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Patrici a
En cuanto salgo del avión, el aire caliente me ataca sin piedad. No es una brisa, no. Es un secador industrial, en modo infierno, directo a la cara.
El pelo, recién planchado en casa, antes de los vuelos Valencia-Madrid y Madrid-Luxor, empieza a rebelarse. Por si fuera poco, el viento, mezclado con arena, se enreda en mis mechones y se pega a él más que mi mejor laca.
Me monto en el minibús, rodeada de turistas ilusionados por empezar sus vacaciones. Llevan sus cámaras al cuello, sonrisas de anuncio y esa mirada de «todo es exótico». De verdad: no sé qué le ven a este país.
Estoy a punto de sacar el móvil cuando el frenazo ante la puerta de la terminal me sobresalta. Me sujeto como puedo a la barra de seguridad, y en el instante en que mi mano toca el metal pintado de azul, noto una sensación pegajosa en la piel, que me revuelve el estómago.
—Bienvenidos a Egipto—les digo a un par de ancianos que casi se caen tras la brusca maniobra del chófer .
Mientras rezo para que aparezcan mis maletas en la cinta de equipajes, saco de mi Louis Vuitton un paquete de toallitas desinfectantes y me limpio bien las manos.
Uno de los mayores sentimientos de felicidad que experimento últimamente es cuando veo aparecer mi equipaje por la cinta del aeropuerto cada vez que vuelo. Aún no he superado el trauma de la primera vez que viajamos aquí: la cinta vacía, mi maleta perdida, y yo, al borde del colapso.
Después de la eterna cola para pagar el visado de entrada, salgo por las puertas automáticas de la terminal de llegadas tirando de las pesadas maletas.
Del otro lado están Javier, con una sonrisa de oreja a oreja, y la pequeña Luz, que ha crecido bastante desde la última vez que la vi, hace un par de meses. Al divisarme, a la pequeña se le ilumina su redonda carita y extiende un bracito, señalando en mi dirección.
Me acerco a ellos con paso decidido, esquivando a un montón de personas de todas las nacionalidades, como si estuviera en una carrera de obstáculos.
—¡Hola, chiquitina! —le digo, agachándome para quedar a su altura—. ¡Cuánto has crecido!
Luz asiente con la cabeza, pero se esconde un poco detrás de las piernas de Javier y agarra con fuerza el dobladillo de su camiseta.
—Te he traído muchas cositas muy «cuquis» —prosigo—: ropa bonita, muñecos con brillibrilli y, sí, también mucho maquillaje del que te gusta.
La pequeña no dice nada; sin embargo, sus ojos se agrandan y sale de detrás de su padre para acercarse a mí.
—¿Qué pasa, mi arma ? ¿Ha ido bien el vuelo? —Javier me da dos sonoros besos .
—Todo genial, no me han perdido las maletas. ¿Qué más puedo pedir? —le contesto, sarcástica.
Él agarra mi equipaje. Al hacerlo, me mira sorprendido.
— Quilla , ¿qué llevas dentro, piedras? —Resopla, fingiendo no poder moverlas—. Si pesan más que un camello dormío .
Yo no puedo hacer otra cosa que reírme con su salero andaluz mientras él tira de mi equipaje como si arrastrara dos sarcófagos con momia y todo.
—Espero que hayas elegido un buen taxi.
—El mejor. Ya sabes, pa ti to lo bueno siempre, prinsesa —me dice, y su tonito irónico no me hace ni pizca de gracia.
Como me temía, al llegar al vehículo me encuentro exactamente lo que había visualizado en mis peores pensamientos.
El coche es viejo, muy viejo: tiene una pátina de óxido en el chasis que no disimula ni un poquito su avanzada edad, y una ligera inclinación hacia la derecha que me hace sospechar que una de las ruedas no está todo lo inflada que debería.
—Maravilloso —bufo.
Me detengo un segundo frente a la portezuela, dubitativa. No por el calor, ni por el cansancio, sino porque la manecilla pide una dosis urgente de desinfectante.
—¿Esto es lo mejor que has podido encontrar? —le susurro a Javier, conteniendo las ganas de volver a entrar en la terminal y pedir asilo político en la sala vip.
—¡Yo, con la tía Pati! —exclama la pequeña, mientras abro la puerta con tan solo dos dedos. Cojo en brazos a Luz y, nada más introducir la cabeza en el habitáculo, el olor me golpea; es un mezcla de humedad, tabaco rancio, gasolina y algo dulzón que intenta imitar al ambientador de coco.
Echo una ojeada rápida al interior. Los asientos están hundidos y la espuma asoma por varios puntos, como si el coche estuviera en proceso de descomposición. La tapicería es de un tono marrón indefinido, salpicada de manchas que no quiero analizar. Trago saliva.
Con sumo cuidado, apoyo un solo glúteo sobre el borde del asiento y coloco a Luz sobre mis piernas como si fuera de porcelana.
—Cuqui, no toques nada. Las manitas, arriba —le susurro, sujetándoselas suavemente por las muñecas—. ¿Y la silla de seguridad? —pregunto sin apartar la vista del reposacabezas, donde hay un parche pegado con cinta aislante de la que cuelgan algunos pelos negros.
—Aquí no existe eso —me responde Javier—. ¿Pa qué? Si los coches no tienen ni cinturones pa amarrarlas —añade, y se encoge de hombros con una sonrisa.
—Lo que yo digo… No sé cómo habéis conseguido que la niña sobreviva en este país lleno de peligros. ¿Tienes ganas de vivir en Valencia, cerca de la tía Patricia? —le pregunto a la pequeña.
Ella asiente con la cabeza y sus coletitas me hacen cosquillas en la nariz.
—Al cole —me dice, aún vergonzosa.
Sonrío. Esta peque es monísima. Hasta en un taxi con olor a coco tóxico.
Observo a Javier, que va delante. Le da indicaciones al conductor en un árabe que me suena igual que si estuviera recitando una receta de cuscús.
—¿Cómo están mis dos loquis? —pregunto, refiriéndome a Lola y a Carmen.
—Carmen, preciosa como siempre —responde él con una media sonrisa—. Y Lola tenía que recibir a un grupo nuevo que ha viajado desde Barcelona con André .
—Vamos, que no para. También como siempre —murmuro con una mezcla de orgullo y resignación—. Esta mujer vive entre tumbas, templos y museos.
Javier asiente con la cabeza mientras el taxi avanza entre claxonazos.
El chófer baja su ventanilla; el aire me da directamente en la cara y respiro hondo. «Mal hecho», pienso en cuanto se me llena la boca de un sabor a cable quemado, orina de camello y tabaco de shisha . Me raspa la garganta y me deja claro que he vuelto.
Miro a Luz, que se ha quedado dormida en mis brazos, y le acomodo la cabeza con cuidado. Pagaría con mis sandalias Jimmy Choo edición limitada por bajarme de este coche, agarrar a mis amigas y llevarlas de vuelta a España, porque, sin ellas, ya no sé muy bien dónde se encuentra mi lugar seguro.