Capítulo 27 Celebrar algo #2
Los clientes sonreían mirando alrededor con esa expresión satisfecha de quien siente que ha elegido bien dónde invertir su dinero y su ego.
Los equipos de cuentas respiraban por fin después de semanas de estrés y hasta los creativos parecían temporalmente reconciliados con la existencia humana gracias a las barras de cócteles y a la posibilidad de ligar elegantemente bajo iluminación favorecedora.
Eva, por supuesto, estaba radiante.
Llevaba un vestido negro impecable, sencillo pero carísimo de esos que parecen no hacer nada especial hasta que entiendes que precisamente por eso cuestan una fortuna.
Caminaba saludando gente como si hubiera nacido exactamente para moverse entre empresarios, marcas premium y conversaciones importantes.
La observé unos segundos mientras abrazaba a antiguos clientes, reía con naturalidad y conseguía que todo el mundo sintiera que aquella noche estaba ligeramente construida a su alrededor.
Había personas que envejecían. Eva, en cambio, parecía haberse especializado en evolucionar estratégicamente.
Yo iba de un lado a otro pendiente de todo, mesas, sonido, tiempos, de que ningún cliente importante se quedara diez segundos sin una copa en la mano, porque en publicidad hemos convertido detalles absurdos en ciencias exactas.
Y aun así estaba disfrutando muchísimo. Sentía esa adrenalina bonita de los eventos cuando empiezan a funcionar solos y comprendes que semanas enteras de estrés, correos y discusiones sobre flores han servido para algo.
En un momento determinado las luces bajaron ligeramente y Eva subió al escenario.
El salón fue silenciándose poco a poco.
Ella cogió el micrófono con esa seguridad natural de quien sabe perfectamente manejar una sala llena de gente importante.
Sonrió mirando alrededor antes de empezar.
—Hace veinte años esta agencia cabía en una oficina diminuta donde el aire acondicionado funcionaba solo cuando le daba la gana y compartíamos una cafetera que probablemente violaba varias leyes sanitarias europeas.
Las primeras risas relajaron inmediatamente el ambiente.
Eva continuó hablando de los comienzos, de las primeras campañas, de clientes imposibles, de noches interminables preparando presentaciones y de lo extraño que resultaba mirar atrás y descubrir cuántas vidas cabían dentro de veinte años de trabajo.
Pero lo hizo sin caer en sentimentalismos excesivos, sino con inteligencia, humor y verdad.
—La publicidad tiene algo muy curioso —dijo en un momento determinado—. Todo el mundo cree que nuestro trabajo consiste en vender cosas. Pero en realidad llevamos veinte años intentando entender personas.
Aquello hizo que el salón quedara completamente atento.
—Entender qué necesitan. Qué desean. Qué les emociona. Qué les hace confiar. Y luego intentar contar su historia de la mejor manera posible para que brillen.
Miré alrededor mientras hablaba.
Los equipos escuchándola, los clientes asintiendo. Gente sonriendo bajo aquella luz cálida cuidadosamente diseñada para favorecer rostros, egos y probablemente también alguna que otra inseguridad perfectamente maquillada. Y por primera vez en varios días sentí algo parecido a calma.
Y, mezclado con el cansancio y la preocupación, también sentí orgullo.
Orgullo por mi trabajo, por la agencia que habíamos levantado a base de esfuerzo y decisiones difíciles, y por todos aquellos años en los que había aprendido a moverme en un sector que rara vez regalaba nada.
Había atravesado crisis económicas, cambios de mercado, clientes imposibles y épocas en las que parecía que todo el mundo sabía mejor que yo cómo debía hacerse mi trabajo.
Sin embargo, allí seguía. Quizá con menos energía que a los treinta y con alguna arruga más de las previstas, pero también con una experiencia que no se compra ni se improvisa.
Y por primera vez en mucho tiempo me permití reconocer algo que casi nunca me decía a mí misma: había trabajado muy duro para llegar hasta allí y, pasara lo que pasara en las próximas semanas, nadie podía quitarme eso.
Porque pese al cansancio, a los cambios y al miedo silencioso que llevaba días acompañándome, aquella noche recordé algo importante: yo también había construido una vida profesional sólida. Importante.
Mía.
La noche fue avanzando entre discursos, brindis y conversaciones cruzadas que se mezclaban con música, copas y esa euforia elegante que aparece cuando un evento sale exactamente como debía salir.
Los clientes estaban encantados, la gente bailaba ya cerca de la medianoche con la dignidad razonable que puede mantener un ejecutivo después de varios gin-tonics premium y hasta los camareros parecían moverse con menos tensión que al principio.
Habíamos sobrevivido, que en publicidad muchas veces es lo más parecido al éxito absoluto.
Yo seguía recorriendo el salón casi por inercia, saludando gente, comprobando detalles y recogiendo felicitaciones como quien termina una maratón sin recordar demasiado bien en qué momento dejó de sentir las piernas.
Fue cerca de la una cuando encontré por fin a Eva junto a una de las barras laterales observando el salón con esa expresión satisfecha y agotada que solo aparece después de meses de trabajo bien hecho.
Al verme sonrió inmediatamente.
—Lo hemos conseguido.
Solté una risa cansada.
—Yo todavía no me lo creo del todo.
Eva negó despacio con la cabeza mientras levantaba la copa hacia mí.
—No, Marisa. Tú lo has conseguido.
Aquello me pilló desprevenida.
Intenté quitarle importancia con un gesto, pero Eva continuó hablando antes de que pudiera hacerlo.
—Te lo digo completamente en serio. No sé cómo consigues coordinar veinte cosas a la vez sin perder nunca la cabeza. Bueno, o al menos sin perderla delante de los demás.
Eso me hizo reír.
Eva se acercó un poco más bajando la voz.
—Eres de las pocas personas con las que sé que puedo trabajar tranquila. Siempre estás pendiente de todo. Siempre sosteniendo cosas que nadie más ve.
La frase me tocó más de lo que esperaba, quizá porque últimamente tenía la sensación de pasarme la vida entera sosteniendo cosas.
Eva debió notarlo porque inmediatamente suavizó la sonrisa y me abrazó fuerte.
—Gracias por esta noche.
Le devolví el abrazo sintiendo de pronto todo el cansancio acumulado durante aquellas semanas.
—Ha quedado precioso.
—Ha quedado espectacular —corrigió ella—. Y gran parte es gracias a ti.
Nos separamos lentamente y durante unos segundos nos quedamos mirando el salón todavía lleno de gente, luces y conversaciones brillantes.
Todo seguía funcionando.
Perfectamente.
Como si el mundo fuera exactamente el lugar ordenado y estable que todos fingíamos que era.
Poco después pedí un taxi.
Las calles mojadas reflejaban luces amarillas y grupos de gente riéndose delante de restaurantes todavía abiertos. Me apoyé contra el asiento mientras el coche avanzaba por Alcalá y observé la ciudad detrás de la ventanilla como si llevara muchísimo tiempo sin mirarla realmente.
Tenía los pies destrozados y la cabeza agotada. Y el móvil lleno de mensajes de compañeros celebrando el éxito de la fiesta.
Sonreí cansadamente mientras apoyaba la frente unos segundos contra el cristal frío.
Y allí, atravesando Madrid de madrugada con el vestido verde todavía oliendo a perfume y humo elegante de evento corporativo, sentí durante unos minutos que quizá no todo estaba agrietándose todavía.