Capítulo 27 Celebrar algo
Las crisis personales tienen una característica profundamente incómoda: al resto del mundo le da exactamente igual que existan.
La vida sigue. Los correos siguen llegando y las reuniones continúan apareciendo en el calendario. Mientras tanto, la gente sigue preguntando si prefieres leche de avena o normal mientras tú intentas recordar cuándo fue la última vez que respiraste tranquila.
Aquella semana en la agencia estábamos organizando el evento del vigésimo aniversario y el nivel de estrés colectivo empezaba a rozar ya lo psiquiátrico.
Todo el mundo corría por los pasillos: creativos, comerciales y proveedores hablando un dialecto corporativo completamente incomprensible para cualquier ser humano normal.
La agencia quería celebrar sus veinte años a lo grande.
Y cuando una empresa de publicidad decide celebrar algo, el resultado suele parecer una mezcla entre fiesta sofisticada, secta corporativa y boda cara de gente guapa.
Había que decidir sobre flores, luces, photocall, invitados, vídeos emocionales, discursos, regalos, música, cócteles, y probablemente la alineación moral completa del universo.
Yo llevaba tres días discutiendo con un proveedor porque las letras luminosas del escenario tenían menos presencia de la prevista, que es una frase completamente absurda que, sin embargo, entendí perfectamente en cuanto la escuché.
Y honestamente, aquello me estaba viniendo bien. Muy bien. Porque mantener la cabeza ocupada en problemas ridículos relacionados con iluminación decorativa dejaba muchísimo menos espacio mental para pensar en hackeos, chantajes, desfalcos financieros y posibles ruinas matrimoniales o económicas.
Eva estaba absolutamente entregada al evento, Posiblemente porque desayuna algas fermentadas con nombre impronunciable, hacía que recorriera la agencia como una mezcla entre directora creativa y comandante militar
Aquella mañana apareció en mi despacho con un café en la mano y energía suficiente para alimentar una pequeña central eléctrica.
—Necesito que me confirmes hoy el seating de clientes porque el CEO quiere sentar juntos a los de Lexus y los de Estrella Galicia para “generar sinergias emocionales”.
La miré unos segundos.
—¿Qué significa exactamente una sinergia emocional?
Eva ni pestañeó.
—No tengo ni idea, pero suena carísimo, así que habrá que hacerlo.
Durante unas horas conseguía olvidarme de verdad del miedo.
Contestaba correos, hablaba de centros florales, discutía sobre iluminación cálida y elegía tipografías para un photocall gigantesco donde personas muy bien hidratadas fingirían espontaneidad delante de fotógrafos.
Y nadie notaba nada raro en mí. Ni Eva. Ni mis compañeros. Ni siquiera yo durante algunos momentos.
Supongo que los adultos hacemos eso constantemente: seguir trabajando mientras por dentro intentamos impedir discretamente que la vida se desordene demasiado.
A veces incluso me sorprendía pensando algo absurdo sobre la fiesta —si las velas del cóctel combinarían con el tono del escenario, por ejemplo— y durante unos segundos olvidaba completamente que mi marido podía estar sentado sobre una bomba profesional capaz de estallarnos en la cara en cualquier momento.
Luego el móvil vibraba. Y todo volvía otra vez.
No siempre era Álvaro, muchas veces solo mensajes normales: Lucía mandando fotos de Bali medio descalza en templos imposibles, Javi preguntando si quedaba pizza, el grupo de las chicas discutiendo sobre si Pilar debía hacerse flequillo porque aparentemente el terrorismo capilar femenino nunca descansa.
Pero aun así cada vibración me tensaba automáticamente el cuerpo.
Como si en cualquier momento fuera a aparecer una noticia capaz de partir la vida en dos mitades: antes y después.
Aquella tarde, mientras revisábamos la escaleta del evento en la sala de reuniones, me quedé mirando a mi alrededor unos segundos.
Las paredes estaban cubiertas de campañas exitosas mientras alrededor la gente debatía sobre creatividad con intensidad casi filosófica, los junior intentaban aparentar entusiasmo pese a las ojeras y Eva defendía apasionadamente la experiencia inmersiva de una entrada con humo y música en directo como si el futuro de la civilización dependiera exactamente de aquello.
Y pensé algo bastante triste, y es que gran parte de nuestras vidas adultas consistía precisamente en eso: en organizar celebraciones, reuniones y cenas bonitas mientras intentábamos que nadie notara demasiado las grietas.
Los cuatro días siguientes desaparecieron en una nube de llamadas, cambios de última hora y decisiones absurdamente urgentes sobre cuestiones que, vistas con un mínimo de perspectiva histórica, probablemente no importaban nada. Pero así funciona la publicidad: todo parece crítico mientras sucede.
El evento finalmente se celebraría en el Casino de Madrid, en la calle Alcalá, porque al parecer si una agencia cumple veinte años no basta con poner unas copas y unas luces bonitas; hay que crear una experiencia sofisticada, aspiracional y ligeramente intimidante para que todo el mundo recuerde que seguimos siendo modernos aunque algunos ya tengamos una edad donde las lumbares empiezan a opinar.
La cuenta atrás convirtió la agencia en un pequeño manicomio elegante.
Cada hora surgía un problema nuevo: que si las invitaciones VIP, que si un cliente quería cambiar de mesa, que si el DJ “no entendía el concepto sonoro de la noche”, que si las flores parecían demasiado nupciales, que si las luces favorecían poco los vídeos para redes sociales.
Hubo incluso una reunión de cuarenta minutos para debatir si los camareros debían llevar americana negra o blanca porque, al parecer, eso modificaba completamente la narrativa visual del evento.
Yo asentía ya a todo con la serenidad mental de una rehén. Y quizá precisamente por eso aquellos días me ayudaron tanto, pues apenas me dejaron tiempo para pensar en otra cosa.
Álvaro seguía extraño, más silencioso de lo normal y constantemente pendiente del móvil, pero ambos habíamos desarrollado una especie de pacto tácito para no convertir cada noche en una reunión de crisis matrimonial-financiera.
Nos cuidábamos así: dejándonos respirar a ratos.
Y finalmente llegó la gran noche.
Me quedé unos segundos frente al espejo intentando decidir si todavía era una persona funcional o simplemente una mujer correctamente maquillada sobreviviendo por inercia.
Había elegido un vestido verde oscuro de gasa, ligero y fluido, con una caída bonita que conseguía exactamente lo que una espera de ciertos vestidos a partir de los cincuenta: parecer sofisticada sin necesidad de dejar de respirar.
El tejido se movía al caminar con una especie de ligereza etérea que me hacía sentir más descansada y glamurosa de lo que realmente estaba.
Me había alisado el pelo y las mechas rubias destacaban más de lo habitual cayéndome sobre los hombros con ese efecto de peluquería recién hecha que dura aproximadamente tres horas antes de que Madrid y la humedad destruyan tus aspiraciones estéticas.
Cuando salí del baño, Álvaro levantó la vista del móvil.
Y por primera vez en varios días le cambió completamente la cara.
Me miró unos segundos antes de sonreír de verdad.
—Estás increíble.
La frase me pilló completamente desprevenida.
Porque aquellas palabras no sonaron a frase automática ni a una de esas expresiones de apoyo que los matrimonios repiten por costumbre cuando las cosas se complican.
Había algo genuino en su voz, una sinceridad tranquila que me desarmó más que cualquier discurso elaborado.
Quizá por eso me afectó tanto. Mientras lo escuchaba, sentí cómo algo que llevaba días desordenado dentro de mí empezaba a recolocarse lentamente, como si una parte de la fuerza que creía perdida hubiera decidido regresar sin hacer ruido.
Como si durante unos segundos todavía pudiéramos seguir siendo simplemente nosotros: una mujer arreglándose para un evento y un marido mirándola con orgullo desde la cama.
Y no una pareja intentando ignorar que el suelo bajo sus pies empezaba a tambalearse.
Me acerqué para ponerme los pendientes frente al espejo del dormitorio y Álvaro se levantó despacio acercándose por detrás.
Me rodeó suavemente la cintura.
—Vas a arrasar esta noche.
Sonreí mirándonos reflejados en el espejo.
—Espero al menos no tropezarme delante de todos esos directivos que llevan relojes más caros que mi coche y hablan de estrategia como si fueran a reorganizar el planeta después del postre.
Álvaro apoyó la barbilla en mi hombro.
Y durante unos segundos los dos fingimos muy bien que todo seguía siendo completamente normal.
El Casino de Madrid estaba espectacular.
Desde la entrada todo parecía diseñado para impresionar suavemente, sin necesidad de caer en la vulgaridad de los eventos que gritan lujo demasiado fuerte.
Las escaleras iluminadas, los enormes salones históricos, las lámparas reflejándose sobre el mármol y aquel murmullo elegante de copas, conversaciones y música hacían que por una noche todos pareciéramos versiones ligeramente mejores de nosotros mismos.
La agencia había conseguido exactamente lo que buscaba: que todo el mundo al entrar sintiera inmediatamente que estaba en un lugar importante donde merecía la pena ser visto.
Había luz cálida en los puntos justos, centros florales enormes pero sofisticados, camareros impecables moviéndose entre grupos de clientes y una pantalla gigantesca proyectando campañas históricas de la empresa mientras sonaba música lo bastante moderna como para parecer actual y lo bastante discreta como para que los directivos pudieran seguir escuchándose hablar a sí mismos, que al final es lo que más les gusta.
La gente estaba impresionada, se notaba enseguida.