La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2) Prólogo
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La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2)

La elegida de Ra (Diosas del Nilo 2)

Por Maite Ciges

© inepub.com

Prólogo

Khenr a

Desde lejos, ya distingo la gran ciudad de Abidos, corazón de mi reino y de mi poder. No ha cambiado desde la última vez que pisé estas tierras sagradas. Las guerras por defender las fronteras de Kemet han durado muchas inundaciones y se han llevado demasiadas vidas.

Regreso convertido en un hombre muy distinto al que partió: en mis hombros pesan años de combate, y en mi cuerpo se alojan dolores que ya no se disipan cuando Ra renace tras su batalla nocturna.

Abidos me recibe con el mismo esplendor de siempre: templos erguidos hacia el cielo, estandartes ondeando al ritmo del viento y ese perfume inconfundible de incienso y loto que flota en el aire. Todo parece igual… salvo yo.

Un trono silencioso me espera, junto a una corona que ya no deseo. También me aguarda un harén que jamás pedí y una esposa que me fue impuesta mediante alianzas tejidas en las sombras del poder, no en la luz de un afecto sincero .

Todas las miradas están puestas en mí, a la espera de un heredero para el trono de las dos tierras, y aunque debo cumplir con ese deber, no entregaré mi semilla a una mujer a la que no ame.

Tras la última batalla, y en contra de la opinión de mis hombres, he viajado solo, sin los medjays que siempre me acompañan.

El jefe de mi guardia, mi más leal compañero, se opuso con firmeza, pero aunque soy su amigo, también soy el faraón, su dios, y no le quedó más remedio que doblegarse a mi voluntad.

Lo hizo de mala gana, con preocupación en sus ojos.

Ahora que la embarcación se desliza veloz, con la vela extendida y la corriente a favor, vuelvo a sentir el río como cuando era niño: libre y en silencio. Pero no quiero llegar aún. No sin antes verla.

Dirijo la barca hacia una pequeña lengua de tierra donde los juncos crecen sin orden y el silencio parece vetusto.

Oculta entre las cañas y las palmeras, se encuentra la humilde morada de la anciana.

No hay señal que la identifique, pero sé que está ahí.

Desde que me convertí en faraón, siempre ha vivido en este lugar.

Me aproximo sin prisa hasta su puerta y empujo la cortina de lino que cubre la entrada. El interior me recibe en penumbra y bajo el humo del incienso. El aire es denso pero no sofocante. Aquí el tiempo no existe.

Está sentada sobre una estera desgastada, envuelta en un tejido oscuro. Sus manos, arrugadas como papiros, descansan sobre sus rodillas. No se gira. No me mira, pero sabe que he llegado.

—Has vuelto —afirma sin levantar la voz.

La rodeo y tomo asiento frente a ella. La observo un instante. Su rostro es un mapa de grietas, pero en sus ojos hay una luz que ninguna sombra ha logrado apagar .

—Estoy cansado, anciana —murmuro al fin—. He regresado con vida, pero algo en mí se ha perdido por el camino.

Sus ojos, oscuros como la noche sin luna, me escrutan.

—No es tu cuerpo el que está agotado —responde—, sino aquello que lo habita. El mundo te ofrece oro, poder, mujeres, pero tú no encuentras en ello alimento.

Saco un fardo de lino de entre mis ropajes y lo lanzo sobre el suelo. Al caer, se abre y varias joyas brillan bajo la tenue luz del fuego.

—Tengo todo lo que cualquier hombre desearía —afirmo con una amargura que no intento disimular—. Los dioses me han colmado de honores. He cruzado las tierras del desierto, he vencido a ejércitos, he reclamado ciudades en su nombre, ofreciendo cada victoria a su gloria. Y sin embargo, estoy vacío.

Me detengo. El silencio cae entre nosotros como una piedra en un pozo profundo.

—Ya no hay asombro —prosigo—. Ni gozo, ni esperanza. Ahora solo tengo la obligación de engendrar descendencia con una mujer a la que no deseo y que no alberga ningún afecto por mí.

La anciana cierra los ojos y, durante un instante, permanece inmóvil.

Luego, toma un puñado de pétalos de loto azul ya secos y los vierte en un cuenco con agua.

El perfume llena la estancia. La superficie del líquido transparente vibra, apenas alterada.

Ella observa sin articular palabra. El fuego que arde en medio de la choza proyecta su silueta sobre el muro de barro, y por un momento parece más antigua que el propio río.

Con lentitud, la anciana se inclina hacia delante y, fuera de la estera, apoya las manos sobre la tierra seca.

Sus dedos finos y nudosos rozan el polvo con una delicadeza casi ceremonial.

Las uñas largas y agrietadas raspan la superficie, como si trazaran una línea, luego otra, y después un pequeño círculo que encierra el centro de ambas.

—Cuando la tierra se agrieta —dice al fin, sin levantar la vista— es porque la crecida se acerca. Lo que ahora percibes como vacío es el anuncio de lo que está por llegar.

No comento nada, solo la miro, esperando entender aquello que mi razón aún no comprende.

La mujer se inclina; de entre las joyas que yacen desordenadas sobre la estera escoge un brazalete.

No parece más valioso que los demás. Su textura es lisa, de oro pulido, sin dibujos ni inscripciones.

Lo sostiene entre sus dedos con una lentitud reverente.

Por un hueco en la pared, un rayo de sol penetra en la cabaña y acaricia el metal.

La luz lo enciende con un resplandor deslumbrante, como si el propio dios Ra lo reconociera.

Entonces, la anciana alza el brazalete aún más hacia la luz, lo sostiene con firmeza y, con la cadencia de quien habla desde otro tiempo, pronuncia en voz baja:

—Cuando los rayos de Ra lo toquen, el alma perdida hallará el camino.

En ese preciso momento, como si el oro la hubiera escuchado, el brazalete comienza a arder suavemente. Frente a mis ojos, las palabras aparecen, una tras otra, grabadas por una luz incandescente, sin fuego ni cinceles.

Aunque no hago ni un solo gesto, en mi interior algo se agita. Siento un temblor leve en el pecho, como si esas líneas ardientes no labraran solo el metal, sino también mi alma.

El brazalete ya no es el mismo: ha sido marcado.

La mujer no parpadea. Sostiene la joya entre sus manos como si acabara de despertar a un dios dormido. Luego baja despacio los brazos y lo deposita en la palma de mi mano. El metal está tibio, como si los rayos del gran dios Sol permanecieran en su interior.

—¿Para qué quiero esto? —pregunto sin apartar los ojos del brazalete.

—Es una llave. Ella vendrá a ti guiada por su luz. Será tierra fértil, donde crecerá tu semilla.

Quiero creerla, ya que nunca se ha equivocado. Sus palabras han guiado decisiones cruciales en el reino, salvado vidas, evitado plagas, pero esto es distinto. Hace tiempo que renuncié a la idea de que alguien pudiera amarme tan solo como hombre. No como soberano, ni como hijo de los dioses.

Me pregunto cómo alguien puede venir desde la luz de Ra a curar un Ba que hace tiempo se volvió de piedra.

Guardo el brazalete en la bolsa de lino como quien acepta un amuleto. Luego recojo con cuidado el resto de las joyas de oro, porque sé que dejarlas ahí sería una ofensa para ella, y las guardo también.

Me incorporo y llevo la bolsa a mi cintura. La aseguro con un doble nudo a mis ropajes, ciñéndola al cuerpo. Luego me despido con una leve inclinación de cabeza y salgo de la cabaña.

La luz me golpea el rostro al cruzar el umbral. Camino de vuelta a la barca que me espera en la orilla, atada a los juncos, mecida por la corriente.

Al saltar a bordo, mis ropas se sacuden.

El lino se abre como un velo y la bolsa que portaba entre los pliegues cae al agua.

Me asomo por la borda con el corazón acelerado; estiro el brazo, en un impulso desesperado por sujetarla, pero ya es tarde.

Entre los reflejos dorados del agua, las joyas y el brazalete se hunden sin que yo pueda impedirlo.

No hago ningún intento por recuperarlo; el río ha hablado. Y tal vez nada ni nadie pueda cambiar mi destino.