La edad del Ibuprofeno Capítulo 26 Lo que no se cuenta
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Capítulo 26 Lo que no se cuenta

Quedé con Bea dos días después en una cafetería cerca de Salesas de esas donde todo el mundo parece trabajar en algo creativo aunque probablemente la mitad solo estén respondiendo correos con cara intensa delante de un portátil.

Madrid había amanecido gris, con ese cielo bajo de otoño que vuelve la ciudad un poco más elegante y un poco más triste al mismo tiempo.

La terraza estaba llena de gente perfectamente vestida fingiendo que el estrés se lleva bien cuando se acompaña de café de especialidad y zapatillas blancas carísimas.

Bea ya estaba allí cuando llegué.

Llevaba un jersey negro sencillo, el pelo recogido deprisa y unas gafas enormes detrás de las cuales seguía teniendo esa mirada peligrosamente lúcida que hacía imposible contarle una mentira convincente.

Se levantó para abrazarme.

—Tienes mala cara.

—Gracias, siempre tan delicada.

—Es una de mis virtudes más infravaloradas.

Aquello me hizo sonreír por primera vez en días.

Nos sentamos junto a la ventana y durante unos minutos hablamos de cosas cotidianas: del tiempo, de Lucía en Bali, de que Madrid en otoño consigue que incluso la depresión parezca sofisticada.

Pero Bea me conocía demasiado bien.

Y tardó exactamente siete minutos en dejar la taza sobre el plato y mirarme fijamente.

—¿Qué pasa?

Suspiré despacio.

Había dudado mucho antes de quedar con ella porque una parte de mí sentía que contar algo equivalía automáticamente a volverlo más real.

Y otra parte, quizá todavía más adulta, empezaba a comprender que el miedo pesa menos cuando alguien más lo sostiene contigo un rato.

Miré alrededor antes de hablar, como si en la mesa de al lado pudiera haber periodistas financieros infiltrados entre tostadas de aguacate.

—Hay problemas en el despacho de Álvaro.

Bea no reaccionó inmediatamente. Solo esperó. Siempre hacía eso, nunca interrumpía las cosas importantes.

​—​        ​ Parece que uno de los socios se ha metido en operaciones… turbias.

La palabra quedó flotando entre el ruido suave de la cafetería.

Bea apoyó lentamente ambas manos alrededor de la taza.

—¿Turbias cómo?

Negué con la cabeza.

—No sé exactamente. Y tampoco quiero saber demasiado. Pero hay chantajes, dinero de por medio y clientes internacionales bastante oscuros.

Por primera vez desde que nos sentamos vi a Bea ponerse realmente seria.

—¿Álvaro está implicado?

La pregunta me salió del pecho antes de pasar por el cerebro.

—No.

Demasiado rápido quizá.

Bea lo notó, claro que lo notó. Pero también fue lo bastante elegante como para no remarcarlo.

—¿Entonces por qué estás tan asustada?

Me quedé callada unos segundos mirando la calle detrás del cristal.

La gente seguía caminando deprisa bajo el cielo gris cargando bolsas, cafés y vidas normales.

Y precisamente eso era lo que más vértigo me daba últimamente: lo rápido que una normalidad puede empezar a resquebrajarse sin hacer ruido.

Volví a mirar a Bea.

—Porque aunque Álvaro no haya hecho nada malo… firmó documentos confiando en otra persona. Y ahora nadie sabe hasta dónde llega realmente todo esto.

Bea soltó aire lentamente.

Y ahí apareció la antigua analista financiera. La mujer que llevaba veinte años viendo cómo las empresas maquillan incendios mientras sonríen en las juntas de accionistas.

—Eso es lo peligroso.

—¿El qué?

—Que probablemente todavía nadie sabe cuál es el verdadero problema.

Sentí un escalofrío pequeño recorriéndome la espalda.

Bea siguió hablando con esa calma suya que siempre resultaba un poco inquietante.

—Las empresas no suelen hundirse por el error inicial, Marisa. Se hunden por todo lo que hacen después intentando contenerlo.

La frase se quedó conmigo inmediatamente, porque sonaba demasiado cierta.

Removí el café ya frío sin necesidad.

—Álvaro está fatal.

Bea asintió despacio.

—Claro.

Y luego añadió algo que me dejó todavía más incómoda:

—Los hombres como él creen que su valor está en no perder nunca el control. Cuando descubren que el suelo puede moverse debajo de ellos… lo viven casi como una humillación física.

Aquello describía exactamente la cara de Álvaro las últimas noches.

Me apoyé contra el respaldo suspirando.

—No sé cómo ayudarle.

Bea me miró fijamente unos segundos.

—Ya lo estás haciendo.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Cómo?

—Quedándote tranquila mientras él se cae un poco.

La frase me desarmó por completo.

Porque quizá tenía razón. Porque a cierta edad el amor ya no consiste tanto en salvar al otro como en acompañarle mientras atraviesa cosas que no puedes arreglar por él.

Bea dio un sorbo pequeño al café y luego habló otra vez.

—Solo ten cuidado con una cosa.

—¿Con qué?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Con pensar que la gente corrupta siempre parece corrupta. Casi nunca funciona así. La codicia nunca empieza a lo grande. Empieza cuando alguien descubre que puede cruzar una línea… y no pasa nada

El ruido de la cafetería siguió alrededor de nosotras exactamente igual.

Pero de pronto sentí frío.

Me quedé un momento en silencio mirando cómo la gente seguía entrando y saliendo de la cafetería con una tranquilidad que empezaba a parecerme casi ofensiva.

Luego levanté la vista hacia Bea.

—¿Tú qué harías?

Ella soltó una pequeña sonrisa cansada.

—¿Como amiga o como exanalista financiera traumatizada?

—Las dos cosas.

Bea apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos lentamente.

—Como amiga te diría que no te adelantes a escenarios catastróficos porque todavía no sabéis realmente hasta dónde llega esto. Y porque ahora mismo Álvaro necesita una casa, no otro comité de crisis cuando llega por la noche.

Aquello me hizo bajar la vista un instante., porque sabía exactamente a qué se refería.

Llevábamos días viviendo en una especie de estado de alerta silenciosa donde cualquier conversación terminaba girando alrededor del despacho aunque intentáramos evitarlo.

Bea continuó:

—Pero también te digo una cosa: no le dejes encerrarse solo en eso. Los hombres como Álvaro se convencen enseguida de que tienen que sostenerlo todo solos para proteger a los demás, y al final acaban hundiéndose por agotamiento antes incluso de que explote el problema real.

Asentí despacio. Sí. Eso era exactamente Álvaro. Responsable hasta lo absurdo. Convencido de que cuidar significa cargar él con todo.

Bea dio otro sorbo al café antes de seguir hablando, esta vez con un tono más frío, más técnico.

—Y como exanalista financiera… bueno.

La vi escoger cuidadosamente las palabras.

—Si se demuestra que uno de los socios ha participado conscientemente en operaciones ilegales, el despacho entero entra automáticamente en una zona muy complicada.

Noté otra vez aquel nudo desagradable instalándoseme en el estómago.

—¿Complicada cómo?

Bea empezó a enumerarlo casi con la serenidad de quien describe una tormenta que ya ha visto demasiadas veces.

—Auditorías internas agresivas. Revisión de operaciones internacionales. Clientes importantes congelando proyectos hasta entender qué está pasando. Bancos revisando exposición. Y si la cosa escala de verdad…

No terminó la frase inmediatamente.

—¿Qué?

—Fiscalía. Hacienda. Prensa económica. Posibles investigaciones sobre trazabilidad de fondos y responsabilidades compartidas.

La palabra compartidas se me quedó clavada.

Porque ahí estaba el verdadero miedo.

No Ricardo, sino la posibilidad de que el desastre terminara arrastrando también a quienes habían confiado en él.

Bea me observó con atención.

—Escúchame bien, Marisa. En estos casos muchas veces no hace falta que alguien sea culpable directamente para acabar completamente destrozado.

Sentí literalmente frío en las manos.

—Álvaro no sabía nada.

—Lo sé.

Y lo dijo sinceramente.

—Pero las investigaciones no funcionan con intuiciones morales. Funcionan con firmas, autorizaciones, correos y cadenas de responsabilidad.

Aquello me dejó muda unos segundos. Porque de pronto entendí la verdadera dimensión del miedo de Álvaro. No era solo perder dinero, ni prestigio.

Era perder la seguridad de saberse claramente inocente dentro de algo sucio.

Bea debió notar cómo se me cambiaba la cara porque inmediatamente suavizó el tono.

—Oye. También puede pasar otra cosa.

La miré enseguida.

—¿Qué?

—Que consigan contenerlo antes de que salga fuera. Que sacrifiquen internamente al socio traidor, negocien discretamente y el despacho sobreviva.

Aquello sonaba casi esperanzador.

Hasta que Bea añadió:

—Pero incluso en ese escenario, nada vuelve exactamente a ser igual después.

Y esa frase, dicha tan tranquila mientras fuera seguía pasando gente con bolsas de Zara y cafés para llevar, me pareció una de las cosas más adultas y más tristes que había escuchado últimamente.

Nos quedamos un rato más hablando de cosas pequeñas, casi por necesidad biológica.

De series absurdas, de una exposición que Bea quería ver antes de que la quitaran y de lo insoportable que se estaba poniendo Madrid con los precios de cualquier cosa mínimamente moderna servida en una taza de cerámica irregular.

Supongo que el cerebro necesita descansar un poco incluso del miedo.

Cuando pedimos la cuenta ya empezaba a oscurecer fuera y las luces amarillas de las tiendas se reflejaban en el asfalto húmedo de la calle.

Madrid tenía esa belleza melancólica de las tardes de otoño en las que todo parece ligeramente cinematográfico aunque por dentro una esté pensando en auditorías, chantajes y posibles delitos financieros.

Asentí lentamente. Aunque ambas sabíamos que probablemente algo sí había cambiado ya para siempre Yo seguía dándole vueltas a todo lo que acababa de contarme cuando me di cuenta de algo bastante evidente: llevaba casi una hora hablando de mi miedo y del problema de Álvaro, y apenas le había preguntado a Bea cómo estaba ella realmente.

La miré por encima de la taza ya vacía.

—Oye… ¿y tú cómo estás?

Bea arqueó una ceja.

—¿Quieres la respuesta corta o la que acaba con otra botella de vino?

—La auténtica.

—Pues sorprendentemente bien.

Aquello sí me sorprendió.

—¿De verdad?

Asintió despacio.

—Sí. Todavía hay días en los que me despierto y pienso que tengo que conectarme al banco o revisar mercados asiáticos y luego recuerdo que ya no es mi problema.

Soltó aire lentamente.

—Y hay algo bastante liberador en eso.

La observé con atención.

Seguía habiendo cansancio en ella, claro. Y una especie de desconcierto vital inevitable después de dedicar media vida a un trabajo que de pronto desaparece. Pero también percibí algo nuevo: ligereza, como si una parte de ella estuviera empezando a respirar mejor.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Bea se encogió ligeramente de hombros.

—No tengo ni idea.

Y aquella sinceridad sonó muchísimo más sana que cualquier plan perfectamente estructurado.

—Lo único que sé es que no quiero volver a trabajar como analista financiera. No quiero volver a vivir pendiente de mercados, informes trimestrales y reuniones donde hombres agotados fingen que entienden la vida porque entienden gráficos.

Aquello me arrancó una sonrisa.

Bea continuó:

—Necesito tiempo para mí. Para pensar quién soy fuera de todo eso. Reinventarme un poco.

La palabra quedó flotando entre nosotras con una mezcla rara de miedo y entusiasmo.

—Aunque seguramente terminaré haciendo algo relacionado con gestión de patrimonio —añadió—. Después de veinte años escuchando a ricos preocupados por seguir siendo ricos, una acaba aprendiendo cosas útiles.

—Y contactos precisamente no te faltan.

—Exacto. Tengo media agenda de Madrid financiero acercándose peligrosamente a la jubilación y completamente aterrorizada con sus inversiones.

Aquello me hizo reír.

—Vamos, que acabarás montando una consultoría elegante donde cobrarás muchísimo dinero por decirle a señores mayores que no inviertan en criptomonedas.

—Ese es exactamente mi sueño empresarial.

Nos reímos las dos y por un momento todo volvió a sentirse ligero, como antes de que las conversaciones adultas empezaran siempre a incluir hipotecas, despidos o posibles delitos financieros.

Luego Bea dio un sorbo al café ya casi frío y añadió:

—Pero antes me voy.

—¿Ah sí?

Asintió con una pequeña sonrisa que esta vez sí parecía verdaderamente ilusionada.

—La Provenza francesa. Un mes.

—Qué maravilla.

—Voy a empaparme de cultura, de pueblos preciosos y probablemente también de cantidades irresponsables de vino.

—Eso último me parece importantísimo para el crecimiento personal.

—Por supuesto. Quiero leer, caminar, comer queso carísimo y fingir que soy una mujer sofisticada europea que entiende de lavanda y pintura impresionista.

La miré sonriendo. Y por primera vez desde que la despidieron tuve la sensación de que quizá Bea no estaba perdiéndose. Quizá simplemente estaba soltando una vida que ya no quería seguir viviendo igual.

Ella debió notar lo que estaba pensando porque añadió muy bajito:

—Ya veré a la vuelta qué hago con mi vida.

Y lo dijo sin angustia. Como alguien que, por primera vez en muchísimo tiempo, había dejado de correr.

Nos levantamos despacio.

Y justo antes de irnos, Bea me abrazó fuerte. No uno de esos abrazos rápidos y sociales que la gente se da por costumbre. Uno de verdad.

—Escúchame —me dijo separándose apenas para mirarme—. Todavía no ha pasado nada irreversible.

Bea me colocó el cuello del abrigo como hacía siempre, en ese gesto medio maternal suyo que ocultaba detrás de su sarcasmo permanente.

—Y otra cosa. No cargues tú también con todo. Bastante tendrá Álvaro con intentar sostener el despacho como para que tú te conviertas además en su muro de contención emocional veinticuatro horas al día.

Solté una pequeña risa cansada.

—¿Me estás diciendo que no dramatice?

—No. Te estoy diciendo que duermas, comas y sigas poniéndote tus cremas futuristas. El bienestar empieza por aceptarse a una misma. Y si además te rellenas el surco nasogeniano, mejor.

Aquello me hizo reír de verdad por primera vez en varios días.

Nos despedimos en la esquina y vi a Bea alejarse calle abajo con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, caminando deprisa entre toda aquella gente que seguía viviendo su martes normal sin saber que el mundo de otros podía estar tambaleándose a pocos metros.

Yo me quedé quieta unos segundos antes de empezar a caminar hacia el coche.

Tenía las ideas más claras. Muchísimo más claras.

Pero no por ello me sentía más tranquila.