Capítulo 16 Verano por fin #4
Todo estaba lleno de luz cálida y olor a verano.
Las casas encaladas reflejaban todavía el calor del día, las buganvillas caían por algunas fachadas como si alguien las hubiera dejado crecer libremente durante años y desde las terrazas llegaba el ruido suave de copas, cubiertos y conversaciones lentas.
No había nadie corriendo. Nadie parecía tener prisa por llegar a ningún sitio.
Y eso, viniendo de Madrid, resultaba casi exótico.
Álvaro caminaba a mi lado con esa felicidad tranquila de hombre recién bañado en el mar y alimentado adecuadamente.
—Tengo agujetas hasta en lugares que desconocía —le dije.
—Eso es porque tu cuerpo está despertando.
—Mi cuerpo quiere denunciarte.
Él se rio mientras me rodeaba la cintura un instante.
Pasamos junto al puerto pequeño, lleno de barcas moviéndose suavemente en el agua negra y brillante, y seguimos andando hasta una placita diminuta escondida entre calles estrechas.
Y allí estaba el restaurante: pequeño e íntimo, con apenas unas pocas mesas bajo árboles cargados de flores blancas. El aire olía a azahar y a pescado a la brasa.
Y desde algún rincón cercano llegaba el sonido lejano de una guitarra española tocada despacio, casi perezosamente, mezclándose con el murmullo de las conversaciones y el tintinear de las copas.
Me quedé quieta un segundo mirándolo todo.
—Vale —dije finalmente—. Esto ya empieza a parecer obscenamente bonito.
Álvaro sonrió satisfecho.
—Sabía que te iba a gustar.
Nos sentamos en una mesa pequeña pegada a una pared blanca llena de macetas azules.
La camarera nos habló bajito, como si en aquel sitio estuviera prohibido romper la calma.
Pedimos vino frío, para acompañar al pescado y al tomate aliñado.
Y pan otra vez, porque en vacaciones las calorías claramente pierden validez legal.
Le di un sorbo al vino mientras la guitarra seguía sonando a lo lejos y una brisa cálida movía apenas las hojas sobre nuestras cabezas.
Y allí, en aquella plaza blanca perdida junto al mar, tuve la sensación extraña y maravillosa de que el tiempo podía ir un poco más despacio.
Al menos durante unos días.
Los días siguientes pasaron exactamente como deberían pasar unas vacaciones buenas: rápido y despacio al mismo tiempo perdiendo completamente la noción de los horarios.
Desayunábamos tarde. Dormíamos siestas absurdas. Volvíamos a ducharnos solo para quitarnos la sal antes de cenar otra vez frente al mar.
Y poco a poco mi cabeza empezó a vaciarse de verdad.
Descubrimos calas escondidas a las que solo se llegaba por caminos imposibles bajo el sol. Playas pequeñas de agua transparente donde uno sentía que el Mediterráneo todavía conservaba algo salvaje y antiguo. Monsul, Genoveses. Cala Higuera.
Cada una parecía más bonita que la anterior.
Álvaro seguía empeñado en convertir cualquier excursión en una actividad física de alto rendimiento, mientras yo desarrollaba un talento extraordinario para encontrar la sombra más estratégica posible.
Mi reloj vivió aquellos días completamente confundido. Unas veces me felicitaba por actividad intensa. Otras parecía decepcionado porque mi ritmo cardiaco bajaba drásticamente después de dos copas de vino y una ración de fritura.
La mejor idea fue la lancha. O al menos eso decía Álvaro.
Alquilamos una pequeña embarcación una mañana temprano y recorrimos la costa viendo las calas desde el agua, con los acantilados blancos cayendo sobre el mar y aquella sensación maravillosa de estar lejos de todo.
Álvaro llevaba el timón con entusiasmo de capitán jubilado.
Yo iba detrás, despeinada, llena de sal y agarrándome fuerte cada vez que aceleraba más de la cuenta.
—No hace falta que conduzcas esto como si estuviéramos huyendo de la policía —grité.
—Hay que notar la potencia.
—Tiene quince caballos, Álvaro. Relájate.
Nos bañamos en mitad del mar completamente solos.
Comimos bocadillos sentados dentro de la lancha.
Y durante unas horas tuve la sensación extraña de haber conseguido salir realmente de mi vida. Las vacaciones tienen algo cruel: cuando por fin aprendes a vivir dentro de ellas… se terminan.
La última noche paseamos otra vez por San José después de cenar. Las calles seguían oliendo a jazmín y sal. La gente caminaba despacio. Las terrazas estaban llenas de luz cálida.
Y yo sentía ya esa melancolía anticipada de los finales.
Álvaro me pasó un brazo por encima de los hombros.
—¿En qué piensas?
Miré alrededor un momento antes de contestar.
—En que no quiero volver.
Él se rio suavemente.
—Nadie quiere volver nunca.
Verdad verdadera.
Porque volver significaba: Madrid, tráfico, oficina, horarios, reuniones. Maletas sin deshacer durante días.
Y también…las cosas que habían quedado suspendidas antes de agosto como una conversación interrumpida.
Mi reloj vibró. “Mañana comienza una nueva semana.”
Lo miré horrorizada.
—Mira qué hijo de puta.
Álvaro empezó a reírse mientras seguíamos caminando despacio hacia el hotel.
Y aunque todavía olía a mar y verano, tuve la sensación clarísima de que algo nos estaba esperando ya al otro lado de las vacaciones.