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Patricia
Entro en la cocina arrastrando los pies, como una zombi en busca de mi única razón para vivir: café. Voy directa a la cafetera sin mirar nada más.
—Buenos días —escucho detrás de mí.
Fátima está sentada delante de un gran montón de patatas, pelándolas a toda velocidad casi sin mirar.
—Buenos días —respondo con voz de ultratumba—. Necesito un café bien cargado; si es posible, directo en vena.
—¿Tú estar mal, habibti ? —pregunta, reemplazando su habitual sonrisa por un gesto de preocupación. Deja a un lado el cuchillo con el que pela las patatas y se seca las manos en el trapo que lleva atado al delantal.
—No he pegado ojo en toda la noche. ¡Mira qué ojeras! —Me señalo las bolsas hinchadas bajo los párpados—. Esto no lo tapa ni mi corrector Dior de alta cobertura.
—Ay, habibti, café no bueno. Yo hacer té fuerte fuerte. Eso cura todo, verás.
Me dejo caer en el banco junto a la ventana. Estamos atracados en la orilla, el fresco de la mañana entra en la cocina, y cierro los ojos un momento.
—Seguro que ser por el in’lib el shamsi , ¿cómo decir en español?, ¿«solstiso»? —Fátima frunce el ceño mientras llena la tetera con menta fresca.
—¿Solsticio?
—Eso, eso. En noche de solstiso , Sol y Luna hablan en cielo, y la gente no duerme. Mi madre, que Alá tenga piedad de ella, decir que, cuando pasa, abrirse portales invisibles. Ra, dios de mis ancestros, dejar puerta abierta en cielo, y por ahí entrar o salir almas. Y hoy ser ese día.
La miro con una ceja arqueada, intentando adivinar si habla en serio o solo quiere asustarme.
—Cosas de Egipto, habibti —apostilla mientras se acerca y me coloca delante una taza de porcelana blanca, con el logo del barco El cielo de Isis grabado en dorado y enmarcado por delicadas flores de loto azul, que no puede ser más cuqui.
En la otra mano sostiene la tetera de cobre labrado, sujeta con un pañito de colores.
La inclina desde lo alto y escancia un chorro fino y humeante que impacta suavemente contra el fondo de la taza, despidiendo un aroma intenso a menta.
Inhalo profundo y la fragancia me impregna la nariz, despejándome de golpe hasta las ideas. Es como si acabara de esnifar Vicks VapoRub, solo que en versión egipcia y servido en taza.
—Magias antiguas, perfecto. Justo lo que mis ojeras necesitan esta mañana. ¿Y tú crees que Ra podría mandar, por ese portal, una peluquera, o al menos un buen maquillador?
Fátima suelta una carcajada mientras deposita la tetera delante de mí. Mirándome a los ojos, me dice:
—Ra no mandar peluquera, habibti , Ra mandar cosas que cambiar vida.
En ese momento, la puerta de la cocina se abre y aparece Lola, con la misma cara de zombi que yo.
—Hostis, creo que tú tampoco has pasado buena noche. Vaya cara traes, y los pelos ni te los menciono. Yo al menos he intentado hacerme una coleta.
Tras ella entra Carmen, medio corriendo, medio riendo. Persigue a Luz, que avanza a toda velocidad hacia mí. Tiene uno de los conejitos rosas que le he traído bien agarrado en sus manitas.
—¡Tía, tía, queo la tía! ¡Tú nooo! —chilla la pequeña entre risas mientras huye de su madre.
Tira el conejito al suelo, se sujeta al borde del banco, apoya una rodilla y, con un esfuerzo digno de una escaladora, consigue auparse.
Desde ahí se impulsa con un pequeño salto hasta mis piernas, donde aterriza con una sonrisa de triunfo.
Al apoyar su trasero, cubierto por el pañal, sobre mí, un olor desagradable me golpea de lleno y me provoca una arcada.
De inmediato acerco la nariz a la taza, buscando el aroma a menta, que en estas circunstancias es como gloria bendita.
—Patricia, dile algo a tu sobrina para que me deje quitarle el pañal de la noche —me pide Carmen con cara de desesperación. Está claro que esta niña hace lo que quiere con sus padres.
—A ver, princesa —empiezo con mi voz más dulce—: tú sabes que las niñas buenas hacen caso a mamá, ¿verdad?
Y que las princesitas como tú y como yo van siempre limpias y perfumadas.
Así que ahora te vas con mamá, te quitas ese pañal tan feo, que por el día no necesitas, y vuelves hecha una muñeca, con uno de los vestiditos nuevos que te he traído. ¿Vale, cuquita?
Luz me mira de reojo, agacha la cabeza hasta casi pegar la barbilla al pecho y niega mientras se agarra a mi mono de seda de Loewe, estrujándolo con toda su fuerza. Aunque me aparece el tic en el ojo, me limito a intentar soltarla para que Carmen pueda cogerla .
Cuando por fin se la lleva en brazos, disimulo mirando hacia otro lado, pero no puedo evitar bajar la vista.
En los laterales, justo donde han estado sus manos, y sobre mis piernas, se ven las marcas del desastre.
Paso la mano intentando alisar la tela, pero no hay milagro posible: van a quedarse ahí todo el día.
Sutilmente, acerco un poco la nariz para comprobar si, además, me ha dejado un recuerdo aromático, y sí, me llega un ligero tufillo nada glamuroso.
Por un momento, sopeso ir a cambiarme, pero después me digo: ¡qué más da!
, hoy las arrugas y el aroma van a juego con mis ojeras.
El teléfono vibra en el bolsillo trasero del pantalón de Lola.
—Es mi abuela —dice. Descuelga y sale de la cocina con una taza de té en la mano, en busca de cobertura.
Asim se cruza con ella en la puerta y, al verlos juntos, puedo presenciar lo que yo más deseo en este mundo para mí: algo real, sin juegos raros ni finales de mierda.
Con mi ex hubo un tiempo en el que creí haber encontrado algo parecido. Llegué a pensar que lo nuestro sería para siempre, pero terminó siendo uno de los mayores desengaños de mi vida.
Estoy cansada de buscar. En mi camino lo único que aparecen son sapos, y por mucho que los bese, ninguno se convierte en mi príncipe. Puede que ese sea el problema: que mi príncipe no exista y yo sea, simplemente, la amiga solterona de este cuento. Y encima, sin hada madrina.
Asim se acerca a Fátima y le dice algo en árabe. Ella sonríe, le hace un gesto con la mano y comienza a llenar otra de las teteras de cobre.
Él se sienta en el banco, justo frente a mí, y apoya sus fuertes antebrazos sobre la mesa.
—Parece que tú tampoco has dormido muy bien hoy, ¿verdad? —comenta con un tono entre curioso y preocupado.
— Solstiso . —Él hace gesto de no entender, y le aclaro—: Dice Fátima que es por el solsticio.
—Es posible —me responde—. Las mujeres sois muy sensibles a esas cosas, cada vez estoy más seguro de ello. Por cierto, estamos en Dendera. En este templo, hoy, ocurre algo muy parecido a lo que pasa en Abu Simbel: la luz del sol entra hasta el santuario interior.
—Ay, ojazos, tú siempre rodeado de ruinas.
—Carmen y Lola no lo han visto, y les hace mucha ilusión. Nunca ha coincidido que el barco anclara en esta orilla el día del solsticio. Así que te pediría, por favor, que no les amargues el día.
—¿Perdona? ¿Insinúas que yo les he amargado alguna vez el día? —gruño, enfadada.
—No quería decir eso, solo que intentes disfrutarlo tú también, ¿vale?
Asiento con cara de fastidio, como cuando te sueltan una bronca y sabes que, aunque no te guste, tienen razón.
Pues nada, me va a tocar ir a ver piedras rotas.
Con suerte, cerca habrá algún puesto con collares, pañuelos o anillos, y podré comprarme algo bonito.
Y si no, siempre me quedará el té con menta.