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Patricia
La cremallera de la maleta grande se resiste.
—Vamos, un poquito más —murmuro. Me afano en apretarla con la rodilla sin que todo lo que llevo dentro salga disparado.
Cuando por fin consigo cerrarla, me dejo caer sobre la cama. Mi corazón late más deprisa de lo que debería a estas horas de la mañana.
Miro el reloj.
—Hostis, qué tarde es. Si no me doy prisa, perderé el vuelo.
La pantalla del móvil vuelve a iluminarse en la repisa del baño. Es un mensaje de Carmen confirmándome que Javier irá a recogerme al aeropuerto con la pequeña Luz.
No puedo evitar sonreír. Estoy deseando verla. Sé perfectamente que soy su tía favorita, y no es solo porque cada vez que voy a visitarlas lleve una maleta entera llena de cosas para ella. Bueno, quizás sí tenga algo que ver.
Esa pequeña es mi debilidad, y aunque ha pasado sus tres años de vida en el barco donde también viven mis amigas, es una niña feliz.
Es muy curiosa e inteligente. Estoy deseando que termine el verano, ya que entonces Carmen volverá a Valencia, junto con Javier y la pequeña, para que esta empiece al colegio, y podré consentirla todo lo que ella quiera.
Carmen ha construido una familia preciosa.
Y Lola ha encontrado por fin el lugar al que siempre sintió que pertenecía.
Ahora vive feliz junto a Asim, navegando por el Nilo mientras cuentan la historia que los unió en otra vida, y que se hizo conocida en todo el mundo gracias a todo lo que se publicó en la prensa acerca del descubrimiento de la tumba de la reina Nebet y el libro que escribieron sobre ellos.
Yo me alegro de verdad por mis dos amigas.
Salgo del baño, abro el armario y saco un conjunto cómodo para el viaje.
Mientras me visto deprisa, pienso en que toda mi vida he buscado ese amor verdadero que veo hoy en día en los ojos de ellas dos cuando miran a sus parejas.
¿Por qué yo no puedo tener algo así? Puede que no exista el hombre que busco. Un hombre con mayúsculas. Alguien capaz de cualquier cosa por mí, no como los niñatos que hay ahora, que en cuanto las cosas se ponen un poco difíciles, salen corriendo. O peor aún, hacen como mi ex: buscarse a otra.
Gracias a la pensión compensatoria que conseguí en el divorcio y a la herencia que me dejaron mis padres, no tengo que preocuparme por el dinero.
Podría vivir en cualquier parte del mundo que quisiera, sin dar palo al agua.
Pero eso no ha ido nunca conmigo. Con los treinta ya cumplidos, necesito hacer algo con mi vida. Tener una rutina. Sentirme útil.
Desde hace unos meses, trabajo como personal shopper para clientas con mucho dinero y poco tiempo.
Mujeres que quieren vestir bien, pero no saben por dónde empezar a comprar o que, simplemente, prefieren que alguien lo haga por ellas.
Y para qué negarlo, se me da muy bien. Me gusta entrar en una tienda y saber exactamente qué le va a quedar perfecto a alguien incluso antes de que se lo pruebe.
No lo hago por necesidad, lo hago porque me mantiene ocupada. Si no, no sé muy bien qué sería de mí.
Desde que Lola y Carmen se marcharon, hace ya tres años, nada ha vuelto a ser igual.
El barrio entero me parece distinto, más triste, más gris.
Cuando paso por el antiguo bar de Carmen, no puedo evitar mirar hacia el interior, como si mi amiga fuese a saludarme desde detrás de la barra o Lola estuviera esperándome, lista para echarme la bronca porque he llegado tarde.
Aunque la decoración es la misma, ni la tortilla sabe igual ni la cerveza está tan fresca como antes.
Apoyo el móvil sobre el tocador y vuelvo a abrir el correo. Reviso la reserva del vuelo, por si se hubiese producido un retraso en la hora de embarque, pero no es así. No sé cómo me las arreglo, pero siempre salgo con el tiempo pegado al culo.
Suspiro al leer en el correo el destino final del viaje: Egipto.
Nunca entenderé qué le ven a ese condenado país.
Si no fuese por las ganas que tengo de abrazar a Lola y Carmen, buscaría cualquier excusa para no subirme en el avión.
Odio ese país, y no solo por el calor, la arena, la contaminación y todo lo demás, sino porque me las ha robado a ellas, a mis amigas del alma.
Ahora ya no tengo a nadie a quien arrastrar al gimnasio, ni de compras o al cine los domingos, a ver el último estreno con un tanque de palomitas para compartir.
En lugar de eso, paso las horas muertas mirando en el móvil las fotos y los vídeos en los que aparecemos las tres juntas, evocando momentos felices que ahora parecen tan lejanos .
Hemos sido inseparables desde que éramos adolescentes, pero ahora solo hay videollamadas esporádicas con mala conexión y audios de WhatsApp que reescucho cuando me invade la nostalgia y necesito sentirlas cerca. Supongo que es mi manera de estar menos sola.
Muchas tardes, cuando no sé qué hacer, termino en casa de la abuela de Lola. Es uno de los pocos lugares donde todavía me siento en paz. Esa casa desprende un olor especial: a hogar, a familia, y para mí es casi como si fuera la mía propia.
La cocina sigue siendo la misma de siempre.
En el centro está la mesa camilla de toda la vida, con su faldón gastado y las cuatro sillas alrededor.
Cuántas tardes habremos pasado ahí sentadas las tres…
A veces, charlando de cualquier tontería; otras, confesando secretos que no le contamos a nadie más.
Algunas noches, en lugar de salir a las discotecas, nos montábamos allí nuestra propia fiesta privada.
Poníamos música y bailábamos hasta que la abuela Dolores se levantaba y nos obligaba a bajar el volumen, alegando que íbamos a despertar a todo el barrio.
En ocasiones, mientras la abuela Dolores deambula por la cocina, miro las sillas vacías e imagino a mis amigas sentadas ahí, hablando de cualquier cosa o riéndose mientras tomamos un café y compartimos un trozo de bizcocho aún caliente.
La madre de Carmen y la abuela Dolores son amigas desde siempre, así que ellas dos prácticamente crecieron juntas en esta casa.
Yo las conocí el primer día de colegio, cuando un compañero me tiró de la coleta en el patio y las dos salieron a defenderme, sin importarles que el niño en cuestión fuese mayor que ellas.
Desde ese día, empecé a visitarlas casi cada tarde, para merendar, y ese lugar acabó convirtiéndose también en mi casa.
Mientras mis padres viajaban constantemente, por trabajo, y yo pasaba de una niñera a otra, allí encontré lo más parecido a una familia.
Y cuando los perdí en aquel accidente de coche, ninguna de ellas me dejó sola ni un momento.
Ayer mismo fui a despedirme de la abuela Dolores. Después de mucho insistirle, accedió a echarme las cartas, algo que últimamente evita. Dice que prefiere leerlas cuando está sola, porque así se concentra mejor.
Recuerdo las tres cartas sobre la mesa.
—Aquí hay un viaje —dijo, señalando la primera.
Yo me encogí de hombros, pues las dos sabíamos que justo hoy viajo a Egipto. Pero ella no parecía referirse a eso.
Sus dedos se deslizaron despacio por la segunda carta y frunció el ceño.
—Esto habla de un cambio, de esos que dan la vuelta a la vida de una persona.
La carta mostraba a una mujer coronada, rodeada de flores y luz.
Las manos de la abuela avanzaron hasta la última carta, pero se detuvieron antes de tocarla y sonrió.
—¿Qué pasa con esa carta? —le pregunté.
La abuela la miró unos segundos más, todavía sonriente, antes de recoger la baraja.
—El Sol abre caminos —murmuró al final—. Y en esa posición, junto a las otras dos cartas, indica un viaje, pero también un destino.
Estoy terminando de vestirme cuando el móvil vuelve a vibrar y me saca de mis pensamientos. Es la alarma: debo salir ya si no quiero perder el vuelo. La apago y me miro un momento en el espejo mientras paso los dedos por el pelo recién planchado .
Cojo las dos maletas y salgo al pasillo.
Antes de cerrar, me quedo unos segundos en el marco de la puerta, revisando el interior del piso. Todo está ordenado; no tengo plantas, ni un gato, nada por lo que deba preocuparme.
Activo la alarma y cierro la puerta con llave. El sonido resuena en el largo pasillo de mármol.
«Dos semanas», pienso. Dentro de dos semanas estaré de vuelta en la comodidad de mi casa.
Mientras espero el ascensor, mi mirada vuelve a la puerta cerrada. Una sensación extraña me recorre. Algo parecido a un presentimiento, aunque no sabría de qué.
Las puertas del ascensor se abren con un leve zumbido. Entro, dejo las maletas en el suelo y me miro en el espejo del fondo.
—Bueno, Patricia —murmuro para mí—, empieza tu aventura egipcia.
La bombilla del techo del ascensor parpadea y, durante un instante, la luz se refleja en el espejo con un brillo dorado que me obliga a entrecerrar los ojos.
Las puertas se cierran.
Sin saber muy bien por qué, resuenan en mi cabeza las palabras de la abuela Dolores:
«El Sol abre caminos».