La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) 3
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Patricia

Mientras nos acercamos a la dahabiya , con Luz tirando de mi mano, puedo captar movimiento en cubierta. Un grupo de mujeres forma un corrillo en torno a alguien; su entusiasmo delata quién es.

—¿Aquel no es…? —le pregunto a Javier, divertida.

—Sí, Asim, rodeado de sus fans —me responde mientras cruzamos la pasarela que da acceso al barco.

Sonrío. Supongo que para ellas no es un egiptólogo más, sino el protagonista del libro por el que han venido hasta aquí, el hombre sobre el que han leído tantas páginas.

Aunque quien se ocupa realmente de los grupos es André, siempre ocurre igual: en cuanto Asim aparece, se le acercan con admiración. Y no solo por la historia; es que mi amiga tiene un marido muy guapo.

Una vez a bordo, Luz suelta mi mano y acompaña a su padre a dejar el equipaje en la habitación que siempre me reservan.

Me fijo en las flores frescas, colocadas con esmero en el gran jarrón del recibidor.

Hoy son buganvillas y jazmín; su olor dulzón flota en el aire, y el contraste de colores alegra el espacio.

El sol entra por los ventanales y refleja el brillo del agua del Nilo sobre los suelos encerados.

Dos chicas de servicio pasan junto a mí charlando en voz baja, con toallas limpias en el brazo, camino de las habitaciones.

Me sonríen y les devuelvo el gesto con un leve asentimiento.

El rincón favorito de mis amigas es la cocina.

Es mucho más que el lugar donde se preparan las comidas; es su punto de encuentro, el corazón del barco.

Carmen está siempre en ese reducido mundo.

Lo ha hecho suyo y lo ha convertido en el más confortable de todos.

La cocina vibra con su energía. La acompaña Fátima, la cocinera.

Es una mujer de nuestra edad, dulce y reservada, que se siente feliz de formar parte de esta pequeña familia flotante.

Vivir en el barco representa para ella una libertad de la que no siempre ha gozado en tierra firme, en un país donde no es habitual que las mujeres puedan trabajar fuera de casa.

Cuando Lola se hizo cargo de la gerencia del barco, se propuso contratar a mujeres siempre que fuera posible.

Quería que este lugar fuese un espacio seguro también para ellas, donde pudieran trabajar con dignidad, sin miedo y sin pedir permiso, y lo ha conseguido.

Fátima fue la primera en llegar. Cada plato que elabora parece contar algo de su historia, como si entre el fuego y las especias pudiera curar viejas heridas y devolverle al mundo un poco de la ternura que a ella le fue negada.

Antes de entrar en la cocina, ya puedo olerlo: tortilla de patata.

El aroma me resulta familiar y reconfortante, como una caricia directa a la memoria.

Huele a las cenas de los domingos en casa de la abuela Dolores, a almuerzos en el bar de Carmen, llenos de risas y vasos de cerveza a medio terminar.

Abro la puerta y ahí están: Fátima, inclinada sobre los fogones, remueve con paciencia el contenido de una voluminosa olla, de la que escapa un vapor muy especiado; Carmen, con su nueva melena rojo fuego, hojea una libreta, apoyada en la encimera; gesticula con entusiasmo en dirección a Lola, que está sentada en el banco del rincón.

—Huele a tortilla de patata desde cubierta —les digo al entrar, risueña.

Carmen deja la libreta de golpe mientras Lola se levanta y, en cuestión de segundos, estamos las tres abrazadas, chillando, riendo y dando saltitos, sin poder contener la emoción que nos produce volver a estar juntas.

Yo, en medio, las estrecho con fuerza. Permanecemos unos segundos así, respirándonos.

—¡Hostis, cuquis, cuánto os he echado de menos! ¡Decidme que me habéis guardado un trozo bien grande de tortilla! —les digo, juntando las manos en el pecho, a modo de súplica.

—Te estábamos esperando —me dice Carmen, y destapa un gran plato redondo sobre la encimera, en el que hay una tortilla doradita que huele para morirse.

—La prinsesita ya tiene los baúles en su alcoba —anuncia Javier nada más abrir la puerta, secándose el sudor de la frente con el brazo—.

A ver si has traío ropa suficiente pal tiempecito que te vayas a quedar, porque con lo que pesa, hija, parece que vengas pa empadronarte —añade, y se lleva la otra mano a la espalda con un quejido exagerado, como si todavía le doliera por el esfuerzo.

Le lanzo una mirada rápida.

—Te creía más fuerte, pero ya veo que estás flojito —bromeo, tocándole el brazo con un dedo—.

Igual te irían bien unas clases de crossfit , o un buen personal trainer .

—Hago una pausa intencionada, como si acabara de darme cuenta de algo—.

Ah, no, claro. Que vivís en este lugar remoto, en medio de un río, donde cada día os espera una nueva orilla.

Asim aparece tras el umbral y se acerca con los brazos extendidos. Me dejo envolver por ellos unos segundos.

—No hay manera de encontrar un hombre como tú —murmuro—. ¿No tienes ningún amigo nuevo que me puedas presentar?

—¿Para qué? ¿Estás pensando en mudarte a Egipto? —me pregunta con tono escéptico.

—¿Vivir aquí? No, gracias. Menos mal que pronto dejaré de estar sola en Valencia. Me estoy volviendo loca.

Carmen coloca la tortilla en el centro de la mesa y nos sentamos todos, cada uno en su sitio. Luz, en brazos de su padre, se estira un poco y coge un trozo con la mano. Se lo mete en la boca con los ojos cerrados, saboreándolo como si fuera un manjar.

—¡Ñam! —dice con los carrillos llenos.

Y todos reímos. No solo por el gesto de la pequeña, sino por lo que significa este momento, la felicidad de estar todos juntos, sentados a la misma mesa, compartiendo algo tan sencillo, pero tan valioso, como el tiempo.

Aunque la vida nos lleve por caminos distintos, ahora estamos aquí. Y yo quiero aprovecharlo al máximo.