertas de grabados, y giran en una espiral que parece no tener fin. Deberían estar a oscuras, pero una luz dorada se cuela desde lo alto y se desliza hacia abajo, reflejándose en las piedras como por arte de magia.
La melodía crece con cada paso que doy. Ya no es solo un eco lejano: ahora los tambores laten dentro de mí.
De pronto, al final de la escalinata, una claridad ardiente, tan intensa como el sol, estalla desde el interior de una pequeña capilla y me ciega.
Es un resplandor dorado, líquido y vibrante, que ondula al compás de la música.
Sin embargo, en cuanto apoyo el pie en el último peldaño, la melodía se silencia de golpe.
Carmen me alcanza un segundo después.
—¿Qué coño es eso? —exclama con los ojos como platos, fijos en el fulgor que sale de dentro.
Lola, que es la última en llegar, se detiene en seco al ver la luz.
Y entonces lo noto.
El brazalete.
Primero, es un ligero cosquilleo. Después, un calor tibio que va penetrando despacio bajo mi piel. Se vuelve más fuerte, más intenso, hasta que me quema.
—¡Ah! —me quejo, llevándome una mano al brazo.
—¿Qué te pasa? —se inquieta Carmen.
—El brazalete. Está ardiendo y no me lo puedo quitar —explico, tratando por todos los medios de despegarlo de mi brazo, al que parece haberse adherido.
—¿Estáis viendo eso? —Lola, inmóvil, señala la luz.
De pronto, un rayo atraviesa el umbral y cruza el aire como una flecha encendida.
Me alcanza de lleno. El brazalete, en lugar de reflejar la luz, la absorbe. Y entonces palpita como si tuviera vida propia .
Mis dedos tiemblan intentando soltarlo. Tiro de él, una y otra vez, pero resulta inútil.
El metal, antes mate y envejecido, ahora brilla como si acabase de ser forjado, y sobre la superficie aparecen extraños símbolos, finísimos, como filigranas de oro. Uno a uno, lo rodean; cada trazo se graba con más nitidez que el anterior.
—¿Qué coño es eso? —repite Carmen, sujetándome el brazo—. ¡Lola! ¡Mira esto!
—Pero ¿qué…? —acierta a decir nuestra amiga.
Los dibujos siguen apareciendo uno tras otro, girando como si una mano invisible los trazara. El calor es insoportable.
—¡Quítatelo! ¡Ya! —grita Lola desesperada, tirando con ambas manos.
Carmen se une y las dos intentan liberarme, pero el brazalete no se mueve. Es como si formara parte de mí.
—¡No puedo! —gimo con la voz rota, a punto de echarme a llorar. No entiendo nada de lo que está sucediendo.
Y entonces, lo oímos las tres.
Un sonido seco, como el crujido de una piedra al partirse, resuena en el interior de la capilla. Un haz de luz dorada explota desde el brazalete y el suelo tiembla bajo nuestros pies.
Y todo desaparece.