Capítulo 25 Firmas
El jardín quedó otra vez en silencio.
A lo lejos alguien cerró una ventana. Sonó una copa. Una televisión empezó a emitir el himno de algún concurso absurdo. Vida normal.
Y quizá por eso resultaba todavía más inquietante pensar que, mientras todos seguíamos organizando cenas, barbacoas y partidos de pádel, dos personas habían ido acercándose lentamente delante de nosotros sin que nadie entendiera realmente lo que estaba pasando.
Álvaro levantó la cabeza al oír mi voz. Intentó sonreír, pero aquella sonrisa no llegó nunca a sus ojos.
Tenía la cara cansada, el nudo de la corbata ligeramente aflojado y esa expresión de quien lleva horas sosteniendo un peso que ya empieza a resultar insoportable.No respondió enseguida.
Se acercó hasta mí, me dio un beso en la frente y apoyó un instante la mano sobre mi brazo.
—Déjame cambiarme... —dijo con un hilo de voz—. Luego te lo cuento.
Lo vi alejarse por el pasillo hacia nuestro dormitorio sin volver la vista atrás y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo se había colado en nuestra casa antes incluso de que él cruzara la puerta.
Todavía no sabía qué era. Ni siquiera podía imaginar su alcance.
Pero sí tenía la certeza de que aquella noche la tortilla de patatas iba a quedarse fría sobre la mesa.
Subí un momento al dormitorio para ver si necesitaba algo, pero la puerta del baño estaba cerrada y el sonido del agua de la ducha me hizo cambiar de idea.
Si Álvaro se había metido directamente bajo el agua nada más llegar, era porque necesitaba quitarse de encima algo más que el cansancio del día.
Volví a la cocina y apagué el extractor.
El silencio de la casa me resultó extraño.
Normalmente, a esas horas ya estaríamos hablando de cualquier tontería.
Que si el atasco de la M-40, que si el vecino había vuelto a podar el seto como si quisiera ganar un concurso de jardinería o que si Thor había decidido, una vez más, apropiarse del sofá antes que nosotros.
Aquella tarde no había nada de eso.
Solo el ruido del agua cayendo en el baño y la sensación incómoda de que algo no iba bien.
Thor se acercó moviendo la cola y apoyó el hocico en mi pierna. Le acaricié la cabeza casi sin darme cuenta.
—Ni tú ni yo sabemos qué pasa, ¿verdad?
Me miró con esa cara tan seria que ponen los perros cuando no entienden una palabra de lo que dices, pero están convencidos de que ha llegado el momento de mostrar apoyo moral.
Cinco minutos después oí abrirse la puerta del dormitorio.
Álvaro apareció con un pantalón de deporte y una camiseta vieja de manga corta, de esas que se negaba a tirar porque, según él, todavía estaban "perfectamente para estar por casa".
Llevaba el pelo aún húmedo y tenía mejor cara que al entrar, aunque solo lo justo para que cualquiera que no le conociera pensara que había sido un mal día en la oficina. Yo sí le conocía.
Llevaba más de treinta años haciéndolo.
Y sabía distinguir perfectamente cuándo estaba cansado y cuándo estaba preocupado.
Se sentó a la mesa sin decir una palabra mientras yo le servía la tortilla. Normalmente habría cogido un trozo de pan antes incluso de sentarse o habría protestado porque me había vuelto a pasar con la cebolla. Aquella noche se limitó a darme las gracias en voz baja.
Empezamos a cenar en silencio.
No era un silencio incómodo. Después de tantos años juntos habíamos aprendido que no hacía falta llenar cada minuto de conversación. Pero aquel era distinto. Era un silencio demasiado pendiente de sí mismo, como si los dos estuviéramos esperando que alguien diera el primer paso.
Álvaro apenas había probado un par de bocados cuando dejó el tenedor sobre el plato y se quedó mirando la tortilla sin verla realmente.
Fue entonces cuando comprendí que ya no podía esperar más.
—Ahora sí... ¿me vas a contar qué ha pasado?
Álvaro levantó despacio la vista y suspiró antes de responder.
—Creo que hoy ha empezado el peor problema al que me he enfrentado en toda mi carrera.
Álvaro permaneció unos segundos con la vista fija en el plato antes de hablar.
—Esta mañana hemos descubierto un problema muy serio en el despacho.
Esperé a que continuara, pero volvió a quedarse callado.
—¿Qué clase de problema?
Suspiró despacio.
—Han entrado en nuestro sistema informático. Han accedido a documentación confidencial y están utilizando esa información para chantajearnos.
La palabra me produjo un escalofrío.
—¿Chantajearos?
Asintió con la cabeza.
—Piden dinero para no hacer públicos determinados documentos.
No entendía gran cosa de todo aquel mundo. Siempre había pensado que el trabajo de Álvaro consistía en reuniones eternas, contratos con demasiadas páginas y clientes capaces de convertir cualquier asunto en urgentísimo. Pero aquello sonaba completamente distinto.
—¿Y pueden hacer eso?
—Poder, pueden. Otra cosa es que se salgan con la suya.
Cogió el vaso de agua y dio un pequeño sorbo antes de continuar.
—El problema es que, mientras intentábamos averiguar qué habían encontrado, ha salido a la luz otra cosa mucho peor.
Le miré sin decir nada.
—Uno de los socios llevaba tiempo trabajando con un cliente importante y parece que no hizo las cosas como debía.
—¿Ha hecho algo ilegal?
Álvaro tardó unos segundos en responder.
—Eso todavía no lo sabemos. Pero ocultó información al resto de los socios y ahora todo apunta a que ese cliente está relacionado con el ataque.
Intenté ordenar todas aquellas piezas en mi cabeza.
—O sea... que alguien la ha liado y ahora pagáis todos.
Esbozó una sonrisa cansada.
—Más o menos.
—Pues vaya compañero de trabajo.
Aquello le arrancó una sonrisa algo más sincera, aunque duró apenas un instante
—El problema es que, cuando trabajas en un despacho como el nuestro, los asuntos importantes no los lleva una sola persona. Se revisan entre varios, se firman entre varios y todos damos por hecho que quien está al frente ha hecho bien su trabajo.
Asentí despacio. Eso sí podía entenderlo.
Era como cuando una madre firmaba la autorización para una excursión del colegio sin leer las tres páginas de letra diminuta porque daba por hecho que nadie iba a llevar a treinta niños al Himalaya. Confiabas y punto.
Álvaro bajó la mirada.
—Yo también firmé algunos documentos relacionados con ese cliente.
Noté un vuelco en el estómago.
—¿Y eso puede meterte en un problema?
Se quedó unos segundos pensándolo antes de contestar.
—No porque haya hecho nada malo. De eso estoy completamente tranquilo. El problema es que, cuando las cosas se complican, a veces cuesta mucho explicar quién sabía qué y quién simplemente estaba haciendo su trabajo.
Nos quedamos callados unos segundos.
Fue entonces cuando hice la única pregunta que de verdad me importaba.
—Álvaro... mírame.
Esperó unos segundos antes de hacerlo.
—¿Tú has hecho algo de lo que tengas que avergonzarte?
Negó con la cabeza sin dudarlo.
—No.
—¿Has cobrado dinero que no debías?
—Jamás.
—¿Has firmado sabiendo que había algo raro?
Volvió a negar.
—Nunca.
Respiré despacio.
—Pues entonces ya tenemos lo más importante.
Él dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Me levanté para recoger los platos y los dejé en la encimera sin prisas.
—No digo que sea sencillo. Digo que es importante. Porque lo demás ya veremos cómo acaba. Pero dormir sabiendo que has hecho las cosas bien... eso no te lo puede quitar nadie.
Álvaro me observó en silencio.
—¿Sabes qué es lo que más miedo me da?
Negué con la cabeza.
—Llevo más de treinta años construyendo una reputación. Me he pasado media vida intentando que la gente confíe en mí. Y ahora siento que todo eso puede venirse abajo por haber confiado en la persona equivocada.