La edad del Ibuprofeno Capítulo 24 En el fondo de la piscina
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Capítulo 24 En el fondo de la piscina

Los domingos de septiembre en la urbanización tenían algo tristísimo. Como esas fiestas que ya se han acabado pero donde todavía queda gente recogiendo vasos.

La piscina seguía abierta, sí. El sol todavía calentaba. Los niños aún chapoteaban en la zona pequeña.

Pero el verano ya estaba en retirada.

Se notaba en las conversaciones, en las tumbonas vacías y en esa luz dorada de última hora que hacía que todo pareciera un poco más melancólico de lo normal.

Yo bajé sola después de comer con intención de leer un rato y no pensar demasiado.

Objetivo que, viendo cómo estaba últimamente mi cabeza, tenía aproximadamente las mismas posibilidades de éxito que montar un mueble de Ikea sin discutir.

Llevaba un capazo enorme, crema solar, un libro que probablemente no iba a avanzar más de tres páginas y unas gafas de sol detrás de las cuales esperaba ocultar mi cansancio existencial de septiembre.

Empujé la puerta.

Y entonces la vi. Sofía estaba al fondo de la piscina, completamente sola.

Sentada en una tumbona junto al seto, con un bañador negro sencillo y el pelo recogido deprisa en una coleta baja. Tenía las piernas dobladas bajo el cuerpo y la mirada perdida en el agua. Y aunque estaba lejos, hubo algo en ella que me golpeó inmediatamente.

Parecía agotada, no físicamente. Agotada de verdad.

Me quedé quieta unos segundos fingiendo buscar sitio mientras mi cerebro empezaba automáticamente a tensarse, porque desde la conversación con Ana no había vuelto a verla. Ni a hablar con ella. Ni siquiera sabía si sabía ya que yo sabía… o sospechaba… o intuía. Y allí estaba.

La famosa “S”.

Real. A pocos metros. Mirando el agua como si el verano entero hubiera acabado de pasarle por encima.

Me senté primero en una tumbona alejada fingiendo abrir el libro, del cual por supuesto no podía leer ni una sola palabra.

Desde detrás de las gafas de sol observaba a Sofía discretamente.

Y cuanto más la miraba, más rara me sentía.

Porque una parte de mí quería enfadarse con ella. Juzgarla. Reducirla simplemente a “la otra”.

Pero el problema de conocer de verdad a la gente es que incluso cuando hacen daño siguen siendo personas completas delante de ti.

Y Sofía no parecía precisamente una mujer viviendo una gran historia romántica clandestina. Parecía una mujer profundamente triste.

El agua reflejaba destellos suaves en su cara mientras el resto de la piscina seguía medio vacía y silenciosa.

A lo lejos un niño gritó. Sonó una pelota golpeando el césped.

La vida normal seguía funcionando alrededor de algo completamente roto.

Y entonces Sofía levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Durante apenas un segundo vi algo muy parecido al miedo atravesarle la cara.

Sofía fue la primera en apartar la mirada.

Muy poco, lo justo para romper aquella sensación incómoda de haber sido sorprendidas pensando demasiado.

Yo levanté ligeramente la mano desde la tumbona.

—Hola.

Ella respondió igual.

—Hola.

Durante unos segundos ninguna de las dos hizo nada más.

El agua sonaba suave contra el borde de la piscina y el sol empezaba a bajar lentamente detrás de los edificios de la urbanización, dejando esa luz dorada que consigue que incluso las personas agotadas parezcan un poco más guapas.

Al final fui yo quien se levantó con el libro en la mano y se acercó despacio.

—¿Te importa si me pongo aquí?

Sofía negó ligeramente.

—Claro.

Me senté en la tumbona de al lado intentando aparentar una normalidad emocional completamente inexistente.

Ella llevaba unas gafas de sol enormes, pero aun así se intuían las ojeras debajo.

—Se está bien aquí ahora —dije mirando el agua—. A esta hora ya no hace ese calor criminal de agosto.

—Sí.

Silencio.

—Da hasta pena que se termine el verano.

Sofía soltó una pequeña sonrisa cansada.

—Aunque luego en agosto todos deseamos volver a la rutina.

—Porque somos idiotas —contesté.

Eso le arrancó una risa breve.

—La piscina está medio vacía ya —comenté.

Y durante unos minutos hablamos así, de cosas normales, inofensivas.

Que si el calor había durado demasiado este año. Que septiembre en Madrid era el auténtico inicio del año. Que en casa se estaba peor porque todavía no habíamos decidido cuándo apagar definitivamente el aire acondicionado y aquello se había convertido en una guerra fría matrimonial.

Conversación de urbanización de vecinas. O de gente intentando no acercarse todavía al borde real del problema.

Hasta que de pronto llegó el silencio. Pero no un silencio cómodo, sino uno de esos silencios densos donde ambas personas saben perfectamente que están rodeando algo enorme sin decidirse a mirarlo directamente.

Sofía seguía observando el agua mientras yo jugueteaba con las gafas de sol entre las manos.

Y entonces pregunté suavemente:

—¿Cómo estás?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Bien.

La típica mentira adulta perfectamente pronunciada.

Asentí despacio.

—Últimamente no nos hemos visto mucho.

—No.

Otra respuesta corta.

Sofía se quitó lentamente las gafas de sol y por primera vez le vi bien la cara.

Tenía los ojos cansados, unas ojeras profundas bien marcadas, como alquien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo algo muy pesado.

—Ana está fatal —dije finalmente.

En cuanto pronuncié su nombre noté cómo Sofía se tensaba.

Bajó la vista inmediatamente.

—Lo sé.

Y ahí estuvo. La confirmación definitiva.

No hizo falta mencionar a Javier. Ni los mensajes. Ni la letra S.

Todo estaba ya sentado entre nosotras.

El sol terminaba de caer lentamente detrás de los edificios y la piscina empezaba a quedarse completamente vacía alrededor.

Sofía respiró hondo.

—Nunca pensé que esto acabaría así.

La frase sonó tan sincera que resultó casi incómoda.

La miré sin saber todavía muy bien desde dónde hablarle, ¿como amiga, como juez, como testigo, como mujer?

—¿Desde cuándo? —pregunté con muchísimo cuidado.

Sofía tardó en responder. Y cuando habló, lo hizo mirando únicamente el agua.

—No sabría decirte exactamente cuándo empezó.

Hubo otra pausa.

—Supongo que las cosas importantes nunca empiezan de golpe.

Sentí un escalofrío pequeño recorriéndome los brazos. Porque aquello no sonaba a aventura, ni a calentón absurdo. Ni a error puntual.

Sonaba peor.

Sonaba a algo que había ido creciendo despacio dentro de vidas normales.

Sofía siguió hablando muy bajito.

—Al principio solo hablábamos más. Ya está. Después coincidíamos. Luego empezamos a buscarnos sin decirlo.

Cerró los ojos apenas un instante.

—Y cuando quise darme cuenta… ya había demasiadas cosas rotas alrededor.

La miré en silencio.

Y de pronto comprendí algo incómodo: Sofía no estaba intentando justificarse.

Pero tampoco sabía ya cómo salir de aquello sin destruirlo todo todavía más.

—Tengo que subir. Los niños estarán ya reclamando pizza o atención emocional. No sé qué consume más energía.

Asentí con una sonrisa débil. Y cuando se alejó, tuve una sensación extraña viéndola marcharse.

Porque durante semanas había imaginado a Sofía como una especie de villana elegante dentro de toda aquella historia. Pero la realidad era bastante menos cinematográfica.

Solo parecía una mujer que se había perdido dentro de algo que ya no sabía cómo detener.

Cuando subí de la piscina encontré a Álvaro en el jardín, por supuesto, haciendo ejercicio.

A sus cincuenta y dos años había entrado oficialmente en esa fase masculina donde cualquier superficie horizontal podía convertirse en un gimnasio improvisado.

Había extendido una esterilla junto al césped y estaba haciendo una tabla imposible de abdominales y planchas con una concentración casi espiritual.

Thor lo observaba tumbado cerca con expresión crítica, probablemente preguntándose por qué un ser humano decidiría sufrir voluntariamente un domingo por la tarde.

Me apoyé en el marco de la puerta con el capazo colgando del hombro.

—Cada día estás más cerca de convertirte en uno de esos señores que hacen triatlones y hablan del core en las cenas.

Álvaro, sin dejar la posición, abrió un ojo.

—Y tú cada día estás más cerca de fusionarte físicamente con ese reloj infernal.

Miré mi muñeca automáticamente.

—Mi reloj vela por mi salud.

—Tu reloj te trata como si fueras una anciana desorientada escapada de una residencia.

Justo entonces el reloj vibró. “Sería recomendable levantarse y moverse unos minutos.”

Álvaro empezó a reírse desde el suelo.

—¿Ves? Ni él confía en ti.

Me dejé caer en una silla del jardín mientras el aire empezaba ya a refrescar ligeramente.

La urbanización estaba tranquila. A lo lejos se escuchaban cubiertos, alguna televisión encendida y niños negociando la hora de volver a casa.

Álvaro terminó por fin la serie de abdominales y se sentó en el césped secándose el sudor con la camiseta.

—¿Qué tal en la piscina?

Me quedé callada un segundo.

Luego dije:

—He estado con Sofía.

Él levantó inmediatamente la vista. Toda la broma desapareció de golpe.

—¿Sí?

Asentí lentamente.

—Estaba sola.

Me acomodé mejor en la silla intentando ordenar la sensación rara que todavía llevaba encima desde aquella conversación.

—Y bueno… ya no hizo falta decir demasiado. Lo daba todo por hecho.

Álvaro suspiró despacio.

—O sea que sí.

—Sí.

El jardín se quedó unos segundos completamente silencioso.

Thor levantó la cabeza apenas un instante antes de volver a dormirse profundamente ajeno al derrumbe moral de la urbanización.

Álvaro me miró con atención.

—¿Y cómo estaba?

Tardé un poco en responder.

Porque la verdad era más incómoda de lo que esperaba.

—No muy bien, la verdad. Mal

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿Mal cómo?

Miré hacia las ventanas iluminadas de las casas vecinas antes de contestar.

—Como alguien que lleva demasiado tiempo sosteniendo algo que ya pesa más de la cuenta.

Álvaro bajó la vista al suelo.

—Joder.

—No parecía feliz, Álvaro. Para nada.

Y eso era precisamente lo que más me había descolocado.

Porque una parte infantil y simplista de mí esperaba encontrarme a “la otra” radiante, enamorada, viviendo una especie de pasión clandestina maravillosa.

Pero Sofía no tenía aspecto de mujer enamorada. Tenía aspecto de mujer perdida.

—Me dio pena —admití casi en voz baja.

Álvaro levantó la cabeza lentamente.

—Eso no significa que no haya hecho daño.

—Ya lo sé.

Y lo sabía.

Ana seguía rota. Los niños seguían en medio de todo aquello. Javier seguía siendo un cobarde por cómo había gestionado las cosas.

Pero aun así…

—Es raro —dije finalmente—. Porque cuando alguien hace algo así quieres odiarlo tranquilamente. Que sea sencillo. Que haya buenos y malos.

Álvaro asintió despacio.

—Y luego resulta que todo el mundo es bastante más complicado.

El cielo empezaba ya a oscurecerse sobre la urbanización y por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación clarísima de que todos nosotros —Ana, Javier, Sofía, incluso Álvaro y yo— habíamos entrado en esa edad en la que las vidas dejan de parecer tan ordenadas como uno había imaginado a los treinta.

Y quizá eso era lo verdaderamente inquietante.

No la infidelidad.

Sino descubrir que incluso las personas que parecían tenerlo todo controlado podían perderse de repente dentro de sí mismas.

Álvaro se quedó unos segundos mirando hacia las luces de la piscina ya casi vacía.

Luego negó lentamente con la cabeza.

—Lo que sigo sin entender es cómo han acabado precisamente ellos dos juntos.

—Ya.

Y era verdad.

Porque si alguien me hubiera pedido apostar por una combinación improbable dentro del grupo, probablemente habría elegido antes a Thor con una influencer vegana.

Javier y Sofía parecían personas construidas en idiomas distintos.

Javier era fácil, cercano…de esos hombres que entran en un sitio y a los diez minutos ya te hacen sentir cómodo, organizando planes o abriendo otra botella de vino aunque nadie la haya pedido.

Y Sofía… Sofía era silencio. Siempre correcta. Siempre contenida. Con esa forma suya de escuchar más de lo que hablaba y observar el mundo como si nunca terminara de relajarse del todo dentro de él.

Me acomodé mejor en la silla mientras el jardín empezaba a llenarse del olor de las cenas vecinas.

—Aunque pensándolo bien… tampoco entendíamos cómo había acabado casada con Carlos.

Álvaro soltó una pequeña risa.

—Eso sí es verdad.

Porque Carlos era exactamente lo contrario a Sofía.

Un terremoto social ruidoso, divertido. Encantado de ser el centro de cualquier conversación.

Carlos podía hacerse amigo de un camarero, discutir de fútbol con un taxista y acabar bailando con desconocidos en una boda en menos de veinte minutos.

Y, sin embargo, llevaba más de una década casado con una mujer que parecía agotarse después de diez minutos de interacción humana.

—A lo mejor precisamente por eso funcionaba —dijo Álvaro.

—¿El qué?

—Lo de Carlos y Sofía. Hay parejas que se compensan.

Me quedé pensándolo. Quizá sí.

O quizá simplemente llevaban tiempo dejando de entenderse y nadie lo había notado porque desde fuera las parejas largas siempre parecen más sólidas de lo que realmente son.

El problema de los matrimonios de muchos años es que aprenden a representar muy bien la normalidad.

—Sofía me dio la sensación de llevar mucho tiempo sintiéndose sola —dije finalmente.

Álvaro levantó la vista.

—¿Con Carlos?

Me encogí ligeramente de hombros.

—No lo sé. Pero había algo en cómo hablaba de Javier…

Busqué las palabras.

—Como si con él hubiera encontrado silencio.

Álvaro frunció ligeramente el ceño.

—¿Silencio?

Asentí despacio.

—Sí. No silencio literal. Más bien… descanso.

La palabra quedó flotando un instante entre nosotros.

—Con Javier no tenía que actuar de esposa de Carlos el simpático —continué—. Ni soportar el ruido constante, ni el personaje social, ni las cenas, ni las bromas… No sé. Me dio la impresión de que juntos se habían creado una especie de sitio aparte.

Álvaro apoyó los brazos sobre las rodillas pensativo.

—Dos personas cansadas encontrándose en mitad del caos.

—Algo así.

Y cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.

Porque Javier también llevaba tiempo raro, más apagado y menos expansivo, como si él también se hubiera cansado de interpretar continuamente el papel de hombre jovial y funcional que todos esperábamos.

—Quizá simplemente podían estar juntos sin hacer esfuerzo —dije muy bajito.

El jardín quedó otra vez en silencio.

A lo lejos alguien cerró una ventana. Sonó una copa. Una televisión empezó a emitir el himno de algún concurso absurdo. Vida normal.

Y quizá por eso resultaba todavía más inquietante pensar que, mientras todos seguíamos organizando cenas, barbacoas y partidos de pádel, dos personas habían ido acercándose lentamente delante de nosotros sin que nadie entendiera realmente lo que estaba pasando.