Capítulo 23 Gente joven haciendo cosas raras
Hay un momento en la vida de todo padre en el que descubres algo inquietante:
Has criado adultos completamente funcionales para un mundo que tú apenas entiendes ya. A mí me ocurrió un jueves cualquiera a las ocho de la tarde, mientras hacía una videollamada simultánea con mi hija desde Bali y mi hijo desde su habitación, situada exactamente nueve metros más allá del salón.
Los dos parecían vivir en dimensiones distintas a la mía.
Lucía apareció primero en pantalla: sudada, morena, feliz
Detrás de ella se veía un ventilador girando con esfuerzo inútil y una terraza llena de plantas gigantescas que parecían capaces de esconder serpientes exóticas y decisiones impulsivas.
—¡Mamaaaá!
Solo escucharla así ya me tranquilizaba un poco. Seguía viva.
Que a esas alturas de viaje ya me parecía un éxito administrativo importante.
—¿Dónde estás ahora? —pregunté inmediatamente.
—En Ubud.
—¿Eso dónde está exactamente?
Lucía puso los ojos en blanco.
—Bali, mamá. Seguimos en Bali.
Detrás de mí, Álvaro murmuró:
—No la interrogues nada más conectarse.
—No la interrogo. Me informo.
Lucía se rio mientras movía el móvil enseñándonos arrozales, motos pasando a velocidad suicida y una especie de bar lleno de gente descalza bebiendo smoothies fluorescentes.
—Aquí todo el mundo parece recién salido de una sesión de terapia emocional —comentó Álvaro.
—Porque seguramente lo están.
La conexión se congeló un segundo justo cuando Lucía intentaba enseñarnos un mono que aparentemente robaba gafas de sol a turistas.
Y en ese momento apareció Javi. Desde su habitación.
Con unos auriculares gigantes, una sudadera sospechosamente vieja y aspecto de llevar exactamente quince minutos despierto pese a que eran las ocho de la tarde.
—¿Qué pasa, hippies internacionales?
—Tu hermana está en Indonesia y tú estás a nueve metros de nosotros pero apareces igualmente por videollamada —dije.
—Optimización de recursos.
Javi teletrabajaba al cien por cien para una empresa tecnológica que, honestamente, ninguno entendíamos del todo.
Solo sabíamos dos cosas: que aparentemente era muy bueno en lo suyo, y que cobraba bastante más dinero del que parecía razonable para alguien que trabajaba en pantalón corto.
Meses atrás había desarrollado una aplicación para una cadena de hoteles que estaba funcionando sorprendentemente bien.
Algo relacionado con reservas, incidencias y automatización inteligente que él explicó una vez durante veinte minutos y que Álvaro y yo fingimos comprender por amor paternal.
El resultado práctico era que ahora trabajaba unas dos horas al día desde casa y el resto del tiempo lo dedicaba a “sus proyectos”. Lo decía así. “Mis proyectos”.
Como si fuera Elon Musk pero con calcetines desparejados.
—¿Y hoy has trabajado mucho? —pregunté.
Javi hizo una pausa pensativa.
—Técnicamente sí.
—¿Eso qué significa?
—Que he mandado dos correos y he arreglado un bug.
—¿Un qué?
—Un fallo, mamá.
Lucía soltó una carcajada desde Bali.
—Mamá cree que programar consiste en apagar y encender cosas.
—Pues bastante gente arregla así los problemas —contesté.
Javi ya estaba lanzado.
—Ahora estoy trabajando en una app muy potente.
—¿Otra? —preguntó Álvaro.
—Sí. Una app anti postureo de Instagram, escanea fotos y estima varios factores como deuda económica probable, discusiones previas a la foto y determina el nivel real de felicidad, en plan: pareja sonriente en Mykonos. Probabilidad de crisis matrimonial: 78%.”
—Y otra —continuó Javi orgullosísimo— que analiza audios de WhatsApp y detecta pasivo-agresividad.
Álvaro empezó a reírse.
—Eso en España explota directamente.
—La beta colapsó con un audio de la abuela diciendo “haz lo que quieras”.
Yo los miraba a los dos en pantalla sintiendo esa mezcla extraña entre orgullo y desconcierto generacional.
Lucía hablando de templos, ferris y gente que hacía yoga frente a cascadas.
Javi ganando dinero misteriosamente desde un escritorio lleno de latas y cables mientras desarrollaba aplicaciones absurdas para resolver problemas que nadie sabía que tenía. Y sin embargo, ahí estaban.
Felices y funcionando. Construyendo vidas completamente distintas a la nuestra.
Mi reloj vibró.: “Tiempo de pantalla elevado.”
Lo miré con resignación.
—Mira, pues igual tú también necesitas resetearte y buscar otro foco.
Después de la videollamada con los niños sentí de pronto un cansancio enorme.
Esa fatiga silenciosa que deja la vida adulta cuando en un mismo día has hablado de infidelidades, despidos, criptomonedas, Bali, y aplicaciones que detectan audios pasivo-agresivos.
Subí al dormitorio dispuesta a practicar una de las pocas formas de autocuidado que todavía me tomaba completamente en serio: intentar evitar que la gravedad me destruyera la cara antes de tiempo.
Asique me di una ducha larga mientras el baño empezaba a llenarse de vapor y olor a esa crema carísima que prometía “luminosidad inmediata” con una convicción que ya me gustaría a mí tener en otros aspectos de la vida.
A cierta edad una ya no compra cosméticos. Compra esperanza en tarro pequeño.
Salí envuelta en el albornoz y empecé mi ritual nocturno: sérum, contorno de ojos, crema reafirmante, otra crema cuyo objetivo exacto desconozco pero que aparentemente hacía algo importantísimo con el colágeno.
Mi cuarto de baño parecía el centro de operaciones clandestino de una guerra silenciosa contra la gravedad y el paso del tiempo. Después me tumbé en la cama y me coloqué la máscara facial de luz LED que Lucía me había regalado por mi cumpleaños.
Según la caja obraba los siguientes milagros: estimulación de colágeno y mejora de la elasticidad, eliminación de arrugas, aumento de la luminosidad, regeneración de tejidos y probablemente también negociaba conflictos internacionales.
La máscara iba cambiando lentamente de color pasando del rojo, al azul, verde, rojo, lo cual me daba la apariencia de un semáforo profundamente hidratado.
En ese momento entró Álvaro en la habitación. Y pegó tal respingo que casi se le cayó el móvil.
—¡JODER, MARISA!
Empecé a reírme inmediatamente.
—¿Qué pasa?
—¡¿Qué coño eres?!
Se quedó mirándome desde la puerta completamente horrorizado.
—Pareces una mezcla entre Darth Vader y una depuradora de piscina.
La máscara cambió lentamente a luz roja intensa. Álvaro retrocedió un paso.
—No, no… ahora peor. Ahora eres la mujer de la máscara misteriosa que seduce hombres y luego los mata en Venecia.
Me incorporé lentamente sobre los codos y puse voz grave.
—He venido… a estimular el colágeno.
Él soltó una carcajada.
—Te juro que eso no despierta precisamente pensamientos lujuriosos.
—Pues a mí me da igual. Si se me va a caer algo con la edad, que sea la dignidad. La cara pienso sujetarla hasta el final.
Álvaro seguía mirándome fascinado.
—Es increíble el nivel de tecnología que manejáis las mujeres para no cumplir años.
—Y aun así aquí seguimos. Peleando contra la biología armadas con ácido hialurónico y desesperación.
La máscara pasó ahora a color azul eléctrico.
Álvaro negó lentamente con la cabeza mientras se metía en la cama.
—Como me despierte esta noche y vea eso iluminado en la oscuridad, llamo directamente a Iker Jiménez.
Me giré lentamente hacia él. Y con la voz más sensual y absurda posible murmuré:
—Ven hacia la luz…
Thor apareció en la puerta, vio mi cara iluminada en azul eléctrico y se quedó inmóvil unos segundos, valorando la situación como un técnico de emergencias ante un accidente químico antes de decidir que, pasara lo que pasara allí dentro, no quería formar parte.
Y allí nos quedamos los dos, cada uno refugiado en sus absurdas costumbres nocturnas de matrimonio largo.
Yo, tumbada en la cama con la máscara luminosa todavía puesta, leyendo un thriller nórdico donde absolutamente todo el mundo parecía deprimido, alcohólico y sospechoso de asesinato.
Y Álvaro, cómo no, viendo un documental sobre Muhammad Ali con la misma concentración emocional con la que otros hombres observan una final de Champions.
De vez en cuando levantaba la vista de la televisión para mirarme.
O más concretamente: para mirar aquella especie de artefacto futurista que me cubría media cara emitiendo destellos rojos y azules.
—Te juro que cada vez pareces más un interrogatorio policial de ciencia ficción —murmuró.
—Calla y disfruta de mi futuro colágeno.
La máscara cambió lentamente a color rojo intenso.
—Ahora mismo pareces la villana sexy de una película malísima de los noventa.
—Eso es porque todavía no has visto mi plan para dominar el mundo.
Álvaro soltó una risa baja mientras volvía a su documental. Yo seguí leyendo un rato más, completamente absorbida por un asesinato ocurrido en un bosque nevado donde, aparentemente, nadie era feliz jamás.
Pero el sueño empezó a caerme encima poco a poco.
Primero los ojos pesados. Luego las frases leídas tres veces.
Después ese momento exacto en que el libro sigue abierto pero el cerebro ya ha abandonado oficialmente la conversación.
Lo último que recuerdo es la voz del narrador hablando de la legendaria pelea en Kinshasa y el sonido suave de la televisión llenando la habitación a oscuras.
Debí de quedarme dormida con la máscara puesta.
Porque noté vagamente, ya medio soñando, cómo Álvaro se acercaba despacio y me la quitaba con muchísimo cuidado, como si estuviera desactivando un artefacto explosivo tremendamente caro.
Y después sentí un beso suave en la cara.
En mi tersísima y luminosísima cara recién sometida a tecnología espacial antigravedad.
Lo cual, sinceramente, justificaba bastante la inversión.