La edad del Ibuprofeno Capítulo 17 Nadie quiere estar aquí
61%

Capítulo 17 Nadie quiere estar aquí

Volver a Madrid después de las vacaciones siempre tiene algo profundamente ofensivo.

Y encima septiembre todavía finge ser verano mientras ya huele ligeramente a obligaciones.

La primera parada obligatoria fue recoger a Thor de lo que la residencia canina llamaba “campamento de verano”.

Una expresión completamente ridícula para definir un descampado enorme lleno de perros hiperactivos oliéndose el culo mutuamente durante semanas.

La chica de recepción apareció sonriendo.

—¡Thor ha estado fenomenal!

Detrás de ella apareció nuestro mastín. Lento. Cansado. Con cara de haber sobrevivido psicológicamente a una experiencia social demasiado intensa.

—Míralo —dije emocionada—. Tiene burnout.

Thor llegó hasta nosotros, dejó que lo acariciáramos dos segundos y luego se tumbó directamente en el suelo de recepción soltando un suspiro dramático.

La chica seguía hablando felizmente.

—Ha socializado muchísimo.

Thor levantó la cabeza apenas un centímetro.

Juraría que parecía ofendido.

—Creo que no era exactamente lo que él quería este verano —dijo Álvaro.

—Ha hecho paseos diarios, actividades…

Thor volvió a suspirar. Un suspiro largo y existencial.

En cuanto llegamos a casa fue directamente al salón, bebió agua durante un minuto entero y se dejó caer sobre el suelo fresco con expresión de funcionario recién jubilado.

Y honestamente: lo entendí perfectamente.

Javi llegó dos días después. Entró en casa moreno, despeinado y con esa energía desordenada de quien ha dormido poco, comido fatal y sobrevivido únicamente gracias a alcohol, playa y juventud.

—Necesito vacaciones de mis vacaciones —anunció dejando la mochila en mitad del pasillo.

—Eso significa que lo has pasado bien —dijo Álvaro.

— Eso significa que hay noches de las que no debería acordarme… y otras de las que directamente no me acuerdo.

Lucía levantó la vista desde el sofá.

—Qué dramático eres.

—Tú no puedes opinar. Has estado desaparecida un mes.

Lucía había vuelto de Jávea el día anterior, muy morena y guapísima. Y sospechosamente relajada para alguien de veintidós años que, según sus propias palabras, había pasado el verano “tranquila”.

Lo cual, traducido del idioma hija, significaba exactamente lo contrario. No había contado demasiado. Pero tampoco hacía falta ser detective.

Había fotos: playas, barcos, copas gigantes con frutas imposibles, grupos enormes de gente preciosa y alguna imagen borrosa a las cinco de la mañana claramente tomada en condiciones espirituales complicadas.

Además había desarrollado la habilidad de responder absolutamente cualquier pregunta con:

—Mamá, normal.

—¿A qué hora llegabais? —Normal.

—¿Dormíais mucho? —Normal.

—¿Conocisteis gente? —Normal.

Lo más inquietante era precisamente esa falta de detalles, pero uno prefiere no saber ciertas cosas de la vida social de una hija de veintidós años. Por salud mental.

Aquella noche cenamos los cuatro en casa con Thor dormido junto a la mesa recuperándose del campamento.

Habíamos pedido comida porque ninguno tenía energía real para cocinar. La mesa estaba llena de restos de vacaciones: conchas en bolsillos, ropa sin guardar, y esa sensación extraña de seguir viviendo medio fuera de la rutina.

—Bueno —dije sirviendo vino—. Resumen del verano.

Javi levantó una mano inmediatamente.

—Ibiza necesita límites legales.

—Eso ya lo sabemos todos —contestó Lucía.

—No, no lo entiendes. Hay gente desayunando tequila a las nueve de la mañana.

Álvaro asintió impresionado.

—Eso requiere compromiso.

—Y problemas de autoestima seguramente —añadí.

Javi ignoró el comentario.

—He dormido una media aproximada de tres horas diarias.

—Tu cuerpo va a denunciarte —dijo Lucía.

—¿Y tú qué? —pregunté—. Porque tú vuelves como muy relajada…¿acaso estás ya viejuna para trasnoches?

Lucía cogió una aceituna lentamente. Mala señal.

—Pues normal.

—Esa palabra ya no significa nada en esta casa —dije.

Ella sonrió intentando no reírse.

—Hemos salido, hemos ido en barco, hemos conocido gente…

—¿“Gente” masculina o femenina? —preguntó Álvaro.

—Papá, por favor.

—Estoy recopilando información.

Lucía le golpeó cariñosamente en el hombro. Y durante un momento todo pareció muy sencillo otra vez: los cuatro cenando, Thor roncando, Madrid todavía medio vacío en agosto y la sensación de que la vida normal volvía poco a poco a ocupar su sitio.

Pero mientras escuchaba a Javi describir una fiesta absurda en una villa de Ibiza llena de influencers musculados y DJs suecos sin camiseta, pensé inevitablemente en la urbanización.

En septiembre. En las cenas. En volver a verlos a todos.

Y en la certeza extraña de que las vacaciones no habían solucionado nada realmente.

Solo habían dejado las grietas descansando un rato bajo el sol.

La primera semana de septiembre en Madrid tiene algo inquietante.

Aún hay demasiado espacio. Y demasiado silencio.

Demasiados sitios donde normalmente habría caos, pero el hecho de que los colegios no habían empezado todavía hacia de la M-30 algo razonablemente humano, lo cual ya era un milagro estadístico, pero el metro…

el metro continuaba funcionando como si regalaran lingotes de oro dentro de los vagones.

A las ocho y media de la mañana ya iba atrapada entre una señora sudando sobre mi hombro, un chico viendo TikToks sin auriculares y alguien que claramente había decidido desayunar tortilla con cebolla a menos de tres centímetros de mi dignidad personal.

Mi reloj vibró: “Estrés elevado detectado.”

—No me jodas, Sherlock.

La chica que tenía delante me miró raro. Decidí que ya era demasiado pronto para explicar que discutía con dispositivos electrónicos.

La oficina olía a café recalentado, aire acondicionado y depresión postvacacional.

Ese olor tan específico del primer día de vuelta. Nadie quería abrir el ordenador. Nadie quería mirar el correo. Nadie quería aceptar que septiembre había llegado realmente.

Wild parecía una guardería para adultos cansados con acceso a correo electrónico.

La reunión informal de primera hora fue básicamente un grupo de supervivientes compartiendo trauma vacacional. Todos sentados alrededor de la mesa grande intentando aparentar energía.

Nico tenía la piel ligeramente quemada y una expresión espiritual extraña.

—Turquía es increíble —decía—. Pero creo que he comido queso durante diecisiete días seguidos.

Marta levantó una ceja.

—Hay destinos peores.

—No, no. Hablo de cantidades industriales de queso.

Claudia, del equipo creativo, venía directamente de Bali y hablaba como si hubiera alcanzado un plano superior de conciencia.

—Es que allí se siente otra energía.

Nico la miró fijamente.

—Llevamos siete minutos de reunión y ya has dicho “energía”.

—Porque es verdad.

—No. Porque has vuelto muy mística tú.

Ella le lanzó una bola de papel.

Al otro lado de la mesa, Dani enseñaba fotos de Nueva York completamente indignado por el precio de los cafés.

—Diez dólares un capuccino. Diez. Yo he pagado menos por cenas enteras en Murcia.

—Eso te pasa por irte a Manhattan —dijo Marta.

—Eso me pasa por querer sentirme protagonista de una serie.

Me reí apoyándome en la silla mientras los escuchaba.

Y pensé una cosa muy concreta: cuantísimo viaja la gente joven ahora. ¡Y qué lejos! Bali, Nueva York, Tailandia, Turquía, Islandia.

Con veinticinco años.

Yo a esa edad lo más lejos que había ido era a Alicante con una amiga y un Seat Ibiza sin aire acondicionado que sonaba como una lavadora muriéndose.

Y nos parecía una aventura internacional.

Ahora la gente volvía de retiros espirituales en Indonesia como quien vuelve de Albacete.

Nadie tenía ganas reales de trabajar, eso era evidente.

La mitad de la oficina ni siquiera conseguía entrar en sus cuentas.

—¿Cuál era mi contraseña? —preguntó Claudia por tercera vez.

—La misma que antes de agosto —contestó Nico.

—No me acuerdo de quién era yo antes de agosto.

El chico de IT llevaba ya cuarenta minutos dando vueltas por la oficina con cara de rehén tecnológico.

—¿Quién ha bloqueado otra vez el correo? —preguntó desesperado.

Tres personas levantaron lentamente la mano.

—No puede ser.

—Te juro que mi contraseña era esa —dijo Dani.

—No, Dani. “1234Madrid” no era una contraseña segura ni en 2008.

Eva apareció con una carpeta debajo del brazo y dos cafés como si estuviera preparándose para una guerra larga.

—Vale. Vamos a intentar arrancar esto.

Nadie se movió. Literalmente nadie.

Nico seguía mirando el portátil apagado con el mismo entusiasmo que una persona mirando una colonoscopia programada.

Eva suspiró.

—Qué ambiente de ilusión, de verdad.

—Yo todavía estoy mentalmente en una hamaca —dijo Claudia.

—Yo todavía estoy físicamente inflamado por la comida turca —añadió Nico.

Mi reloj vibró otra vez.: “Parece que hoy tu nivel de actividad será inferior a la media.”

Miré la pantalla indignada.

—Pues espérate a abrir Outlook, campeón. Porque vamos a caer todos en depresión clínica.

Eva me llamó a su despacho media hora después con ese tono suyo que nunca permite distinguir si va a darte una buena noticia o a destruirte emocionalmente con una hoja de Excel.

Cuando entré, levantó la vista del portátil y pensé una cosa completamente injusta: hay gente a la que las vacaciones le sientan obscenamente bien.

Eva pertenecía a ese grupo. Estaba morena, relajada, con el pelo más claro por el sol y esa cara luminosa de persona que ha dormido ocho horas diarias, bebido vino caro frente al mar y no ha abierto un correo laboral en semanas.

La odié un poco.

—Mira qué cara traes —le dije dejándome caer en la silla.

Eva sonrió ampliamente.

—Fuerteventura me ha devuelto las ganas de vivir.

—Qué rabia me das.

—Es que ha sido espectacular.

Y claro que lo había sido. Porque Eva no se iba “de vacaciones”.

Eva se iba a experiencias premium para gente que desayuna fruta cortada por otras personas: que si hotelazo frente al mar con piscina infinita, que si el yate con sus amigos insultantemente ricos y bien conservados, cócteles impronunciables, hombres que olían a dinero tranquilo y parecen cerrar negocios incluso pidiendo un mojito y que llevaban camisas de lino aunque estuvieran en un barco.

Y mujeres imposiblemente perfectas a las nueve de la mañana, con vestidos blancos de lino, piel dorada sin una sola marca de bikini y ese aspecto insoportablemente descansado de quien lleva toda la vida hidratándose bien y no ha corrido jamás detrás de un niño con un zapato en la mano.

—He tomado más sol en diez días que en toda mi adolescencia —dijo feliz.

—¿Y cuánto tiempo estuviste exactamente en un barco?

Eva lo pensó.

—No sé… bastante.

—Te odio muchísimo.

Ella se rio mientras me acercaba un café.

—¿Y vosotros qué tal? Cuéntamelo todo.

Me acomodé en la silla.

—Muy bien, la verdad. Cabo de Gata es una barbaridad.

—Vi las fotos. Parecíais una pareja que vende cremas antiaging ecológicas.

—Pues yo solo veía sudor y piedras asesinas.

Eva soltó una carcajada.

Le conté la subida infernal desde la Playa de los Muertos, Álvaro haciendo snorkel como un explorador francés jubilado, y esas cenas tranquilas en San José donde parece que se había parao el tiempo.

Y durante unos minutos ambas hablamos como hablan las personas el primer día de vuelta: intentando estirar artificialmente las vacaciones un poco más a través de los recuerdos.

Hasta que inevitablemente miramos alrededor.

Los ordenadores. Las reuniones. Los correos acumulándose.

La realidad.

Eva suspiró teatralmente apoyándose en el respaldo.

—Bueno… ya hemos vuelto a la tierra.

—A batallar otra vez.

—Con clientes imposibles.

—Y campañas que nos van a quitar años de vida.

Eva abrió el correo y soltó una risa completamente vacía.

—Mira esto.

Giró la pantalla hacia mí.

Un cliente había enviado un mensaje a las 7:12 de la mañana preguntando:

“¿Podemos replantear completamente el concepto creativo antes del mediodía?”

Cerré los ojos un segundo.

—Claro que podemos. Y luego directamente fallecemos.

—Eso pensaba yo.

Nos quedamos calladas un instante.

Fuera del despacho se escuchaba el ruido de la oficina intentando arrancar lentamente: teclados, cafeteras, gente renegociando contraseñas olvidadas.

Eva me miró por encima de la taza.

—¿Tú has desconectado de verdad?

La pregunta me pilló un segundo desprevenida.

Pensé en el mar. En San José. En el silencio. En la lancha.

Dudé apenas un instante.

—Del todo —contesté finalmente.

Eva me sostuvo la mirada unos segundos más mientras removía el café.

Y yo aparté la vista hacia la cristalera del despacho, donde Madrid seguía funcionando bajo ese calor espeso de finales de agosto.

La verdad era que sí había desconectado.

Del trabajo, del  ruido y del móvil. Incluso de mí misma durante algunos momentos frente al mar. Pero ahora tocaba volver.

Volver a Lucía y su viaje, que ya empezaba a dejar de sonar a idea improvisada para convertirse en algo real.

Volver a la urbanización y las ultimas cenas del verano. A las conversaciones aparentemente normales.

Y, sobre todo, volver a esa sensación incómoda que no había conseguido quitarme de encima ni siquiera en Cabo de Gata: la de que dentro de nuestro grupo había cosas ocurriendo por debajo de la superficie.

Cosas pequeñas. Silenciosas. Todavía invisibles. Pero reales.