La edad del Ibuprofeno Capítulo 16 Verano por fin #3
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Capítulo 16 Verano por fin #3

Un abrazo completamente exagerado y desproporcionado para la situación, pero sinceramente merecido.

—Gracias —murmuré dramáticamente contra su hombro—. Gracias por salvarme de una muerte lenta y turística.

Álvaro se estaba riendo tanto que casi se le cae la cerveza.

—La gente de alrededor va a pensar que llevo aquí tres días sin darte de comer.

—La gente de alrededor no ha visto la subida.

Di el primer mordisco.

Y durante unos segundos desapareció absolutamente cualquier pensamiento complejo de mi cerebro. Solo existían el mar, el pan crujiente, el jamón, la cerveza fría, y aquella felicidad básica y profundamente mediterránea de comer algo delicioso delante del agua.

Álvaro levantó su cerveza hacia mí.

—Por las vacaciones.

Choqué la botella con la suya.

—Y por los hombres previsores que esconden bocadillos como narcotraficantes emocionales.

—¿Ahora es cuando me dices que me vas a subir en brazos?.

—Marisa, yo te quiero mucho, pero no hasta ese punto. Subiremos despacio.

—Perfecto. Moriremos despacio entonces.

Álvaro me pasó un brazo mojado por los hombros todavía riéndose.

Y yo apoyé la cabeza un segundo en él mientras el mar seguía brillando delante de nosotros como si no existieran ni oficinas, ni relojes inteligentes, ni hijos planeando irse por el mundo, ni urbanizaciones llenas de secretos.

Solo calor. Sal. Y aquel extraño alivio de no tener que hacer nada durante unas horas.

Después de comer nos quedamos allí un par de horas más, completamente derrotados por el calor y el sonido del mar. En algún momento me dormí. No una siesta elegante de revista de decoración mediterránea.

No.

Caí inconsciente sobre la silla con el sombrero torcido, media pierna dormida y una dignidad francamente mejorable mientras las olas seguían chocando contra las piedras con ese rumor lento e hipnótico.

Cuando abrí los ojos, Álvaro estaba leyendo tranquilamente a mi lado como si llevar horas sentado sobre cantos rodados fuera una experiencia perfectamente cómoda para un ser humano.

—¿Qué hora es? —pregunté con voz de superviviente.

—Las seis y cuarto.

Me incorporé despacio.

Y entonces recordé.

La subida.

Miré hacia arriba.

Aquello seguía ahí: gigante, vertical, esperándonos como una amenaza geológica.

—No quiero dramatizar —dije levantándome con dificultad—, pero creo que deberíamos avisar a nuestras familias.

Álvaro se puso las gafas de sol con absoluta tranquilidad.

—Exagerada.

Mi reloj vibró inmediatamente: “Temperatura elevada. Se recomienda moderar la actividad.”

—¿VES? —le enseñé la pantalla indignada—. Hasta el reloj sabe que esto es mala idea.

Álvaro ya había empezado a recoger las cosas.

El ascenso comenzó relativamente bien. Los primeros treinta segundos, concretamente.

Después mi cuerpo entendió rápidamente que aquello no era un paseo: era una venganza física.

El calor subía desde las piedras como si alguien hubiera decidido cocinar lentamente a los turistas. A mitad de camino yo ya respiraba como un acordeón roto.

Mi reloj vibró otra vez. “Pulsaciones elevadas detectadas.”

—Las tuyas van a elevarse cuando te estrelle contra el acantilado —murmuré.

Álvaro, mientras tanto, subía delante de mí como una maldita cabra montesa nórdica perfectamente adaptada al terreno.

Ni un resoplido.

Ni una gota de sufrimiento.

Nada.

Llevaba la mochila, la silla y todavía tenía energía para girarse de vez en cuando.

—¿Cómo vas?

—Fenomenal. A punto de convertirme en leyenda local.

—¿Quieres parar?

Me detuve dramáticamente apoyando las manos sobre las rodillas.

—Álvaro… si muero aquí… borra mi historial de búsquedas.

Él empezó a reírse.

Yo no tenía fuerza ni para eso.

Seguimos subiendo lentamente entre turistas rojos como gambas y parejas claramente replanteándose su amor en silencio.

Un chico adelantó corriendo. ¡Corriendo!

Miré a Álvaro indignada.

—La gente que corre cuesta arriba en agosto debería cotizar aparte.

Mi reloj volvió a vibrar. “Buen esfuerzo. Continúa así.”

Lo miré sudando, despeinada y completamente ofendida.

—Te juro que cuando vuelva a Madrid te abandono en un cajón.

Álvaro ya estaba arriba del todo esperándome con esa sonrisa insoportable de hombre deportista satisfecho consigo mismo. Cuando por fin llegué, sentí que acababa de completar una expedición alpina.

Me dejé caer sobre un banco bajo una sombra mínima. Álvaro me pasó una botella de agua todavía fría.

—Reconoce que ha merecido la pena.

Bebí media botella seguida antes de contestar.

Luego miré hacia abajo.

El mar brillaba al fondo, salvaje y transparente, como si la playa siguiera completamente ajena al sufrimiento humano que exigía alcanzarla.

Suspiré.

—Sí —admití finalmente—. Pero la próxima vez elegimos una playa a la que se pueda acceder sin despedirse antes de los seres queridos.

Aquella noche San José parecía uno de esos sitios que alguien hubiera diseñado expresamente para que la gente se enamorara un poco más de la vida.

Después de ducharnos y sobrevivir milagrosamente a la expedición de la Playa de los Muertos, salimos a pasear sin prisa por las calles blancas del pueblo.