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Patrici a
Lo reconozco: visitar un templo no es lo que más me apetecía esta mañana. Pero no quiero ser yo la que fastidie el día a mis amigas, sabiendo la ilusión que les hace ver lo del santuario ese.
Nuestro taxi avanza por la carretera polvorienta, detrás del minibús donde Asim y André acompañan al grupo de mujeres del club de lectura que viajan en el barco.
Salieron riendo y hablando sin parar, emocionadas y convencidas de que iban a vivir un capítulo de su propia aventura en Egipto al ver el sol entrar en un templo durante el solsticio.
Aunque todas tienen ya cierta edad, parecían niñas de fin de curso, y más de una aprovechó para acercarse a André y a Asim, haciéndoles preguntas indiscretas y poniéndoles ojitos.
Ellos no pueden evitar sonreír ante las ocurrencias y chascarrillos de las señoras.
El traqueteo del trayecto levanta el polvo del camino en nubes espesas que se cuelan por las ventanillas.
Carmen va delante, con la mirada fija en la calzada.
De pronto, el taxista pega un frenazo para esquivar a una moto cargada con tres pasajeros y una cabra.
Carmen se agarra al salpicadero y suelta, con ese genio tan suyo:
—¡Como no vayas con cuidado, te vas a ganar una colleja, Mustafá! ¡Atento a la carretera, que hay una niña pequeña que me espera en el barco!
El conductor gira la cabeza un segundo y la mira desconcertado; no ha entendido ni una palabra. Entonces ella, muy seria, repite despacio en el árabe que le ha enseñado Fátima, marcando cada sílaba como si fuera una amenaza.
— Hadar ya , o te estiro las orejas, tú verás.
El hombre sonríe nervioso, se lleva la mano al pecho en señal de disculpa y asiente varias veces antes de volver a centrarse en la carretera.
En el taxi se hace el silencio.
Miro a Lola, que no ha dicho ni media desde que salimos. Se enrosca el pelo en un dedo una y otra vez, como cuando no puede quitarse algo de la cabeza.
—Lolita, ¿estás bien? —le pregunto, acariciándole la pierna.
Ella me mira e intenta disimular, fatal como siempre.
—Venga, no te hagas de rogar y cuéntanos por qué tienes esa cara.
Suspira.
—Siento como si estuviera a punto de pasar algo.
Carmen se gira desde el asiento delantero.
—¿Un presentimiento?
Lola duda.
—No sé… Es algo que me ha dicho mi abuela esta mañana y que no me puedo quitar de la cabeza.
Estaba muy alterada. No la he escuchado bien, porque en esta parte del río hay muy mala conexión, pero lo poco que conseguí entender fue: «Manteneos juntas para poder regresar», y algo como: «Solo lo logrará quien lo desee de verdad».
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Son las cartas —añade Lola, bajando la voz, como si el chófer pudiera entendernos— . También le oí decir algo sobre el sol y una puerta. Cuando volvamos al barco, intentaré hablar con ella otra vez, a ver si hay más suerte y me puede explicar lo que ha visto.
—¡Hostis! ¡En mi tirada salió el Sol! —Abro los ojos de par en par—. Tiene que haber visto algo importante para estar tan nerviosa como cuentas.
—Además, esta noche he soñado con el antiguo Egipto —dice Lola.
—¿Otra vez? Pero si dijiste que ya no tenías esos sueños. —Carmen se gira del todo.
Lola asiente y me mira con fijeza.
—Estabas tú.
—¿Yo?
—Me vi en Abidos —continúa, sin apartar sus ojos de los míos—, en el gran salón ceremonial del palacio. Por todas partes había sacerdotes reverenciando al faraón Khenra, el hermano del hombre que acabó conmigo. Y entonces apareciste tú.
Hace una pausa.
—Caminabas envuelta en oro y de ti emanaba una luz dorada, tan intensa que los sacerdotes se arrodillaban a tu paso como si fueras la encarnación de algún dios.
Avanzaste hasta el faraón y él te tomó de la mano, como si ya fueras suya.
Yo gritaba tu nombre, intentaba advertirte, pero tú no me oías.
Sentí que te iba a hacer lo mismo que me hicieron a mí.
Me quedo sin saber qué decir, con la garganta seca. No puedo dejar de pensar en cómo acabó la vida de Lola en aquel tiempo: enterrada viva por orden de un faraón.
—No sé lo que significa, Patri —continúa ella—, pero fue tan real como los sueños que tenía antes.
Asim ha intentado restarle importancia, dice que es por todo lo que me ha contado de la excavación en la que está trabajando ahora: es en la tumba de Khenra, y opina que eso ha removido mis recuerdos.
Pero creo que puede ser una advertencia y, después de lo que me ha dicho mi abuela, preferiría que permaneciéramos juntas durante el día de hoy, ¿vale?
Ya sabéis lo que dicen: más vale prevenir…
La miro unos segundos, intentando descifrar su sueño.
—Pues es lo que me faltaba hoy: la ropa arrugada, el pelo sin planchar, ojeras que ni el corrector tapa, oliendo a pipí mezclado con mi Chanel y, encima, perdida.
Muy divertido, sí. Y para rematar, un faraón psicópata que quiere matarme en tus sueños.
Toda una fantasía, vamos. Justo lo que siempre he querido.
Aunque, ¿has dicho que estaba envuelta en oro? —añado, guiñándole un ojo con picardía.
El taxi se detiene con un chirrido de frenos en el aparcamiento abarrotado que hay frente a la entrada del templo.
Esto parecen las fallas. Por todas partes hay autobuses llenos de turistas, guías enarbolando paraguas de colores para no perder a su grupo, vendedores que se abren paso entre la multitud, ofreciendo desde escarabajos de plástico hasta botellitas con arena del desierto…
Pagamos al taxista y nos apeamos entre el bullicio.
Miro alrededor: no reconozco este sitio.
—Aquí no he estado nunca. Me acordaría de todas esas tiendecitas ambulantes. ¿Podemos ver aquella de allá antes de entrar? —les pido.
—Nunca había visto tantos puestos montados, se nota que hoy es un día especial —dice Lola—. No tenemos demasiado tiempo, hay mucha gente. El sol entrará en la sala en menos de una hora y, si no cogemos sitio pronto, no podremos ver nada.
—Porfi, solo aquella de allí, la de los collares de colores. Después, prometo entrar en el templo lleno de turistas sudados sin protestar ni un poquito.
—¡Carmen! —grita Lola, para que nuestra amiga la escuche entre la multitud.
La aludida se gira y encoge los hombros, preguntando qué pasa.
—Patri quiere ir a ver aquel puesto de allí. —Señala con el dedo el sitio donde he visto los collares de cuentas.
—Pero si no entramos ya, no lo vamos a ver. Y yo, con mi tamaño, menos —dice en voz alta mientras se acerca. Se pone de puntillas, imitando lo que tendrá que hacer si se queda muy atrás.
—Solo un momentín, cuqui. —Junto las manos a modo de súplica.
Carmen resopla, resignada.
—Vamos, Patricia, pero solo cinco minutos, ¿vale? No me gustaría perdérmelo, ya que estamos aquí.
Nos abrimos paso entre la gente hacia el puesto. El alboroto de voces, regateos y risas satura el aire.
De repente el sol, que hasta hace un instante caía de justicia sobre nuestras cabezas, se esconde tras una nube oscura que no sé de dónde ha salido. Miro hacia arriba, sorprendida. El cielo parece haberse encapotado en cuestión de segundos, como si alguien hubiera corrido un velo sobre él.
—¡Vaya! ¿Y estas nubes? —pregunta Carmen, que también alza la vista.
—Si se nubla, no se verá cómo entra la luz en el templo. —Lola mira preocupada hacia la entrada, donde cada vez se acumulan más visitantes.
A mí, la verdad, no me importa que se nuble. Sin darle mayor importancia, me acerco al tenderete, embelesada con los collares que cuelgan como cascadas de colores. Empiezo a probarme pulseras doradas, sacándolas una tras otra de distintas cestas llenas de abalorios.
No sé qué tienen estos puestecitos, pero me quedaría aquí toda la mañana.
—Patri, date prisa —dice Lola desde más atrás, sin acercarse siquiera al puesto. Observa los autobuses que siguen llegando—. Como nos demoremos aquí, no vamos a poder entrar.
—Sí, sí, ya voy —respondo sin hacerle demasiado caso, embelesada con todo lo que veo.
La mujer tras el expositor, envuelta en un manto negro que apenas deja ver su cara, saca algo de debajo de la mesa y lo deposita justo frente a mí.
Mi mano se lanza a por él antes de que nadie pueda hacerlo.
Parece antiguo, no como el resto de las baratijas. No tiene brillo, y pesa más de lo que esperaba. Sin pensar, lo deslizo por mi muñeca hasta la parte alta de mi brazo, donde encaja a la perfección, como si estuviera hecho a mi medida.
El viento comienza a soplar levemente y las nubes se abren poco a poco.
Carmen se acerca entonces y me da un ligero empujón en el hombro.
—Patricia, elige algo rápido, que parece que se está despejando. Ese te queda muy bonito. ¿Cuánto es, señora?
La anciana, con voz apenas audible, dice una cifra.
—Uff, me parece un poco caro —resopla Carmen—. Pero no tengo tiempo para regatear. Tome.
Saca un billete y se lo tiende a la mujer a toda prisa.
En ese instante, mis ojos se cruzan con los de la anciana y, por un momento, me parece haberlos visto antes.
—Venga, que no llegamos. —Lola camina deprisa hacia la multitud que tapona la entrada del templo.
Avanzo prácticamente arrastrada por Carmen. Al girar la cabeza hacia el lugar de donde veníamos, descubro que… ¡el puesto ya no está!
Ni la anciana, ni los collares, ni rastro alguno de que allí, hace escasos segundos, había un puesto ambulante. Todo se ha esfumado. Ahora, solo hay polvo movido por el viento y un hueco vacío, como si nunca hubiese existido.