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Lol a
No sé en qué momento de la noche ocurre, si mientras duermo profundamente o en ese instante en que el sueño y la vigilia se confunden.
Solo sé que, de pronto, estoy en el interior del gran templo de Abidos, el palacio en el que Nebet vivió antes de que el faraón la desterrara a Karnak.
Lo reconozco por las gigantescas columnas que se alzan hacia el cielo, con forma de papiro cerrado y pintadas con vivos colores, y por las paredes cubiertas de relieves que narran batallas y ofrendas.
Cuando vivía ahí, yo solía detenerme ante ellos, intentando descifrar cada historia.
Este es también el lugar donde el faraón me presentó como su nueva esposa ante todo el reino, en una fiesta a la que acudió gente llegada de todas partes.
Aún puedo ver, en un rincón de la sala, el trono secundario en el que permanecí durante la larga celebración, con Behsi tumbada a mis pies como un guardián silencioso.
Sin embargo, ahora el ambiente festivo de aquella ocasión ha desaparecido.
El espacio se prepara para un rito sagrado, no para una celebración.
Docenas de sacerdotes, rasurados y con los ojos perfilados con kohl, se mueven con una calma hipnótica.
Visten largas túnicas de lino blanco, que rozan el suelo, y alrededor del cuello llevan collares anchos de cuentas, de los que cuelgan discos de bronce pulido que atrapan la luz de las candelas.
El salón entero destella con reflejos dorados que parecen moverse como olas.
Situados de pie, en hileras perfectas, los sacerdotes entonan un canto grave y repetitivo que parece brotar de las mismas piedras.
El sonido llena cada rincón, envolviéndome y haciéndome vibrar de pies a cabeza.
Poco a poco, las voces se tornan más profundas, más intensas; entonces, desde el fondo del gran salón, aparece él, el faraón, el sucesor de aquel que me condenó.
Lo reconozco al instante, y un rechazo instintivo y visceral me atraviesa el pecho. Es el hermano y heredero de quien, según la historia, destruyó tantas vidas, incluida la mía.
Ya no es el joven al que vi como nuevo faraón durante la apertura de la boca en el templo bajo.
Ahora tendrá unos cuarenta años; es alto, con el cuerpo de alguien que ha pasado más tiempo en el campo de batalla que sentado en un trono, si bien no se parece en nada a su hermano.
Lleva los brazos descubiertos y los músculos se tensan bajo la piel.
A su paso, los sacerdotes se apartan formando un pasillo perfecto. Elevan las manos hacia él, con las palmas abiertas, y luego se inclinan en una reverencia profunda antes de volver a alzarlas.
El faraón avanza con paso firme por el centro de la sala, sin desviar la mirada, hasta llegar a los escalones que conducen al trono principal.
Sube despacio, con una seguridad implacable, y al llegar a lo alto, se detiene erguido, mirando hacia la entrada opuesta, como si esperara algo o a alguien .
De repente, una claridad me ciega. Es tan intensa que me obliga a cerrar los ojos. Siento un calor distinto en la piel, como si el sol hubiese entrado de golpe en la sala. Parpadeo, y entonces la diviso.
Patricia.
Me quedo helada. No puedo entender qué hace aquí. Camina despacio, envuelta en un resplandor dorado que parece nacer de sí misma y fundirse con el oro de sus joyas. Su luz poderosa brilla más que el propio sol.
Los sacerdotes giran el rostro hacia ella. Al pasar junto a cada uno envuelta en ese resplandor, estos se apartan instintivamente, inclinan la cabeza y caen de rodillas, como si una fuerza invisible los obligara a rendirse, como si la luz quebrara su voluntad.
Cuando alcanza los escalones, Patricia levanta ligeramente la barbilla y sube con idéntica serenidad. Se detiene frente al nuevo faraón, del que queda tan cerca que casi puede rozarlo. A su lado, su figura se antoja más alta, más segura.
—¡Patricia! —la llamo, pero ningún sonido sale de mi garganta—. ¡Patri! —Vuelvo a intentarlo con todas mis fuerzas y esta vez sale un hilo de voz, débil y roto, que se pierde en el murmullo de la sala.
El nuevo faraón le toma la mano con una calma solemne y, sin desviar la vista de ella, se la lleva lejos de mí, como si le perteneciera.
—¡No! ¡No vayas con él! ¡Te destruirá, como hizo su hermano conmigo! ¡Escúchame! ¡Patricia! —digo gritando, pero ella no me oye. Él, en cambio, sí. Me sostiene la mirada unos instantes, y una sombra difícil de descifrar cruza sus ojos antes de que se aleje con ella.
Un golpe seco me arranca del trance. El barco acaba de anclar en la orilla .
Me despierto con el pulso acelerado y la piel perlada por el sudor. Desde que todo se reveló ante nosotros, desde que Asim y yo descubrimos la verdad acerca de nuestro pasado, no había vuelto a soñar con el antiguo Egipto, pero esta noche ha ocurrido de nuevo.
La habitación está en penumbra. El sudor se me enfría en segundos debido al aire acondicionado. Me levanto sin hacer ruido y me encierro en el baño. El espejo me devuelve mi imagen: el pelo aún húmedo, un par de mechones rizados pegados a la frente y unas gotas de sudor deslizándose por el cuello.
Escucho pasos acercándose, hasta que el reflejo de Asim se dibuja tras el mío en el cristal.
—Buenos días —susurra contra mi cuello. Su aliento cálido me eriza la piel antes de que sus labios me rocen con una lentitud que me desarma—. ¿Estás bien? —pregunta al ver mi rostro desencajado.
—Solo ha sido una pesadilla —murmuro.
—¿Una pesadilla? —Me gira hacia él para que lo mire a los ojos.
Yo asiento con la cabeza. No puedo disimular el desasosiego que todavía me domina.
—Cuéntamela —dice. Se sienta en el borde de la bañera y me atrae a sus rodillas. Su abrazo me envuelve y, poco a poco, mi cuerpo se relaja.
Le cuento el sueño con detalle, ya que lo tengo aún fresco en la memoria. Él me escucha sin interrumpirme.
—Seguro que es porque no paro de hablarte de esa tumba —concluye por fin, en voz baja—.
No me extraña que haya aparecido en tus sueños.
Lo siento, sé lo mucho que te recuerda a su hermano.
Pero ese hombre ya no puede hacerte daño.
Además, ahora ya no tienes que enfrentarte a nada sola. Estoy contigo, ¿recuerdas?
Le sonrío, pero, por dentro, algo se sigue removiendo, como si el sueño no hubiera terminado.
—Voy a ducharme —digo, abriendo el grifo del agua fría.
—¿Te enjabono la espalda? —me pregunta con esa media sonrisa suya que ya conozco demasiado bien.
No respondo. Entro en la ducha y dejo que el agua me empape. Asim se mete detrás de mí, me rodea con sus brazos y apoya la barbilla en mi pelo mojado.
Nos quedamos así, en silencio, mientras el agua resbala por nuestra piel.
—Estoy aquí —susurra.
Cierro los ojos y descanso la cabeza en su pecho. El agua ya no está tan fría, y su calor me protege como un escudo contra el resto del mundo. Me dejo sostener, intentando convencerme de que todo está bien.
No obstante, sigo temblando. Aún veo a Patricia alejarse con él, y yo, sin poder hacer nada. Cada segundo que pasa, una idea me inquieta más: ¿y si no ha sido un sueño, sino una advertencia?