4
Patrici a
Tras pasar horas hablando, ya entrada la noche mis amigas me acompañan hasta la habitación. Nos despedimos en la puerta con un abrazo largo y un beso que me sabe a vitamina para el alma.
Cuando cierro, me acerco al gran ventanal y descorro la cortina con cuidado.
El cristal refleja mi rostro sin maquillaje y mi coleta improvisada para domar el pelo revuelto por el viento y la arena egipcia.
El resultado es un desastre. Paso los dedos por algunos mechones sueltos, intentando sujetarlos de nuevo con la goma.
La imagen no mejora, pero al menos ya no parezco haber sobrevivido a una carrera sobre un dromedario.
Aparto la vista y abro la hoja con suavidad.
El aire del Nilo se cuela de inmediato en la habitación, húmedo y fresco, con ese olor inconfundible que me serena, aunque nunca lo reconoceré. La barca hace ya rato que ha zarpado y se desliza despacio, muy cerca de la ribera. El rumor del agua contra el casco me llega como un murmullo lejano.
Apoyo las manos en la barandilla y me dejo envolver por el paisaje, iluminado por la luz de la luna .
Entonces la veo.
Entre las cañas altas, casi confundida con la penumbra, una figura se recorta en la orilla.
Es una anciana, con la piel surcada de arrugas profundas.
Un manto oscuro le cubre el cuerpo, pero su rostro es perfectamente visible, iluminado por un rayo de luna que parece alumbrarla a propósito.
Por algún motivo absurdo, pienso que se parece a la bruja de Blancanieves, solo que en versión egipcia, sin verruga ni manzana.
Sus ojos son negros, tan oscuros que parecen absorber la luz de la luna. No parpadean. No se apartan de mí.
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza, como si el río entero se hubiera deslizado por mi espalda. El barco sigue su curso, pero esos ojos permanecen fijos en los míos.
No se mueve. Ni un solo gesto. Parece una estatua de piedra, de esas que tanto gustan en este país.
Mi respiración se acelera. Con un impulso casi instintivo, corro la cortina, como si la fina tela pudiera poner más distancia entre nosotras. Me quedo inmóvil, con la mano aún en la tela. El silencio es tan denso que parece que el barco se ha detenido.
Dudo, pero algo me empuja a mirar otra vez. Abro la cortina de golpe, esperando que todo haya sido producto del cansancio; sin embargo, está en el mismo lugar. No se ha movido, sigue quieta con sus ojos fijos en mí.
El barco continúa su avance y, poco a poco, la corriente nos empuja hacia una curva del río.
La orilla se aleja, y la mujer se va perdiendo entre la espesura.
Las cañas y las palmeras se cierran como un telón, ocultándola de mi vista.
No obstante, la sensación en mi cuerpo no desaparece, como si su mirada siguiera ahí, incluso sin verla.
«Muy bien, Patricia, lo tuyo ya es un delirio de manual», me digo.
Me obligo a hacer a un lado el pensamiento y abro las maletas.
Después de cenar, le di a Luz todo lo que le había traído, así que ya no están tan llenas.
Saco la ropa, la extiendo en la cama y la voy colgando con mimo en las perchas de madera, alisando cada prenda con las manos.
No pienso ir hecha un higo aunque esté en pleno desierto.
«Y si encima tengo que enfrentarme a fantasmas, mejor que me pille bien vestida».
Cuando las maletas ya están vacías, me encamino al baño. Necesito una ducha.
Abro el grifo y dejo que el vapor empiece a llenar el cubículo. Para mí, sentir el agua caliente cayendo por mi piel es el mejor remedio contra cualquier mal: el estrés, el jet lag y, espero que también, las ancianas misteriosas que aparecen en las orillas del Nilo.
Cierro los ojos y dejo que el calor me rodee, pero en la oscuridad detrás de mis párpados emerge de pronto una imagen clara. Dos ojos negros. Profundos.
Abro los párpados de súbito, con el pulso errático. El vapor es denso, mucho más de lo normal, y siento que me falta el aire.
De un manotazo abro la mampara para que entre el aire de fuera.
Salgo empapada, y entonces el espejo del baño me devuelve un reflejo distorsionado por el vapor. Pero, durante un segundo, habría jurado que no estaba sola. Y lo peor es que me ha parecido ver esa misma mirada detrás de mí.