La edad del Ibuprofeno Capítulo 18 Lo que no se comenta
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Capítulo 18 Lo que no se comenta

Septiembre en la urbanización tenía algo profundamente teatral.

La gente volvía morena, más delgada o más hinchada dependiendo del tipo de vacaciones, y durante unos días todos fingíamos que habíamos descansado muchísimo y reconectado con nosotros mismos.

Era mentira, claro. Pero una mentira social bastante bonita.

Me había tocado organizar la primera cena de vuelta porque, según Laila:

“Tú eres la única de este grupo capaz de coordinar adultos sin acabar en una secta.”

Así que allí estaba yo un sábado por la tarde colocando velas en la terraza mientras Thor supervisaba la operación completamente tumbado en mitad del pasillo.

—Thor, cariño, o te apartas o alguien va a morir hoy.

Thor abrió un ojo. Lo valoró seriamente. Y decidió que el riesgo merecía la pena.

Desde la cocina escuchaba a Álvaro poniendo música mientras abría cerveza tras cerveza “para ir entrando en ambiente”.

A las nueve empezaron a llegar todos.

Y fue raro.

Porque apenas había pasado un mes…pero el verano parecía haber desplazado ligeramente las piezas del grupo.

Ana y Javier llegaron los primeros, como siempre, pero algo era distinto.

Ana venía más apagada que de costumbre. No mal exactamente.

Solo… cansada, como si las vacaciones no hubieran conseguido descansar realmente ninguna parte importante de ella.

Llevaba un vestido bonito, sencillo, el pelo recogido sin demasiado esfuerzo y una sonrisa ligeramente tardía, de esas que aparecen medio segundo después de lo normal. Me abrazó fuerte.

—Necesitaba esta cena —dijo—. Septiembre me está entrando fatal.

—Porque septiembre es lunes convertido en mes —contesté.

Ella apenas sonrió. Javier apareció detrás con dos botellas de vino en la mano.

Y él también estaba raro. Más callado y serio, menos presente quizás. No era algo evidente. Precisamente por eso resultaba inquietante.

Porque Javier era de esas personas cuya normalidad habitual hacía que cualquier mínima desviación se notara muchísimo.

—¿Qué tal el verano? —preguntó Álvaro.

—Bien, bien, lo normal ya sabes, familia, playa, comilonas… —contestó él demasiado rápido.

Y ya está. Ni anécdotas, ni bromas.ni esa calma cómoda que solía transmitir siempre.

Ana se adelantó enseguida, llenando el silencio automáticamente.

—Al final estuvimos menos días fuera de los que queríamos. Entre unas cosas y otras…

Javier abrió una botella sin mirarla. Y entonces noté algo todavía peor: tensión.

Pequeña y silenciosa, pero palpable. Como si llevaran días intentando no discutir.

O como si hubieran discutido demasiado ya.

Laila y Quico aparecieron diez minutos después haciendo ruido desde el ascensor.

—¡HEMOS VUELTO, PObrES PERO brONCEADOS! —gritó Laila entrando.

La energía cambió inmediatamente.

Venía todavía cargada de verano gaditano, sal, cerveza y felicidad andaluza.

Nos abrazamos entre risas mientras Thor inspeccionaba sus bolsas con dedicación policial.

—¿Qué tal Sanlúcar? —pregunté.

—Fatal. Mucho pescaíto, mucho vino y demasiada felicidad. Horrible todo.

Quico sonrió en silencio detrás de ella con esa cara de hombre que probablemente habría sido feliz quedándose allí para siempre.

Adriana y Pablo llegaron después, impecables como siempre. Intentando convencernos de que Asturias era superior moralmente al resto de España.

Y finalmente apareció Carlos, hablando ya desde el portal.

—Os juro que septiembre debería estar prohibido por derechos humanos.

Sofía entró detrás de él: vestido negro sencillo, sandalias planas, pelo recogido.

Y algo en ella también había cambiado. Parecía más delgada. Más distante. Más… ausente.

Carlos seguía exactamente igual: ruidoso, encantador y agotadoramente sociable.

—No sabéis la cantidad de ingleses semidesnudos que he tenido que soportar este verano —decía mientras abrazaba a todo el mundo—. Ibiza ya no es una isla, es un experimento sociológico.

—Tú habrías sido feliz allí —dijo Laila.

—Yo soy feliz en cualquier sitio donde me den cerveza fría y no tenga reuniones por Zoom.

Todos nos reímos. Menos Sofía.

Ella se sentó lentamente en la mesa mientras Javier abría vino al otro lado de la terraza.

Y entonces ocurrió otra vez. Algo mínimo. Tan pequeño que nadie más pareció notarlo.

Javier levantó la vista mientras servía. Sofía ya lo estaba mirando. No hubo sonrisa. Ni gesto. Ni nada evidente. Solo una pausa microscópica entre los dos.

Pero esta vez no parecía intimidad. Parecía otra cosa: tensión.

Como si entre ellos hubiera quedado algo sin resolver durante el verano.

Ana empezó a hablar inmediatamente después sobre una excursión horrible en Cantabria y el momento desapareció.

Pero yo me quedé quieta unos segundos viendo cómo Sofía cogía la copa sin mirar a Carlos. Y cómo Javier evitaba volver a levantar la vista hacia ella. Todo parecía completamente normal.

Pero precisamente porque yo estaba pendiente, empecé a notar lo extraño.

Javier y Sofía habían evitado rozarse en todo momento.

Ni un beso casual de saludo, ni una broma compartida. Ni siquiera esa conversación mínima y automática de gente que lleva años coincidiendo: “qué tal el verano”, “cómo habéis vuelto”, “qué moreno estás”.

Nada. Era demasiado correcto. Demasiado medido.

Y eso me puso inmediatamente alerta.

Porque hay algo curioso en las personas que intentan esconder una historia compartida: rara vez buscan la cercanía.

Al contrario, suelen mantener una distancia cuidadosamente calculada, como si cualquier gesto espontáneo pudiera delatarlas.

Observándolos, tuve la sensación de estar contemplando una representación perfectamente ensayada, donde cada movimiento parecía medido al milímetro para evitar un error.

Y, sin embargo, precisamente ese exceso de control era lo que despertaba las sospechas.

A veces no es la complicidad lo que revela un secreto, sino el esfuerzo evidente por disimular que existe.

Y cuanto más los observaba aquella noche, más clara tenía una cosa: lo raro ya no era la posible conexión entre ellos, sino lo evidente por fingir que no existía.

La cena avanzó poco a poco hacia ese punto cómodo donde el vino empieza a relajar a la gente y todos hablan a la vez sin molestarse demasiado por no escucharse del todo.

Carlos estaba contando una anécdota absurda sobre una chica insultantemente joven que había aparecido en un chiringuito de Ibiza llevando un vestido de crochet mínimo y una tranquilidad ofensiva, provocando que media terraza masculina olvidara instantáneamente cómo mantener una conversación coherente, cuando Ana cogió el  móvil de Laila en un acto totalmente inadmisible.

—A ver, espera… ¿esto qué es?

Laila intentó recuperarlo inmediatamente.

—Devuélvemelo.

Pero Ana ya había abierto Instagram.

—¡Mírala! ¡Si ha subido cuarenta y tres stories este verano!

Leila levantó una mano orgullosa.

​—​        ​ Llámalo documentación histórica familiar.

—Laila, vosotros no vivís las vacaciones. Las retransmitís.

Y era verdad. Laila y Quico pertenecían a esa especie humana incapaz de ver un plato bonito sin fotografiarlo antes desde cuarenta ángulos distintos.

Todo acababa en Instagram: desayunos, playas, los niños saltando, los atardeceres con una copa en la mano, una flor aleatoria en una maceta…

Gracias a ellos, el grupo entero había seguido el verano minuto a minuto sin necesidad de preguntar absolutamente nada.

—Es que si no lo subes parece que no ha pasado —dijo Laila sirviéndose más vino.

Pablo soltó un resoplido.

—Eso es probablemente una de las frases más tristes de nuestra generación.

—Ay, por favor, Pablo —dijo Laila—. Tú lo que tienes es envidia porque nadie quiere ver tus documentales sobre iglesias asturianas.

Adriana intervino inmediatamente.

—Nosotros sí usamos Instagram.

Quico puso cara de sorpresa exagerada.

—¿En blanco y negro y con música clásica?

Adriana ignoró el comentario.

—Hay cuentas muy interesantes.

—Claro —añadió Pablo—. Arquitectura, actualidad internacional, análisis político…

—Y estilo de vida —dijo Adriana.

—¿Qué tipo de estilo de vida? —preguntó Álvaro.

Carlos se adelantó inmediatamente.

—Gente desayunando yogur en cuencos de cerámica mirando al horizonte.

Laila casi escupe el vino riéndose.

—Instagram está lleno de mujeres rubias en casas beige cortando aguacates con paz interior.

—Y hombres explicando cómo madrugar a las cinco cambia tu mentalidad —añadió Álvaro.

—Eso es una secta directamente —dije.

Yo sí usaba Instagram. Muchísimo además. Pero no para lo que la gente pensaba.

A mí me daba bastante pereza seguir la vida real de conocidos. Para eso prefería que me la contaran luego tomando vino, con versiones contradictorias y detalles censurados.

Yo usaba Instagram para otras cosas: reels absurdos, mujeres de mi edad recomendando vaqueros milagrosos. O algo tan fascinante como gente organizando armarios imposibles.

Y algo para lo que me considero absolutamente incapaz: tips de  maquillaje “natural” que requerían diecisiete productos y 2 horas para la puesta a punto. Ah, y recetas rápidas que jamás cocinaría.

Básicamente basura sofisticada para relajar el cerebro.

Mi reloj vibró. “Tu tiempo de pantalla ha aumentado un 18% esta semana.”

Lo miré indignada.

—¿Veis? Ya hasta el reloj me juzga por cotillear.

—Tu reloj necesita una vida sexual —dijo Carlos.

Y entonces ocurrió otra vez.

Algo pequeño. Ana nos estaba enseñando una story de una cena en un sitio precioso en Llanes: vino, velas, Javier sonriendo apenas

Laila hizo un comentario cualquiera sobre el restaurante y Sofia se inclinó para mirar la pantalla. En ese mismo momento, a Sofia le cambió la cara

Solo un instante ,pero suficiente.

Miró la foto. Miró a Javier.

Y volvió inmediatamente a su copa. Como si no hubiera hecho nada.

Como si nadie pudiera notar que lo había hecho.

Pero yo lo vi.

Y esta vez sentí algo peor que sospecha.

Sentí la certeza incómoda de que ambos estaban pendientes el uno del otro incluso cuando intentaban desesperadamente no estarlo.